La casa escondida de Marcio Kogan

Este imponente volumen de concreto blanco dentro de un jardín abre espacios de tranquilidad en medio de la agitación y la densidad urbana de São Paulo.

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En São Paulo no tenemos que preocuparnos por la coherencia ambiental, esto es un caos total…, en esta ciudad –la más fea del mundo, vibrante como ninguna, amada y odiada– cualquier cosa que se proyecte se integrará completamente con la ciudad”. Esas son palabras consignadas en los apuntes del arquitecto Marcio Kogan después del encuentro inicial con sus clientes: una pareja creativa con un sentido estético marcado por la articulación de un conjunto de referencias y que comunicaron la idea de la casa que querían citando los pulsos electrónicos de la música de Karlheinz Stockhausen, una película de Jacques Tati o la silla esfera de Eero Aarnio.

Kogan, quien además de arquitecto y diseñador de muebles hace cine, les respondió en el mismo tono: “Pensé en un enorme volumen que lo envolviera todo: una caja blanca. Imaginé espacios de proporciones inusuales y elegantes, que siempre se relacionaran con el exterior de maneras diferentes”.

Incluso en la poderosa escala del espacio interior, la sensibilidad artística de Kogan sale a relucir en detalles ejecutados con ingenio. Justo detrás de los dos cuerpos de anaqueles de la biblioteca, dos tramos de escaleras absolutamente simétricas, como reflejadas en un espejo, suben al segundo piso. Una rendija abierta en lo alto de uno de los costados deja entrar luz natural, mientras que los peldaños de mármol brasilero blanco se incrustan con precisión en las incisiones de los muros. Comparado con el airoso volumen de la sala y el comedor, este espacio de circulación tiene su poesía y privacidad sin perder magnitud e imponencia en relación con el ambiente que lo precede.

Para los residentes, a quienes les gusta tener invitados a cenar con frecuencia, era importante localizar el comedor cerca de la cocina, un espacio pulido y generoso revestido en acero inoxidable y llamativos recubrimientos naranja en los mesones. Para encontrar amueblamientos apropiados para la casa, que reflejaran las inclinaciones modernistas de los residentes y que armonizaran con la fachada de concreto blanco, Kogan trabajó con la interiorista Diana Radomysler. Juntos seleccionaron una mesa enorme de Atrium, para acomodar a 12 personas y la rodearon con un juego vintage de sillas Tulipán de Eero Saarinen, tapizadas en terciopelo. En el centro de la mesa hay una gran fuente con fotos Polaroid de la pareja y de sus hijos. Sobre la mesa cuelga un trío de lámparas diseñadas por Bertjan Pot en 2001.

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En la sala adyacente los muebles tienen un linaje igualmente moderno: un sofá largo y bajo diseñado por Jasper Morrison, en 1990, se extiende hasta una mesa de café Menhir de Piero Lissoni, mientras que una lámpara Arco original, un famoso diseño de Achille y Pier Giacomo Castiglioni, de 1962, vuela sobre una mullida alfombra Sahara de Bic. El blanco-sobre-blanco de las texturas trabaja en consonancia con la arquitectura de Kogan, y resaltan los matices en tecnicolor del prado y la piscina.

“El modernismo es una parte significativa del legado arquitectónico de Brasil”, explica Kogan, quien hace un guiño a los titanes del diseño de su país –Niemeyer, Costa, Artigas, Reidy y Bardi– cuando habla de su inspiración y de los principios que guían su oficio. “La generación de 1950 y 1960 nos planteó el reto de darle continuidad a su trabajo, pero siempre debemos aplicar conceptos y materiales contemporáneos”, agrega. Para comprobarlo, se detecta la sinuosa sensualidad que caracteriza el modernismo brasilero, el regionalismo vernacular que surgió y evolucionó del rigor europeo de Le Corbusier y Gropius.

De manera natural y espontánea, Kogan entrelaza la cálida materialidad de su obra e inspira un asombro casi infantil ante sus heroicos gestos estructurales y proporciones desmesuradas. Sus estructuras tienen la capacidad de frenar en seco a quienes pasan por el lugar, y de hacer palidecer las nociones preconcebidas del espacio por parte de los visitantes. La habilidad de Kogan de controlar los caprichos es particularmente evidente en la zona de juegos que creó para los dos hijos de la pareja. En un espacio independiente, abierto por completo al patio, en el que se enfrentan dos cubículos gemelos blancos diseñados por Tania Eustaquio, y entre ellos se levantan dos carpas de tonos rosados sobre un tapete de Cor e Forma, de São Paulo. Kogan ubicó este cuarto en el ala más privada de la casa y, aunque cuenta con una partición plegable de vidrio que se abre por completo, al igual que en la zona social, está en un sector protegido en un rincón privado del jardín.

Este imponente volumen de concreto blanco dentro de un jardín abre espacios de tranquilidad en medio de la agitación y la densidad urbana de são paulo.

Imponente, esta casa Gamma Issa, de Kogan, tiene un sentido mágico en la manera en que el arquitecto enmarcó la estructura para captar la luz natural y dirigirla a los materiales que escogió para recubrir el interior. Privada y oculta, la vivienda pertenece únicamente a sus residentes y parece existir en su propio universo. La memoria de diseño de la casa, escrita por Kogan mucho antes de que el equipo de obreros empezara a excavar el terreno, reconoce la naturaleza celestial de este hogar y resume sus conceptos, como si se tratara de una última reflexión: “¡Ah, sí!, que no se me olvide dejar una tapia enorme que proteja la casa, cubierta con madera natural (tal vez, del último árbol del Amazonas), la cual con seguridad terminará cubierta por grafitis”, escribió con la certeza de que, aunque de puertas para adentro podía crear un retiro intocable para los residentes, sería imposible salvar los muros exteriores del ambiente implacable de la ciudad. La casa escondida de Marcio Kogan

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