Entre la cocina y el jardín

Pensado para un reconocido chef de Medellín, este proyecto se vale del interiorismo para integrar en un solo lugar la esencia de la casa, un espacio de trabajo, un taller de cocina y una finca campestre.

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En una calle ciega, en el barrio El Poblado, de Medellín, se levantó El Matorral, un edificio diseñado por el arquitecto Santiago Arango, de ALH Taller, y edificado por el constructor paisa Alejandro Molina. Sus pocas viviendas se esconden entre los árboles y se revisten con vegetación. En el último piso, un apartamento singular corona esta construcción ganadora del Premio Nacional de Arquitectura en 2016. Antes de entrar, un pasillo se abre a la ciudad como un balcón donde las montañas lejanas aparecen a través de la fachada de tubería metálica y el follaje circundante. Una vez adentro, el espacio conduce la mirada a grandes ventanales bordeados de arbustos, sembrados en una matera lineal de concreto en voladizo. Gracias a este seto el apartamento parece ocupar un primer nivel. El pequeño bosque que crece en el solar se replica como un jardín aéreo que recorre el perímetro.

La arquitectura interior se define a partir de pocos muros. Su espacialidad abierta permite una comunicación fluida entre la cocina, el comedor, el salón y una oficina…, es el mobiliario el encargado de separar cada estancia. Los materiales se muestran crudos: pisos de concreto pulido, muros construidos con ladrillo a la vista y un cielo de madera que refuerza la sensación de amplitud. Bajo un techo acristalado, una escalera sube hasta una sala de estar acompañada de un jardín seco interior, una terraza descubierta con un deck y una zona verde con jacuzzi. Neutra Diseño y Madera se encargó de la producción del mobiliario, utilizando tableros de madera reforestada de la empresa Cacerí.

Quizá la particularidad más significativa de este proyecto es la manera como Mauricio Patiño, arquitecto responsable del diseño interior, interpretó el encargo de su cliente. Pedro Fernández, un reconocido cocinero de la ciudad, quería tener en un solo lugar una casa, un espacio de trabajo, un taller de cocina y una finca campestre. Estas cuatro maneras de habitar confluyen sutilmente en el apartamento.

En una esquina, la cocina con dos mesones enfrentados y una mesa para varios comensales bajo una lámpara de araña sirven de escenario para las experiencias gastronómicas que ofrece el chef en su residencia. Las firmas Neolith y Vianova proponen aquí un ambiente que aprovecha las condiciones espaciales del apartamento. El mesón de trabajo tiene trece metros de largo y al ser paralelo al ventanal de la fachada principal del edificio, convierte al taller para cocinar en un mirador sobre el paisaje urbano. Una segunda superficie de mármol se orienta hacia el interior y funciona como barra.

A su vez, el salón y la oficina se integran. Mesas de centro hechas con troncos de árboles, sofás con un diseño austero y un escritorio en un rincón se colman de libros y objetos que relatan el andar de su propietario por la vida. “Una casa se llena de chécheres; de objetos que uno va recogiendo con el tiempo”, dice el chef, cuyo hogar congrega fotografías de su familia, obras de arte y herramientas de cocina…, todas exhibidas como piezas que dejan ver la identidad de quien ahí vive.

En la parte trasera de la primera planta, la alcoba se separa del baño/vestidor mediante un muro bajo de madera. Un espacio para el descanso y el sosiego. Arriba, la terraza introduce el exterior al apartamento. Una pequeña parcela privada bajo el cielo, propicia para la relajación y la lectura entre la vegetación y el agua. Un lugar para desconectarse escuchando el murmullo de la ciudad.

La cercanía con el mundo del diseño le viene a Pedro Fernández de su padre, arquitecto. Tal vez esta inclinación le permitió trabajar con Patiño para concebir un hogar en el que el buen vivir se distancia de la ostentosidad a fin de construirse con lo cercano y lo propio, con los gustos y las pasiones. Habitar este apartamento es ver a las aves que se acercan a los jardines perimetrales, es cocinar para los amigos, recluirse en un espacio íntimo rodeado de las cosas que el tiempo ha dejado. Una arquitectura personal que surge de los afectos.

//revistaaxxis.com.co

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