Escala monumental

Obra de los estudios Bermúdez Arquitectos (Colombia) y Estudio Herreros (España), el centro de convenciones Ágora Bogotá fue reconocido este año como el mejor proyecto arquitectónico en la Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo.

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La línea entre este edificio y la ciudad resulta, desde el punto de vista arquitectónico, difusa. Su escala, ciertamente monumental, unida a la extensa superficie de espacio público en primer nivel, lo convierten en un hito. Situado en el centro geográfico de Bogotá, a tres kilómetros del centro histórico y a ocho del aeropuerto El Dorado, el proyecto de 64.883 metros cuadrados es capaz de acoger hasta 4.000 personas, una convención de 2.500 invitados o dos eventos simultáneos de 1.300 asistentes cada uno. A todas luces, su construcción responde a la necesidad de fortalecer la economía del país; de ahí que haya sido fruto de una alianza público-privada entre el Gobierno nacional, la Cámara de Comercio de Bogotá y Corferias. 

Entre los numerosos elogios que suscita este edificio, quizá uno de los más interesantes sea su concepto abierto a la ciudad, lo cual no se refiere tanto al programa (centro de eventos y convenciones) como a la arquitectura. El complejo está conformado por un atrio cubierto de dimensiones colosales, desde el cual se asciende gradualmente a las diferentes salas y vestíbulos por medio de una serie de circulaciones verticales. Entretanto, el acceso lo enmarca un zaguán no menos impresionante. Consiste en un espacio de cinco metros de altura (aproximadamente), que señala la transición entre el adentro y el afuera, entre la arquitectura y la ciudad. 

A lo largo de sus 82 metros de ancho y 49 metros de altura es posible admirar el paisaje natural de los cerros orientales y la sabana, el tejido urbano del centro histórico y la avenida 26. Así, el edificio establece una relación con el entorno, que va más allá de su implantación. Se trata, pues, de un dispositivo arquitectónico que dialoga formal y espacialmente con su contexto.  Los 64.883 metros cuadrados se estructuran mediante elementos constructivos innovadores y, claro está, de gran formato. Muestra de ello es la cercha del piso quinto, sobre la cual se desarrollan actividades hasta para 4.000 personas. Además, su interior, de dos metros de altura, facilita la inspección de los ductos e instalaciones que controlan el funcionamiento de una parte importante del edificio.

Dado que Ágora se destaca por su vanguardia técnica, la fachada no es, cuando menos, un elemento secundario. Según los arquitectos, “al estar en una ciudad ecuatorial de alta montaña, el edificio propone una novedosa cultura sostenible, alejada de los tópicos importados de otros climas”, por lo que el máximo aprovechamiento de ventilación e iluminación natural constituye una premisa fundamental. La fachada es activa (transpirable y acústicamente eficiente), y utiliza el mecanismo de free cooling, que capta el aire y permite el intercambio térmico con el exterior. Adicionalmente, el vidrio, tratado con una gradación de serigrafías opacas y translúcidas, filtra cierta cantidad de rayos UV permitiendo el equilibrio en el interior.

Aparte de ofrecer espacio público de calidad a la ciudad y construir un centro de convenciones sin precedentes –al menos en nuestro país–, desarrolla estrategias sostenibles de confort térmico y acústico obteniendo un ahorro importante de energía. Ingenio es una palabra común, pero los autores parecen definirla con precisión en este proyecto. De hecho, un visitante casual puede quedar sorprendido por la lógica entre el nombre del edificio, el programa y su composición.

Finalmente, la apariencia de un edificio apoyado en principios incuestionables, como el rigor técnico, la sostenibilidad energética y la gradación entre lo público y lo privado, reivindican la arquitectura como disciplina y como arte. Aquí, los valores de la antigüedad clásica se hacen presentes a través de cada detalle.

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