UNIVERSO DE PAPEL

Diana Gamboa reinterpreta el origami a través de esculturas de papel que impactan por sus fantásticas estructuras.

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Diana Gamboa expulsa una energía casi hipnótica. Sus palabras parecen envolver el espacio mientras explica que todo lo que sabe lo aprendió de sus padres. “Mi mamá me enseñó de porcelana y tejidos, y mi papá a doblar papel”, cuenta.

Gracias a su padre, maestro de origami, arquitecto y artista, se acercó desde pequeña al arte de crear figuras con papel. Lo primero que recuerda haber hecho con sus manos es la grulla, luego surgieron un sinfín de figuras de su propia autoría. “Lo mío se dio por una experiencia emocional e intuitiva más que por un conocimiento adquirido. Después me enteré de qué es el origami y de dónde viene”.

Sin embargo, fue solo en 1998, cuando la invitaron a participar junto con otros cinco artistas en un desfile de modas, que el origami pasó a ocupar un lugar más significativo en su vida. Gamboa, egresada de Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, y quien ya había mostrado trabajos en grabado y en pintura cosida a mano, pensó presentar para el desfile un vestido de madera. “Le conté a mi esposo la idea y me dijo: ´eso es superfrío para tu temperamento´, entonces yo le dije: ‘pero qué hago, un vestido en origami como si fuera una piña´. Él me respondió que sí, así empezó todo este camino con las esculturas de papel”. Su esposo, el actor y escultor Luis Fernando Bohórquez, ha sido su gran compañero en este itinerario. “Él hace origami en metal. Es lindo ver cómo mis papeles se vuelven más rígidos, y el metal de él se ablanda, parece papel”.

En pasarela

Después de ese primer vestido de papel Gamboa no ha parado de crear. Ha realizado más de cien vestidos que surgen de estructuras geométricas maravillosas que invitan a soñar. De algunos ha quedado registro, otros se han perdido en viajes o se han transformado con el tiempo en diferentes figuras. “Más allá de ser diseñadora de modas yo soy artista, escultora, pero amo las pasarelas porque es el espacio en donde los seres humanos tienen la posibilidad de sentarse a contemplar algo que se está moviendo. La pasarela te permite estar en silencio absoluto, hay una energía diferente”, sostiene.

El proceso de creación de cada vestido es único. Gamboa asegura trabajar despacio pero con mucha constancia en una labor que le permite entrar en estados profundos de sueño mientras dobla papel. A las 7.15 de la mañana, después de que sus hijos, Oliver, Ilona y Fiorela, se han ido al colegio, comienza a trabajar. Hace una hora de gestión: envía mails, efectúa llamadas, coordina proyectos. Después inicia el trabajo plástico en el que puede durar horas grafando papel con sus manos y en el que utiliza papeles como la opalina, algunos cargados de algodón o sándwiches de papel aluminio.

Casi todos los días trabaja hasta las cuatro de la mañana. Para soportar las largas jornadas explica que su secreto consiste en alimentarse muy bien para evitar la deshidratación que produce el papel. “Yo trabajo sola, es un proceso superíntimo que va más allá de la técnica y que tiene que ver cómo, a través de los ojos y el corazón, le entrego al universo parte de mí. Mi obra no es un capricho sino una conexión directa entre una herencia y yo como mediadora”.

Su casa taller se ha convertido en una especie de galería itinerante en donde expone su pintura cosida de gran formato y sus múltiples trabajos con origami, en los que también ha dejado las estructuras rígidas para explorar formas redondas y fluidas. “El origami es un encuentro constante conmigo misma. Es un idioma, es mi manera de hablarle al mundo”.

Para este año anhela realizar una exposición con su esposo y prepara también una muestra que presentará en septiembre y que asegura reflejará la evolución que han tenido durante estos años sus vestidos. Mientras llega el momento continúa imbuida en un oficio que le da paz y alegría, y que le permite estar al lado de lo que más atesora: su familia.

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