Torre y atrio: el nuevo campus de la Pontificia Universidad Javeriana

Por Rodrigo Toledo, arquitecto y profesor asistente de la Universidad Pontificia Bolivariana
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Mayo
21 - 2021
Crédito de la foto: Andrés Valbuena
El nuevo edificio de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, parte del concepto de un campus vertical. Es una estructura pensada tanto para el disfrute de la comunidad académica como de la ciudad.

El volumen de laboratorios de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, se levanta a 70 metros de altura para liberar la mayor cantidad de área pública en el primer piso. Esta apuesta, arquitectónica y urbana, fue concebida por el arquitecto Juan Pablo Ortiz y el estudio Taller 301, que en conjunto ganaron el concurso privado convocado para el diseño del proyecto.

Su propuesta de 1.200 metros cuadrados y 14 pisos se fundamenta en la idea de un campus vertical, donde los diferentes laboratorios son apilados unos sobre otros en función de su uso y condiciones específicas de peso. El resultado es una torre y un atrio abierto anexo, protegido de los fuertes vientos, que se entrega para el disfrute de la comunidad académica y del sector donde la universidad se abre a la ciudad.


El nuevo edificio de la Javeriana está basado en la idea de un campus vertical.

El sistema estructural de la obra determina su expresión y su imagen. Una serie de perfiles laminares de acero soportan las cargas de la construcción y son llevados hacia la fachada para crear una retícula ortogonal. Ortiz afirma que la intención detrás de esto es darle el protagonismo a la ingeniería sobre la arquitectura en el proyecto, revelar lo que usualmente se oculta y mostrarlo como algo bello. Para los arquitectos fue fundamental entender la manera como el acero se fabrica y sus posibilidades estéticas. Se funde y produce en láminas de diferentes calibres; se puede soldar, atornillar y plegar. Este proceso de manufactura se hizo visible en el edificio mediante una construcción prefabricada que muestra la naturaleza propia del material.

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La cubierta de este edificio alberga una terraza con restaurante.

Por otro lado, el uso del acero reduce de manera significativa el impacto ambiental durante el proceso de la obra. Todas las ventanas se retrasan sobre el plano de la fachada, mientras un sistema de persianas móviles controla la incidencia solar sobre las caras occidental y sur. Ubican los laboratorios en el costado norte de la planta, lo que les permite disfrutar del paisaje urbano sin ser afectados por el resplandor del sol. Al interior, las áreas de trabajo científico se conectan visualmente para integrar el espacio y promover el intercambio multidisciplinar. 


En el sótano está el laboratorio de ensayo de estructuras.

El primer nivel de la torre se abre hacia el espacio público. Desde ahí los transeúntes pueden ver lo que sucede en el laboratorio de ensayo de estructuras, ubicado en el sótano. Arriba, la cubierta alberga una terraza con un restaurante desde donde la vista es privilegiada. El edificio se vincula a la ciudad en su planta baja y luego la mira desde arriba. Todos los elementos metálicos están pintados de color bronce, lo que establece un contraste cromático con el azul del cielo que se refleja en los vidrios.

Este proyecto recurre a una estrategia consolidada en la arquitectura moderna de la primera mitad del siglo XX: reducir la huella del edificio para construir de manera vertical y así generar áreas libres para la vida peatonal y urbana. Sus diseñadores reconocen la importancia de intervenir un campus integrado con el entorno y proponen una obra que renuncia a ocupar la totalidad del lote asignado. Al norte de Bogotá un volumen neutro se levanta sobre la tierra y desnuda su esqueleto, dibuja líneas metálicas que construyen una canasta estructural y propone un habitar ascendente en medio de un lugar donde la academia y la ciudad se funden.

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