La cerámica de El Carmen de Viboral reinterpreta la tradición

De tintes clásicos y costumbristas, la cerámica de El Carmen de Viboral cobra un nuevo significado dentro de la iconografía doméstica colombiana y se convierte en una pieza obligatoria para los amantes del buen diseño.
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No es un secreto que hace poco menos de una década, reconocer, admirar y adquirir piezas que representen la identidad artesanal latinoamericana se ha convertido en una tendencia regional. Más aún, hacerlo desde el punto de vista del diseño contemporáneo ha permitido que muchas de estas tradiciones revivan y estén vigentes. 

Un clásico ejemplo de esta reinvención es la cerámica de El Carmen de Viboral, Antioquia. Esa misma que durante años se ha utilizado en el país para servir ajiacos, sancochos y amasijos en las reuniones familiares. Esa misma que hoy, y gracias a sus versiones más contemporáneas, destinamos para servir tostadas de aguacate con salmón, croissants y bowls de açaí con frutas

Vajilla de carmen de viboral
Mónica Barreneche © Fuente: El Buen Ojo. Comida: Silvana Villegas. Masa

Estas piezas, que van de generación en generación sin perder vigencia, tienen su historia. Según los archivos de Artesanías de Colombia, el inicio de la producción cerámica en El Carmen de Viboral se remonta hacia 1898, cuando llegó al municipio el empresario Eliseo Pareja. Un año después de su arribo fundó la Locería del Carmen, que dio paso a la creación de diferentes locerías, que se convirtieron en una de las formas de subsistencia para las familias del sector.

Durante muchos años, estas piezas fueron un lienzo en blanco. Alrededor de la década de 1970, bajo la influencia del artesano Rafael Ángel Betancur, comenzaron a incorporar líneas tenues de color en los bordes. Así llegaron a sus diseños más característicos, que tienden a ser representaciones de la naturaleza.

Volver a la naturaleza

“En la cultura de El Carmen y del oriente antioqueño existe un conocimiento y un gusto por las plantas y las flores. Ese conocimiento es capaz de penetrar en los patrones gráficos creados. Una influencia que con el tiempo se ha convertido en tendencia”. Eso afirman los editores del libro Carmen, cerámica e iconografía, Juan David Díez y Miguel Mesa. 

En esta misma publicación es posible conocer la historia de las pintas más reconocidas. Algunos ejemplos son Cartago, Lis, Viboral, Alhelí, Mayoral, Primavera, Hortensia y Florelba, entre otras, que reflejan la esencia de esta tradición artesanal. “El Carmen de Viboral no es solo el nombre de un pueblo, sino el de una cerámica hecha mediante un proceso sensorial y hermoso”. Así lo explica el periodista Esteban Duperly. 

Vajilla de carmen de viboral
Mónica Barreneche © Fuente: El Buen Ojo. Comida: Silvana Villegas. Masa

En cuanto a la paleta cromática característica de la cerámica carmelitana, sin duda alguna su color más emblemático es el azul cobalto. Junto a este están los derivados del óxido de hierro que arrojan tonos tierra, el cobre que pinta los verdes y azules, el manganeso para los púrpuras, y el selenio para los rojizos. 

En ediciones recientes y de la mano de los Laboratorios de Diseño e Innovación de Artesanías de Colombia, los artesanos han explorado con tonos berenjena, negro y azul petróleo. Esto sobre diseños más contemporáneos, pero nunca ajenos a las formas orgánicas tan representativas de esta tradición.

“La loza carmelitana no es reconocida por su proceso de producción. Lo es por una decoración hecha a mano. En sí misma es una expresión visual tan identificable y colorida que podríamos hablar de ella como iconográfica”, finaliza Duperly.

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