La catedral de Nuestra Señora de la Pobreza diseñada por el arquitecto Simón Vélez

Por Camilo Garavito
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Octubre
22 - 2021
Crédito de la foto: Iván Ortiz - producción: Ana María Zuluaga
“Tal vez me copié a mí mismo, pero eso no es pecado”, afirma el arquitecto Simón Vélez sobre esta catedral que diseñó en Cartagena, pero que originalmente estuvo ubicada en Pereira.

Corría el año 1999 y a las vicisitudes por las que atravesaba el país se sumó una cuya envergadura y consecuencias quedarían marcadas en la memoria de los colombianos. El terremoto del Eje Cafetero, como sería nombrado, golpeó con sus 6,2 grados en la escala de Richter al departamento del Quindío, principalmente, aunque los movimientos telúricos se sintieron en casi todo el territorio nacional.

La ciudad de Armenia y sus habitantes fueron las principales víctimas, aunque la devastación del sismo se extendió hasta Risaralda y Caldas, en menor medida. La catedral de Nuestra Señora de la Pobreza, construida en 1875 y convertida en símbolo y lugar de congregación de Pereira, no fue la excepción. Su estructura resultó seriamente afectada por el terremoto, por lo cual, ante la imposibilidad de garantizar la seguridad de los feligreses al interior, decidieron cerrar sus puertas para realizar las necesarias obras de restauración y refuerzo estructural.

La catedral, inicialmente
católica, reencarnó en
un espacio espiritual
desprovisto de religión.

“Amparo Jaramillo Vélez me pidió hacer un espacio provisional mientras arreglaban la catedral”, recuerda el arquitecto manizaleño Simón Vélez. Al recrear las geometrías que la guadua exhibe en su estado natural y utilizar la distribución tradicional de las catedrales –con una nave central y dos laterales de menor escala–, Vélez generó un edificio cuyo carácter y espacialidad respondían a la simbología y necesidades espirituales de los pereiranos. “Solo hice la copia vulgar de un guadual de los que hace mi Dios”.

Su nave central, de ocho metros de ancho, y sus laterales, cada una de cuatro metros, cubrían los 16 metros de ancho que ofrecía el lote entre medianeras. El edificio estuvo en pie durante año y medio, mientras ejecutaron las obras de reparación del templo original. Su demolición causó cierta polémica, pues a pesar de haber sido planeada desde un comienzo para este fin, la población de la ciudad se había identificado y encariñado con él, al punto de querer mantenerlo de forma permanente. Sin embargo, la guagua de su estructura no había sido preparada apropiadamente para una vida larga, y su vocación temporal se impuso a pesar de las reticencias de los pereiranos.

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“Se demolió y nos quedó la nostalgia”, comenta Vélez. Algún tiempo después decidieron “hacer la catedral de nuevo en una finca en Cartagena, pero esta vez sin religión”. El diseño es prácticamente el mismo que exhibía el edificio en Pereira. Su altura, su espacialidad y sus dimensiones replican la original y apelan a su memoria. Sin embargo, esta vez la guadua se preparó adecuadamente para una larga vida, de la cual ya han pasado 15 años o algo más.

Ahora la catedral no se ubica entre medianeras en un tejido urbano, sino que se posa en medio de la naturaleza, rodeada de vegetación, flotando sobre una laguna artificial que construyeron con posterioridad al edificio para realzarlo. En esta nueva vida siguió manteniendo su carácter inspirador y espiritual, pero desprovisto de relación alguna con la religión. La estructura se posa sobre un piso ajedrezado en baldosa de cemento que se extiende por todo el espacio. “Tengo unos recuerdos muy gratos de la infancia en esos pisos. Es un material sencillo que envejece muy bien”. Sobresalen las bases de concreto con herrajes de bronce que dilatan la estructura e impiden su contacto directo con el suelo, con el fin de prevenir su posible interacción con el agua y la humedad. “La guadua es un material muy noble y resistente, y los únicos problemas que puede llegar a tener se relacionan con los hongos, pero se evitan muy fácilmente con aleros y alejándola del suelo”.

La estructura vegetal sostiene una cubierta a dos aguas alabeada, construida en mortero de cemento y teja de barro. “La teja es un material eterno. Cuando la trajeron los españoles ya llevaba siendo usada más de mil años”. Las fachadas juegan con las geometrías planteadas por la guadua, intercalando paños sólidos y opacos con otros tejidos y semitransparentes que permiten el ingreso de la luz natural tamizada al interior. Los muros sólidos están hechos en mortero de cemento y malla galvanizada pintada, para protegerla de la salinidad del entorno. Los tejidos, en cambio, se fabricaron en bambú. “Es una especie invasora que se da en todos los climas, y es el único bambú que no se come el comején”.

Desprovista de religión y construida para soportar tranquilamente el paso del tiempo, en ocasiones recibe eventos o celebraciones privadas, en otras alberga ejercicios y prácticas del Colegio del Cuerpo, la academia de danza contemporánea fundada por Álvaro Restrepo en Cartagena, que la utiliza como espacio para ensayar y montar sus coreografías. No obstante, la mayor parte de los días, la catedral flota tranquilamente, inmersa en su entorno natural, trayendo al día de hoy la memoria de aquel edificio temporal que alguna vez acudió en ayuda de aquellos devotos que lo necesitaron. “Tal vez me copié a mí mismo, pero eso no es pecado”. ■

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