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Casa de encuentros

Bajo un criterio de amplitud y sencillez se construyó esta casa campestre en Anapoima. El espacio, con extensas zonas abiertas, se ideó para disfrutar de un cálido ambiente de vacaciones. 0

El tipo de familia que tenía en mente el propietario de esta casa campestre era un grupo que se extendía más allá de su esposa y su pequeña hija, y que incluía a sus hermanos, cuñadas, sobrinos y padres, además de los amigos. Para reunirlos a todos, quería un diseño práctico y sencillo que eliminara cualquier tipo de jerarquía en la disposición y el tamaño de las habitaciones y que considerara a los niños como los principales usuarios de la casa. Andrés Ortiz, arquitecto graduado en la Universidad de los Andes en 1998, cuenta cómo su cliente le pidió “un espacio privado, depurado y libre de toda frivolidad para disfrutar al aire libre compartiendo en familia”. En palabras del arquitecto, “era un deseo tan preciso, que la arquitectura no debía confundirlo ni complicarlo”.

La casa, con un área cubierta de 450 m2, cuenta con cuatro habitaciones principales idénticas en cuanto a disposición y tamaño, y una alcoba de servicio. El ala de alcobas se divide en dos tramos, separados por el estudio privado donde el dueño de casa se refugia para dedicarse a su actividad literaria.

La zona social, cubierta por una bóveda rebajada con arcos de madera laminada, está integrada a la cocina, que se puede independizar mediante particiones corredizas. A un lado, un cubículo de piedra contiene un área de vestier y baño al servicio de la piscina.

Ambientes vitales

Pensando en la conveniencia de los niños, la casa se desarrolló en un piso y su distribución se dilató lo más posible usando los corredores como espacios de transición entre las alcobas, la piscina y la zona social, extendiendo un alero que sombrea las franjas de circulación y refresca las habitaciones, en las cuales se usaron cubiertas inclinadas que dejan a la vista el entramado de madera para “establecer una diferencia con el típico espacio urbano de cielo raso plano y blanco, permitiendo que incluso los niños pudieran identificar el carácter diferente de este espacio para el descanso”, explica Ortiz.

Sin duda, el ambiente más destacado de la casa es la zona social, un área de 7 x 7 metros delimitada por una estructura metálica que sostiene la bóveda de madera levantada cinco metros sobre el piso de la sala. Andrés dispuso un sencillo sofá de mampostería a la entrada de la sala y dejó el resto del piso libre, con la flexibilidad suficiente para poner una mesa de ping pong o para organizar un baile de año nuevo. El aire atemporal, que recuerda las casas de campo de otras épocas, lo aporta el piso ajedrezado en baldosa de cemento, la cual, en tonos marfil y verde, se usa en toda la casa. La construcción refleja la naturaleza del lugar con el uso de muros de piedra, material que, en tono claro y textura lisa, recubre los pisos alrededor de la piscina y los escalones que se sumergen en el agua.

//revistaaxxis.com.co

 

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