Demoliendo muros para que entre el arte

En un tercer piso está ubicado este apartamento de dimensiones amplias, rodeado por naturaleza y luz, el cual sus propietarios remodelaron para lograr una apariencia más actual. 0

Con la ayuda de un maestro de obra y bajo la supervisión de sus propietarios, la transformación de esta vivienda de 240 metros cuadrados fue drástica. Demolieron muros y paredes para aumentar todas las áreas y hacer más fluida la circulación. “Era más oscuro, con tapete, y los espacios eran pequeños y fragmentados”, cuenta la dueña.

Al estar ubicado en un terreno inclinado, donde comienzan las montañas, la vista es despejada y la luz entra de manera directa, lo cual integra el exterior con el interior pues no hay edificios que interfieran con la panorámica. Por otro lado, una de las remodelaciones más notables es la construcción de la pared de concreto a la vista del hall entre la zona social, la cocina y el estudio.

En la zona social, distribuida en dos salas y un comedor, es protagonista una nutrida colección de arte moderna y curiosa. En una de ellas, donde se encuentran la chimenea y una biblioteca empotrada, la decoración está determinada por sofás y una silla de cuero de tonos café oscuro combinados con cojines rojos y terracotas que hacen juego con un kilim.

En las paredes cuelgan obras de artistas como Esteban Peña, Philippe Bertho y Patrick Hughes, entre otros. La otra –con un estilo más contemporáneo– está adornada por dos sofás idénticos de BoConcept y un tapete de lana rojo de grandes dimensiones que la envuelve completamente.

Una lámpara de techo de la firma italiana Artemide cuelga sobre la mesa del comedor, diseño del brasileño Aristeu Pires. En las paredes que lo rodean están las obras del alemán Guillermo Wiedemann y del colombiano Alejandro Ortiz.

Por su parte el comedor se adapta a la perfección con el área social, pues es extremadamente sobrio, pero cargado de diseño y se puede incorporar parcial o completamente a la cocina, dependiendo de la ocasión.
El área privada, delimitada por un corredor iluminado con balas de luz de piso, cuenta con una oficina, un estudio y, por último, la habitación de la pareja, que aún no tiene hijos. La oficina y la sala de estar se conectan por medio de unas puertas de madera correderas que las une o las divide, dependiendo de la privacidad que se requiera.

Esos tres cuartos poseen una vista privilegiada que da contra los cerros de Bogotá, a los cuales se puede acceder si se quiere dar un paseo. En este ambiente de trabajo y de descanso, la decoración está determinada por pocos objetos y un mobiliario sencillo pero colorido. Una cabeza de venado y otra de buey, heredadas de la familia del propietario –a quien le gustan mucho los animales–, sobresalen.

Los baños privados tienen baldosas blancas con negro que forman un juego geométrico y junto con el mueble de poliuretano blanco producen un efecto de amplitud, prolongación y una sensación de limpieza.
Esta vivienda pone de manifiesto el balance entre modernidad y tradición, entre una arquitectura clásica y un mobiliario que combina ambas tendencias para lograr que cada pieza y obra se aprecie y digiera lentamente.

Dispuestos en otros lugares de la sala están una obra del pintor colombiano Álvaro Barrios y una escultura de conejo, del Nadín Ospina. El tapete de ovejo fue tinturado de rojo para continuar con esa gama de tonos que destaca en la zona social. Los sofás son de la firma BoConcept.

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