Adiós al barranquillero Urbano Ripoll, un ícono de la arquitectura nacional

Arquitecto e ingeniero, Ripoll participó en el proyecto de las Torres del Parque. También fue merecedor del Premio Nacional de Arquitectura en 1983.
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En las emblemáticas Torres del Parque —que son un ícono de la arquitectura no sólo de Bogotá sino también de todo el país— se reconoce con facilidad el estilo del arquitecto colombo francés Rogelio Salmona, pero lo que muchos no saben es que en su ejecución también trabajaron otros grandes arquitectos e ingenieros, como el italiano Doménico Parma o el barranquillero Urbano Ripoll, quien murió el 4 de abril a los 90 años. 

Ripoll fue arquitecto e ingeniero. Uno de los más importantes del país, según sus colegas. No por nada obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura en 1983.  Nació en la capital del departamento del Atlántico en 1934. Ya en Bogotá, empezó a construir su carrera. Estudió en el colegio Antonio Nariño y luego en la Universidad de Los Andes, de la que se graduó en 1959.

 En 1964 se casó con la reconocida artista Beatriz González —dibujante, pintora y escultora—, con quien conformó una virtuosa pareja para el arte colombiano. En 1966, Ripoll obtuvo una beca en el Baum Centrum de Rotterdam, en Países Bajos, en donde vivió durante un tiempo. 

En 1968, la pareja adoptó a su hijo Daniel. Cuatro años más tarde, la familia Ripoll González se trasladó a vivir en un apartamento de las recién inauguradas Torres del Parque y allí vivió el arquitecto hasta el día de su muerte. 

Otro proyecto insignia de Urbano Ripoll

El barranquillero también trabajó —junto a profesionales como Víctor Bejarano y Alfredo de Brigard— en la restauración del Museo Nacional, en Bogotá. No fue un reto menor, pues, como es bien sabido, este edificio antes funcionaba como cárcel —se llamaba el Panóptico de Cundinamarca—.

Para lograr el diseño que se conoce hoy en día, la intervención arquitectónica pasó por un proceso de recuperación del edificio y la implementación de diferentes elementos que un equipamiento como un museo de esta envergadura requiere. 

“Su impacto en la arquitectura fue verdaderamente significativo. Su dedicación infatigable, su habilidad y pasión por el oficio quedaron reflejadas en cada proyecto que emprendió, dejando un legado perdurable en nuestra comunidad”, expresó la arquitecta María Elvira Mandriñán, presidenta de la junta directiva de la Fundación Rogelio Salmona. 

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