Volúmenes, superficies y arquitectura vegetal en esta casa colombiana que limita con una meseta

Esta casa campestre demuestra, de manera sencilla y sobria, cómo se ve el funcionalismo en su expresión arquitectónica más contundente.

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Uno en arquitectura tiene que hacer volúmenes y superficies que realmente tengan una funcionalidad, no buscar que algo se vea bonito; esto solo debe ser consecuencia de lo primero. En este tipo de proyectos no nos gusta nada que se considere accesorio, no hacemos nada gratuito”, afirma el arquitecto Bernardo Lourido. “Nos encantan las líneas rectas y cuando manejamos curvas lo hacemos por medio de un elemento específico, no se trata de utilizarlas sin razón”, agrega su socia Camila Quijano.

Sus ideas minimalistas reflejan una convicción: la arquitectura debe privilegiar la función y la espacialidad, y su lenguaje debe ser tan sencillo como sea posible. De ahí que sus creaciones sean expresiones tan contundentes de la tendencia moderna que exalta la utilidad, los elementos simples, los colores neutros, la geometría básica, la reducción y la síntesis de los conceptos, entre otras características.

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A partir de allí diseñaron la arquitectura, el interior y los acabados de esta casa de verano, construida por el arquitecto Eduardo Alonso en una segunda fase –pues hubo una pausa en el proceso–.

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Los propietarios querían un espacio lo suficientemente amplio para albergar a familiares y amigos, por eso optaron por construir una vivienda de 1.100 metros cuadrados –dentro de un lote de 4.700 metros de área total– distribuidos en forma de “U”: los costados concentran el área privada (tres habitaciones e igual número de baños en cada uno) y el centro es una gran zona social donde se integran la sala, la cocina, el comedor, la piscina y el patio de acceso a la casa; anexos están una sala de juego, un baño social y una terraza con jacuzzi. Un puente en el segundo piso es el elemento de unión de cada ala de la vivienda y la pieza que enmarca la vista hacia el cerro de enfrente.

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Acogiendo conceptos propios aplicados en proyectos en Miami y en Colombia, Lourido y Quijano propusieron una arquitectura limpia, fluida, muy práctica y de marcada horizontalidad, pues no querían irrumpir el contexto campestre del lote.

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La casa está asentada al borde de una meseta y ello, además de concederle privacidad, permite gozar de una panorámica privilegiada. Realzar ese paisaje fue una premisa del trabajo y en sintonía con él, diseñaron los espacios verdes interiores, especialmente el muro vegetal dentro del patio, una obra de Itamar Sela y Gabriel Gutiérrez.

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Los espejos de agua en el área social y en los baños, así como los vanos abiertos hacia el exterior, son otro sello característico de la casa, claves para producir ventilación y refrescar el ambiente. De igual manera, los nichos de luz –presentes en los baños, las escaleras, las habitaciones y las zonas sociales– son recurrentes y otorgan gran calidez en una atmósfera dominada por materiales fríos como el concreto a la vista, la mampostería, la piedra coralina y el mármol.

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Los pisos de teca y las puertas, persianas, apliques y clósets de flormorado también son decisivos para generar un ambiente acogedor.

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Fiel reflejo de la arquitectura, el diseño interior es contundentemente sobrio y sencillo. El blanco domina la paleta cromática y un verde-amarillo pálido recubre las superficies exteriores. La decoración, esencialmente austera, es el remate estético que permite concluir –como bien lo expuso el célebre alemán Ludwig Mies van der Rohe–que en la vida “menos es más”.

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