Un apartamento bogotano donde el rojo y los colores alegres son protagonistas

Por Fotografía: Iván Ortiz Producción: Diana Tovar Texto: Soraya Yamhure
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Junio
6 - 2015
Este apartamento de carácter espontáneo reúne piezas de mobiliario referentes a las décadas de 1950, 1960 y 1970. Su paleta está fundamentada en los colores tierra.

Como resultado de una percepción visual, los colores, además de ser interpretados por el cerebro, producen sensaciones que establecen una relación con los estados de ánimo. La diversidad de tonos que van del rojo al amarillo acompañan a una gama de tierras para darle vitalidad a este apartamento, habitado por una familia extrovertida que disfruta de atender a sus invitados en la zona social abierta, a la cual por medio de unas puertas tapizadas en cuero se puede integrar la cocina.

Atraídos por los árboles que se aprecian tras ventanas de 2,80 metros de alto, los propietarios se mudaron al cuarto piso de este edificio, construido en Bogotá, y junto con la firma Rafael López Uribe remodelaron este espacio. Seleccionaron sapán macizo brasileño para los pisos de la sala y el estudio, y mármol Villa de Leyva levigado –un acabado intermedio entre mate y brillante– para el comedor, donde una pared de ladrillo a la vista enmarca un díptico de la artista Deborah Farji, un horizonte que fue el punto de partida para establecer el común denominador de la vivienda: una paleta que reúne colores arena, tierras y rojo.

“Nos gusta hacer fiestas y eventos en la casa, cocinar para nuestros invitados y por eso buscábamos una zona social amplia. Además, no queríamos un apartamento convencional, de moda, y mucho menos rococó”, explica la dueña de casa, que, al igual que su esposo, tenía el objetivo de configurar un nuevo entorno que evocara el estilo de los años cincuenta y de dos décadas posteriores. Se trastearon solo con libros y ropa para estrenar los muebles creados por la diseñadora industrial Gina Ríos, también encargada de la asesoría en la decoración.

Para generar un contraste con el recurrente rojo, que toma el papel del color alegre que quería proyectar la familia, Ríos introdujo en la sala un par de poltronas tapizadas en terciopelo uva y se inspiró en el trabajo de su colega estadounidense Frank Roop, quien mezcla los rasgos característicos del diseño de los años cincuenta a los setenta y reúne en un mismo espacio elementos de diferentes texturas como metal, madera y cerámica. En este ambiente del apartamento, el brillo satinado de las cortinas de Hunter Douglas acentúa las lámparas cromadas de mediados del siglo pasado y la base de una mesa adquirida en un anticuario, cuya tapa contemporánea está hecha en poliuretano blanco.

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En el estudio, una nevera Crosley de 1945, que luego de restaurarla la pintaron de rojo, está ubicada junto a una mesa con patas de punta estaca y bordes diagonales referentes al diseño de mobiliario de la década de 1970. En el comedor, las sillas sugieren las formas de las clásicas orejonas en las que radica el mismo hilo conductor dado por el color.

“Partí de la base de crear un efecto de contrastes en materiales y colores para conformar un hogar abierto, espontáneo y extrovertido que refleje los gustos de los habitantes, que son fanáticos de lo estético, melómanos, viajeros y apasionados por la cocina”, señala Gina Ríos, la diseñadora que plasmó en estos 346 metros cuadrados la identidad de los propietarios mediante la combinación de tonos que proyectan calidez.

 

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