Conozca esta casa en el valle de Sopó inspirada en la arquitectura tradicional de las haciendas

Por fotografía: IVÁN ORTIZ Producción: diana tovar Textos: gabriel hernández
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Abril
25 - 2016
La recia expresión material y la armonía del diseño de una casa en el valle de Sopó, al norte de Bogotá, conecta la tradición de las haciendas del altiplano con una propuesta personal de la arquitectura contemporánea.

Sebastián Serna (1981) es un apasionado de la arquitectura. Nació en un ambiente dominado por este oficio y lo ha seguido por convicción más que por tradición. Nuestra entrevista tiene lugar justo a su regreso de Egipto, adonde viajó para encontrarse con las antiguas construcciones que aún son ejemplo de planeación, estética, técnica y dominio del material.

    

Con su socio Santiago Hosie establecieron en 2010 El Taller de Santiago y Sebastián, y han dedicado buena parte de su esfuerzo a rescatar construcciones significativas del pasado de Bogotá, como el edificio Tibsaquillo, de Cuéllar Serrano Gómez; el edificio Cantagallo, de Enrique Juliao Forero, también en Teusaquillo, o la Casa Trujillo, de Víctor Schmid en Chapinero Alto, obras edificadas a mediados de los años cuarenta, cuya recuperación ha sido reconocida con premios y menciones en las recientes bienales de arquitectura colombiana.

Pero en esta ocasión no hablamos de la arquitectura del pasado o del trabajo de su oficina. Nuestra atención se dirige a un proyecto personal realizado por Sebastián para un cliente conocedor y exigente: su padre, el arquitecto Luis Fernando Serna, quien además fue el constructor de la obra. El deseo de este último de tener una casa de campo fue la ocasión para transformar el nexo entre padre e hijo en una relación entre un profesional y su cliente.

El proceso de diseño y construcción, que tomó alrededor de cuatro años, se inició con la búsqueda de un terreno un poco más agreste y natural que las tentadoras ofertas que se encuentran en los condominios campestres del valle del río Teusacá.

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Inspirados por las palabras del libro La Sabana de Bogotá, de Tomás Rueda Vargas (1879-1943), recorrieron el valle de Sopó para ubicar un sitio donde fuera posible cabalgar al abrigo de una ruana entre arroyos, bosques nativos y piedras recubiertas por el musgo. Una vez localizado, Sebastián se dedicó a estudiar su relieve, vegetación, asoleación y posibilidades de vista para combinar estos factores con la materialidad y calidad de espacio de las antiguas haciendas de la sabana.

El concreto blanco, escogido como material principal para la obra, que en efecto recuerda la textura y proporción de los muros de tapia pisada blanqueados con cal, y la disposición de la casa en torno a dos patios establecieron la conexión entre el legado sabanero y una expresión arquitectónica contemporánea.

Desde la llegada, sobre una plazoleta de adoquines y gravilla, la casa de 597 metros cuadrados muestra las líneas sobrias y mesuradas que caracterizan su diseño. El frente de acceso está compuesto por un ala que contiene los servicios, el garaje y un vestíbulo de entrada. Sobre los muros que confinan el patio interior de superficie escalonada cubierta de grama, se proyectan las sombras de los árboles que se ven desde el comedor y desde el pasillo que comunica la entrada con el ala del estar y las alcobas. Un giro en la geometría abre una brecha que relaciona este recinto con el patio exterior enlosado en piezas de arcilla de 50 x 50 cm, el cual da al bosque nativo.

Las cuatro habitaciones se desarrollan en dos niveles. Arriba, el conjunto de la alcoba principal, con su vestier y baño, tiene acceso a una terraza en esquina. Una escalera de un tramo desciende al primer piso, donde tres cuartos con baño comparten un estar. Las ventanas de altura completa, usadas en la mayoría de los espacios, algunas de ellas con puertas deslizantes, hacen evidente la intención del diseño de permitir un intercambio fluido entre ambiente interior y el espacio al aire libre.

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Una rampa, paralela a la escalera que baja a las habitaciones, lleva al comedor integrado con la cocina y a la sala, donde un impresionante ventanal en esquina se abre al paisaje del valle de Sopó. En lugar de descender al nivel de la ventana, la pendiente del techo se levanta para crear una franja opaca que enmarca dramáticamente el paisaje ondulado del valle y contrasta con la luminosidad del cielo sabanero. En la fachada, el sentido ascendente de la cubierta de la sala acentúa la perspectiva del volumen, que parece salir del bosque para proyectarse en armonía con el contorno de las montañas.

La rigurosa tarea de justificar conceptos, de defender y argumentar los criterios de diseño y de pulir cada detalle mereció una mención especial para la casa San Juan en la XXVI Bienal de Arquitectura Colombiana, en la categoría de Proyecto arquitectónico, así como su selección para la Bienal Iberoamericana de Arquitectura y para el Mies Crown Americas Prize, convocado por la Escuela de Arquitectura del Illinois Institute of Technology. Pero la mayor recompensa consistió en el resultado exitoso de un intenso proceso creativo y constructivo adelantado por el arquitecto y su cliente.

 

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