De origen diverso

Con un carácter sencillo, luminoso y acogedor, este apartamento logra, tras la remodelación, una presencia que rememora otros tiempos sin perder su estilo contemporáneo.

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El apartamento original, ubicado al norte de Bogotá, contaba con un generoso espacio para dos habitaciones, estudio, salón, comedor y cocina. Sin embargo, en la intervención efectuada por el arquitecto bogotano Rodrigo Arias, de SoNA Arquitectura, tumbaron “absolutamente todo”, según comenta. En términos espaciales eliminaron el comedor existente para darle más área a la cocina: “Hicimos una gigantesca, muy abierta porque soy un cocinero frustrado”, afirma su propietario, emocionado. Además, el lugar que ocupaba la sala lo destinaron para un salón-comedor integrado, mientras que en la parte privada mantuvieron dos alcobas, una de las cuales se usa como estudio.

Foto: ©Iván Ortiz.

Conservaron la materialidad del apartamento deliberadamente austera y restringida, y en todas las áreas se percibe una mezcla tranquila de blancos y grises, combinados con los tonos y texturas cálidas que ofrece la madera, sin olvidar algunos toques, muy específicos, de color. La cocina, desde el exterior, es un volumen de madera alistonada, de roble europeo oscuro, que se abre de manera controlada a la zona social a través de un vano que alberga la barra. Sin embargo, en su interior, la sensación cambia completamente: predominan la luz y la ligereza por la aparición del blanco sobre las superficies de trabajo y el mueble superior, acompañado de las suaves vetas del mármol calacatta del salpicadero. El mueble inferior corta y contrasta las líneas puras y minimalistas del resto del ambiente gracias al tono azul petróleo y a las manijas y herrajes dorados con aires de los años cincuenta, que le otorgan un estilo algo vintage sin dejar de percibirse contemporáneo.

Foto: ©Iván Ortiz.

Por su parte, el piso de la cocina es un porcelanato de gran formato –gris con vetas suaves como las de la piedra–, que al extenderse al resto del área social unifica el espacio. Su claridad aprovecha la gran cantidad de luz que entra por los generosos ventanales para reforzar el carácter del lugar, amplio, fluido e iluminado. Al llegar a la zona privada el suelo cambia y se convierte en una base de madera oscura, cuyos tonos y texturas les dan a estos ambientes –más íntimos y reservados– privacidad y recogimiento.

Foto: ©Iván Ortiz.

Los muros, en general, se presentan en un tono gris muy claro para mantener la luminosidad. En su mayoría son lisos, con un par de excepciones precisas, como el hall de acceso o la habitación principal, donde aparece la textura áspera del ladrillo, pintado de blanco. “El ladrillo trae la textura del exterior al interior”, comenta Arias. En esta misma línea –integrar el afuera con el adentro– aparecen densas materas ubicadas en el perímetro de la casa, que “parecen una selva”; su presencia refuerza esta idea de interacción.

Foto: ©Iván Ortiz.

El mobiliario del apartamento tiene orígenes diversos. Algunas de las piezas, como el cabecero de la cama de la habitación principal y sus mesas de noche, son diseños del propio arquitecto. Otras, como los sillones o el sofá de la sala, se recuperaron después de haber sido rescatadas del olvido en la bodega donde se encontraban. El tapete sobre el que se posan fue traído de Estados Unidos, mientras que la lámpara del comedor se le compró a un diseñador italiano. Y así llegaron uno y otro de estos muebles y objetos de decoración para acompañarse y complementarse. Ahora ocupan un ambiente de carácter sencillo, limpio y luminoso, que gracias a su presencia logra, de alguna manera, generar reminiscencias de otro tiempo, sin perder un ápice de su carácter contemporáneo.

Foto: ©Iván Ortiz.

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