EL MUNDO EN CÓDIGO ORIGAMI

Por Texto: Juan Pablo Gallón.
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Junio
16 - 2014
Hiroshima: su casa. Japón: su inspiración, su punto de partida. Las telas: un mundo que lo inquieta. La innovación su acto patentado. El mundo como conjunción de objetos dispuestos a ser reinterpretados. Esto y muchas otras historias son Issey Miyake.

¿Simple?

El mundo es una bocanada de informaciones, de relatos y meta-relatos. Una explosión de ruidos y sentidos. Un acto exponencial en el que se juntan cuerpos tan variados y diversos que parecen inabarcables.

Los japoneses, sin embargo, parecen haber descubierto el código en el que funciona esta máquina y han sido capaces de reducir los sistemas más complejos a líneas y geometrías

¿Simples?
…No necesariamente.

Conozcan a Issey Miyake.
Un hombre japonés de metro y pico de estatura, con un bigotillo en el labio superior que revela las asociaciones que los nipones más avant garde hicieron de las estéticas propias del París del 68 y del look a lo Clark Gable que promocionó Hollywood en aquellos días.
Conozcan a un creador subversivo, a un valiente, a un vidente.

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Miyake ha sido reconocido en el mundo por el arte y el artilugio inscrito en sus prendas, creaciones que desbordan el mundo del fashion y se convierten en excusas para la innovación, la investigación y el desarrollo de tecnologías.

Arquitecto de cuerpos, sastre de realidades construidas de materiales inesperados, Miyake nunca se acercó a la ropa, ni al acto de hacerla, de manera banal o meramente estética.  La ropa expresa y acompaña las corporalidades que las lucen.
Como objeto, esta, no es meramente funcional, sino un acto, en sí misma, de diseño.

Este acercamiento fue lo que llevó a Miyake a desarrollar quizás uno de sus conceptos más poderosos: “one piece of cloth” en el cual explora, como él mismo lo advierte “las relaciones fundamentales entre el cuerpo, la ropa que lo cubre y el espacio y campo que se crea entre estos elementos”.

De ahí, no tardaría demasiado en llegar a producir conversaciones en las que los mismos materiales, lógicas matemáticas y tecnologías que utiliza este creador japonés para su ropa, dieran el salto y se convirtieran en objetos de diseño industrial.

Teniendo como centro de operaciones un lugar que tiene el nombre propio de un proyecto de ciencia ficción – Reality Lab- un espacio creativo y de innovación que se hace preguntas sobre cómo desarrollar mejores materiales y hacerlo a través de procesos más sustentables y amigables con el ambiente, Miyake y su liga extraordinaria de jóvenes desarrolló, recientemente, una colección de ropa llamada 132 5 Issey Miyake, un proyecto que lleva el origami a niveles no antes conocidos y en el que a través de la yuxtaposición de aritmética, tecnología y diseño se logran vestidos y  formas en 3D, a partir de piezas singulares, 2D, de tela.

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Un primer procedimiento y exploración con el material que condujo a una serie de lámparas que de maneras silenciosas y sutiles desenfundan declaraciones de belleza jugando con dos elementos opuestos en esencia: luz y sombra.

Con la ayuda de Jun Mitani, una suerte de Euclides a la 2.0, quien llevó el origami de la manualidad al arte a través de logaritmos matemáticos que levantan en 3D principios geométricos planos; la participación del equipo creativo y artesanal de Artemide, una de las casas productoras de diseño de iluminación más reconocidas de Italia y Europa, y la dirección de Miyake, vio la luz para el mundo IN-EI, una serie de lámparas hechas de una tela, especialmente fabricada con botellas PET recicladas, las cuales al igual que la ropa propuesta en el 132 5 podía pasar de ser una lámina singular a una estructura tridimensional elegante y suficientemente robusta como para sostenerse con gracia de manera independiente.

La magia detrás de todo el acto, no solo está en el engranaje material-estructura-forma, tampoco radica meramente en la innovación tecnológica y artística que supone, sino que está, quizás, en la funcionalidad de estas lámparas que aprovechándose de la geometría y el artificio de sus pliegues contrastan, de manera armónica, instantes de luz y la tenue ausencia de la misma en destellos de opacidad y sombra.

Y así entonces, como lo dice Miyake parafraseando a Junichiro Tanizaki, uno de los máximos representantes de la novela japonesa, en su libro más celebrado, El Elogio de la Sombra, “la belleza no recae en los objetos, sino en las interacciones de la sombra y la luz creadas por estos”.

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