Arquitectura campestre y paisaje doméstico a las afueras de Bogotá

La arquitectura y el interiorismo de esta casa en las afueras  de Bogotá se basan en el recogimiento. El objetivo es aislarse de los vecinos para generar una experiencia campestre.

0

En Colombia, la casa de campo ha sido desde hace muchas décadas una respuesta para quienes no quieren vivir en las ciudades y buscan alejarse de la congestión. Las parcelaciones o clubes residenciales han ido poblando los territorios en las afueras de las capitales del país para convertirse en un modelo inmobiliario que se parece mucho al suburbio norteamericano: barrios campestres de viviendas aisladas, rodeadas de zonas verdes.

Conozca un apartamento cálido y austero hecho con la arquitectura tradicional bogotana.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

Pero muchas veces, este deseo se desdibuja debido a la infraestructura necesaria para llegar a tales lugares. La configuración y el tamaño de los lotes hacen que los domicilios tengan un registro visual constante de los vecinos, las construcciones suelen hacerse al borde de una vía y el automóvil aparece siempre en primer plano. El ideal bucólico pareciera contagiarse de la vida urbana.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

Una de las premisas para el diseño de esta casa, ubicada en La Pradera de Potosí, al noreste de Bogotá, consistía precisamente en abordar esta coyuntura. Debía cerrarse a los vehículos parqueados, a la calle adyacente y a los vecinos para generar un espacio doméstico íntimo y recuperar así el sentido de aislamiento que sugiere vivir en un entorno rural.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

Con el ánimo de lograr este propósito, José María Rodríguez, arquitecto del proyecto, implementó una serie de estrategias formales y espaciales. En primera instancia, un muro ciego oculta los estacionamientos y disimula su presencia en el prado frontal, a la vez que define el acceso a la vivienda sobre la puerta principal, para visitantes y propietarios.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

En las fachadas, las ventanas se disponen de tal manera que la mirada se enfoca en el paisaje lejano y no en el inmediato. Su altura, posición y tamaño esconden lo que no se quiere ver y encuadran fragmentos del cielo y la vegetación. Finalmente, una serie de jardines interiores produce un paisaje cercano que acompaña las distintas estancias de la residencia y permite disfrutar de las plantas al recorrer el espacio.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

Desde afuera, un juego de volúmenes y muros sueltos de gran espesor definen la expresión de la casa. El color ocre predomina en las superficies pintadas y en la mampostería a la vista, para mimetizarse con los múltiples tonos verde y tierra del lugar. A pesar de tener dos niveles, la estructura se percibe como un cuerpo horizontal, acostado sobre la grama.

Adentro, un vestíbulo distribuye los ambientes del primer nivel. El estudio queda inmerso entre un patio de acceso y uno interior, ambos con vegetación sembrada a ras de piso. La zona social se orienta hacia la parte más privada del lote y se extiende hacia afuera a través de una terraza.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

Por su parte, la cocina, que se puede abrir o cerrar por medio de puertas correderas, sirve de respaldo al comedor y separa los espacios destinados a la reunión familiar y social, de las áreas de servicio. La alcoba principal aparece en una de las esquinas, junto con un walk-in closet generoso y un baño con un jardín asociado a la ducha; un enchape en espejos sin dilataciones logra el efecto de ampliar el lugar.

El segundo piso alberga las habitaciones secundarias, un estar y un gimnasio para uso familiar. La escalera remata en un puente que se asoma sobre el salón y permite disfrutar la doble altura de la zona social. Si bien el primer nivel está definido como un gran ambiente contenido a partir de muros, en el superior usaron vidrieras para hacerlo más fluido y transparente.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

La atmósfera interior remite a las tradicionales casas bogotanas. Usaron madera en pisos, cielos y vigas expuestas, también ladrillo de gran formato y hierro oxidado en algunos elementos de la carpintería metálica. Esa selección de materiales aporta a un ambiente cálido propio de la arquitectura doméstica de climas fríos y se complementa con chimeneas en el salón y el estudio del primer piso.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

El diseño del mobiliario y la decoración, a cargo de Claudia Ramírez, diseñadora de la firma ADbog, utiliza una paleta de color que, lejos de buscar contraste, logra consolidar el carácter sobrio de la casa. Muchos de los objetos, obras de arte e incluso algunos muebles pertenecían a los propietarios desde hace años, lo que resultó en una mezcla de piezas nuevas hechas a la medida y otras con historia.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

Además de diseñarse como una vivienda que se define a partir del recogimiento, el proyecto gestiona alrededor del sesenta por ciento de su demanda energética mediante paneles solares instalados en su cubierta. También cuenta con un sistema de reciclaje de aguas para el riego de los jardines.

La casa es consciente del terreno que ocupa, su arquitectura identifica claramente las oportunidades de habitabilidad presentes en el encargo y se define a partir de ellas. Soluciona problemas, pero a su vez los trasciende al proponer un hábitat íntimo que le permite coexistir con lo que le rodea. Una propuesta introvertida que crea su propio paisaje interior y gestiona la mirada de quienes viven en ella.

Fotografía: Iván Ortiz – producción: Ana María Zuluaga.

COMPARTIR