Legado arquitectónico: Ernesto Jiménez

Es un hombre pausado, tranquilo, de trato amable, generoso con su sonrisa y con su conocimiento. “Tal vez mi generación deba sentirse culpable de aquello que no está funcionando en la ciudad”, comenta, dejando en el aire la idea de que, tal vez, hizo falta un poco más de compromiso y participación política por parte de los arquitectos del siglo XX con el fin de definir un mejor destino para Bogotá. 0

Recuerda el regreso a Colombia después de su viaje a Estados Unidos, donde estudió en la Universidad de Illinois y donde se maravilló por primera vez con la ciudad de Chicago, con la arquitectura de la posguerra, con el racionalismo, con Mies van der Rohe y Frank Lloyd Wright, y con los interminables rascacielos de vidrio.

Volvió al país para vincularse inmediatamente a la academia, a la Universidad de los Andes, bajo la tutela de su profesor y mentor Jorge Gaitán Cortés. “Es el único alcalde arquitecto que ha tenido la ciudad, y sus preocupaciones de aquella época siguen vigentes hoy en día”. Y vuelve a la responsabilidad política del arquitecto, habla del ordenamiento territorial de la capital, de la avenida Longitudinal de Occidente y de la avenida de los Cerros como temas que estaban sobre la mesa en aquella época y que aún siguen sin resolverse, siendo todavía motivo de debate.

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“Son muchas maestrías las que hace uno cuando está en la docencia”, recalca, al hablar de cómo el intercambio con estudiantes ha retroalimentado su carrera profesional. No concibe el ejercicio del arquitecto sin la docencia, pues para él son dos actividades que no se pueden distinguir la una de la otra. Habla de su trayectoria con recato y humildad. “Espero haber aportado algo”, concluye, después de haber participado en más de 200 proyectos construidos y haber definido de muchas maneras la imagen de la ciudad.

Su oficina, fundada en conjunto hace más de 55 años con su todavía socio Álvaro Cortés Boshell, es reconocida especialmente por sus altos estándares en el diseño y la construcción de vivienda. Su obra ofrece proyectos de diversos caracteres y escalas, con materialidades diversas (aunque el ladrillo se encuentra presente en muchos) y una preocupación permanente por la exploración de la forma de habitar, por el acceso a la luz natural, por el estudio de las proporciones y las relaciones entre los espacios.

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De su extensa obra rescata dos proyectos, ambos desarrollos para vivienda multifamiliar, que le traen recuerdos especialmente gratos: Campoalegre, una de sus primeras obras, y el edificio de vivienda en la avenida 82, con el cual ganó el Premio Nacional de Arquitectura en la Bienal de 1996.

En ambos se observa el sistema de ideales y valores que busca ofrecer con su arquitectura: la preocupación permanente de unir la vivienda a su entorno natural y la idea de ofrecer variedad de tamaños y espacios en las unidades para potenciar la mezcla en el carácter y el perfil de los habitantes del edificio, haciéndolo más diverso y enriqueciendo la vida en comunidad.

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