ARQUITECTURA EMOCIONAL

Mónika Bravo estudió diseño de modas en Roma y París, y fotografía en Londres y Nueva York, donde está radicada desde 1994. Su trabajo, que reflexiona sobre la memoria, el espacio y la realidad, se ha exhibido en importantes escenarios de Estados Unidos, Asia y Latinoamérica.

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A los nueve años Mónika Bravo le pidió a su mamá un regalo determinante: una cámara fotográfica con la que se inició en el arte de capturar retratos y paisajes. En aquel tiempo, estudiaba las imágenes y, finalmente, las agrupaba en distintas series que luego pegaba en un corcho de su habitación. Hoy reconoce ese impulso creativo como un primer e importante ejercicio de edición que ha estado presente en su metodología de trabajo. En 1994, estudió Diseño de Modas y Fotografía y, a los 30 años, finalmente decidió dedicarse al arte.

Quería reflexionar sobre temas que han marcado su existencia y darle la oportunidad al espectador de cuestionar la realidad que habita, las construcciones mentales que crean su mundo y su relación emocional con ciertos espacios y estructuras. Para hacerlo ha utilizado medios como el video, la instalación, el sonido, la animación y el collage sin casarse con ninguno de ellos. También ha recurrido a objetos como acuarios, laberintos y oráculos. Para Bravo representan herramientas útiles que le permiten explorar paisajes y estructuras arquitectónicas sutilmente transformadas por la memoria.

En Landscape of Belief, una instalación que proyecta animaciones en una superficie reflectiva y que estuvo presente este año en los trabajos individuales que curó José Roca para Artbo, la artista desarrolló en computador dibujos de siete ciudades reconocibles, entre las que encuentran París, Londres, Venecia y Nueva York. Puentes, torres, edificios y plazas van apareciendo y desapareciendo lentamente en tres paneles de vidrio que están ubicados uno detrás del otro.

El proyecto, en el que trabajó tres años, le impuso el reto de reducir la arquitectura de varios siglos a unos cuantos trazos. Bravo logró transformar estructuras existentes y construirlas con frases del libro “Las ciudades invisibles”, de Italo Calvino. “No había leído esta obra ni sabía que era amada por los arquitectos. Llevaba un año con la idea de que quería usar texto pero debido al título no deseaba que fuera dogmático ni religioso. Decidí que tenía que ser poético. Un día después de meditar dije: ¡Calvino! Encargué el libro por Internet y cuando lo abrí supe que era perfecto”, explica.

Su interés por la arquitectura, muy presente en sus obras, surge desde una profunda meditación sobre el espacio y la memoria. “Mi relación con ella es puramente emocional, filosófica y hasta cierto punto metafísica –asegura–. Me gusta ver cómo vamos formando nuestro destino y reflexionar sobre los valores emocionales que les damos a algunos espacios”.

Luego de estar casi 20 años fuera de Colombia, la artista realizó hace cuatro un viaje que la reconcilió con sus orígenes. Desde ese momento empezaron a surgir proyectos en el país. En 2012 creó “La arquitectura del detalle”, un libro-encargo sobre el trabajo del arquitecto Gabriel Cure Lemaitre, el cual conceptualizó, editó, fotografió y diseñó con el propósito de hacer un monograma de arquitectura que rompiera parámetros y generara una experiencia temporal.

Uno de sus más recientes proyectos, Weaving Time, se inspiró en las técnicas de tejido de dos comunidades indígenas del país. Bravo está realizando una animación que habla sobre el lenguaje abstracto que tienen los textiles de las mochilas arhuacas –Sierra Nevada de Santa Marta– y wayúu –Guajira–. Los diagramas ancestrales se entrelazan en una superficie que envuelve al espectador y que luego se disuelve para revelar imágenes de la naturaleza y mostrar la relación de estos con su entorno.

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