Juego de opuestos

Esta casa, ubicada en el centro histórico de Cartagena, presenta una arquitectura que respeta su valioso origen a la vez que utiliza conceptos contemporáneos.

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Mientras la creación del Claustro de Santa Clara data de la primera mitad del siglo XVII y la construcción de la iglesia de Santo Toribio de inicios del XVIII, el barrio que se conformó en torno a ambas, conocido hoy como San Diego –en el centro histórico de Cartagena de Indias–, solo terminó de consolidarse a finales del XVIII y comienzos del XIX. Su tejido colonial, de calles estrictamente paramentadas por fachadas continuas, con escasas aperturas, muestra sin tapujos una fuerte herencia proveniente de la arquitectura y las ciudades árabes, al igual que el resto de la “Ciudad Amurallada”.

Sin embargo, como en el barrio de la Santísima Trinidad de Getsemaní, San Diego se caracteriza primordialmente por sus casas bajas, de un solo piso, algo más modestas que las de dos, tres y hasta cuatro niveles que se ubican en torno al sector de Santo Domingo, área en su época habitada por los nobles y los comerciantes ricos.

El barrio en sus orígenes albergaba una amplia mezcla de razas: blancos, negros, mulatos y mestizos, cada uno en su lugar dentro del orden social establecido. La mayoría de sus habitantes eran pequeños comerciantes, herreros, albañiles, curtidores, zapateros o carpinteros, pertenecientes a una clase social intermedia, trabajadora y pujante. La casa, que forma parte integral del tejido del sector, probablemente estuvo habitada por alguno de estos artesanos, y su esquema de distribución en planta es similar al de las viviendas vecinas: el patio principal se ubica frente al zaguán que marca la entrada, y está delimitado por dos cuerpos, uno frontal que paramenta la calle, y uno lateral, que deja libre el espacio posterior para incorporar un jardín. En torno al patio ocurre la vida de este hogar, hoy al igual que en la época de la Colonia. El arquitecto Álvaro Barrera, a cargo de la renovación de la construcción, generó una piscina para este ambiente y lo consolidó así como el corazón de todo. “Es donde más disfrutamos, donde los niños juegan y se divierten bajo la mirada cómoda de los adultos, que nos ubicamos en la sala o en el comedor y pasamos ahí prácticamente todo el día”, comentan sus habitantes.

Además de albergar salón, comedor y cocina –áreas sociales ubicadas alrededor del patio–, el nivel de acceso contiene también dos habitaciones, de altura amplia y generosa. Sus baños, planteados en un segundo piso, dentro de cada una de las alcobas, aprovechan de manera eficiente la altura libre y le otorgan un carácter único e inusual a cada espacio.

En una vivienda que originalmente contaba con un único piso de altura generosa, la intervención del arquitecto creó un segundo nivel en el volumen lateral, sobre la cocina, en el que ubicó la habitación principal, que goza de mayor independencia e intimidad; a ella se accede por medio de un puente/balcón, cuya estructura de concreto y metal, que contrasta con la construcción colonial, hace evidente aquello que es nuevo frente a lo que ya estaba. El recorrido culmina en la cubierta de este espacio, a la cual se llega mediante una escalera ligera, también metálica. La terraza sirve de solárium y se convierte en el lugar ideal para observar los tejados de las casas vecinas, ver parte del variado skyline de la ciudad y disfrutar de los fuegos artificiales en las celebraciones de Año Nuevo.

Su arquitectura de herencia andaluza responde a unas condiciones climáticas particulares. Los muros gruesos evitan el paso del calor a los espacios interiores durante el día; las pequeñas ventanas resguardan no solo de los ojos curiosos sino también de la entrada del sol penetrante del Caribe, y las alturas generosas permiten un flujo de aire refrescado por la presencia del agua en el patio central, lo cual hace en su conjunto un ambiente ligero, agradable y confortable.

Esta arquitectura juega de manera permanente con los opuestos: colores, luces y sombras, tradicional y contemporáneo. El amarillo mostaza de los interiores sociales y el índigo de la fachada y habitaciones exhiben orgullosamente los desperfectos propios de la cal y los trazos del paso del tiempo, en contraste con algunos toques de blanco puro en vigas, cornisas y carpintería, y con el metal oscuro de las intervenciones recientes. Siguiendo esta línea, la cubierta de la sala se dilata de los muros y al hacer evidente la dualidad entre luz y sombra, resalta la presencia de su estructura, compuesta por sólidas vigas de madera.

El piso, construido de piedra muñeca, que se extiende a lo largo de la casa, ofrece al habitante su textura natural, y una experiencia constantemente cómoda, ya que no se calienta con la exposición al sol. El mobiliario, elaborado en su mayoría en metal, madera y ratán, mantiene un carácter sencillo, utilitario y duradero, que incita al disfrute despreocupado de todos los espacios. Con su carácter colonial intacto, la casa mantiene el estilo sencillo y mesurado de sus orígenes y ofrece un espacio cómodo, distendido, relajado, ideal como sitio de descanso y desconexión. 

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