Objetos que me miran

Carlos Blanco estudió arquitectura pero se dedicó al arte. En su obra afloran los rasgos temáticos del arquitecto y esa lúdica que caracteriza los procesos constructivos.

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La vida de Carlos Blanco se iluminó, diáfana, cuando recorría las salas del Museo Reina Sofía embelesado con la colección Ileana Sonnabend, disfrutando la obra de artistas como Jeff Koons, John Baldessari y Donald Judd; y la colección de arte minimalista del Conde Guiseppe Panza di Biumo, donde vio la obra de Carl Andre, de Dan Flavin y de Richard Serra. Entonces entendió que su destino no era la arquitectura sino el arte. Cursaba un doctorado en Arquitectura en la Universidad Complutense y a pesar de que había sido un alumno destacado en la Facultad de la Universidad Javeriana, su corta experiencia con la profesión no colmaba sus expectativas. Terminó el doctorado y luego se dedicó a su formación con Santiago Cárdenas, Eva Lootz, Bruce Mc Lean, José Guerrero y Julián Schnabel, entre otros.

Carlos Blanco siempre había sentido inclinación por las artes y estudió arquitectura como una de ellas, pero no estaba cómodo porque no se expresaba con libertad. Sin embargo, aún hoy, en su trabajo en el estudio del centro de Bogotá afloran los rasgos temáticos del arquitecto y esa lúdica que caracteriza los procesos constructivos está presente en su obra: desde las esculturas inflables con las que salió a muchas calles del mundo a hacer intervenciones, o que expuso en museos como una manera de expresarse contra la violencia en el país –el Carro Bomba, Los Emigrantes–, hasta la obra actual, construida con post-it. Siempre empieza como el arquitecto, con bocetos, con dibujos, con indicaciones sobre planos.

Así que la transición fue fácil porque sintió que estaba donde tenía que estar: empezó a viajar mucho –Madrid, París, Nueva York, Londres– y llegaron los reconocimientos: becas, premios y salones nacionales. Regresó a Colombia pero no ha dejado de viajar: sus exposiciones han estado en 24 países del mundo –las más recientes, Art Prize, Grand Rapids, en Estados Unidos (2010), y Scope Art Fair, Basel, en Suiza (2011)– y se encuentra en colecciones de Colombia, Estados Unidos, España y Corea.

Así como está rodeado de arte, también lo está de objetos de diseño, que lo atraen tanto por su valor estético, por su poder para el diálogo y para llamar la atención de quien se encuentra cerca de ellos, como por su funcionalidad, característica clave en el buen diseño.

ARQUITECTO NO

El arquitecto Herbert Baresh me mostró su frustración de no haber sido artista. Trabajé en su estudio como asistente y participé en la construcción de una estación de servicio de techos abovedados en adobe. En el arte tengo una libertad de creación que no tengo en la arquitectura, donde debo conciliar mis intereses estéticos con las necesidades del cliente y sus propios intereses. Además, ahora soy dueño de todos los procesos de principio a fin y eso me gusta. La mayor posibilidad de expresión en arquitectura aparecía en la presentación de mis proyectos, que siempre eran muy artísticos.

ARQUITECTURA Y ARTE

La arquitectura copia las artes y aunque ha sido su gran espacio, en un momento de la historia no pudo cobijarlas: la escultura salió a la calle, la pintura fue mural y ella misma se volvió arte, como escultura, que es el caso de arquitectos como Frank Gehri. Un arquitecto que me gusta es Tao Sugimoto, muy joven, porque trabaja la arquitectura como escultura, de manera lúdica pero funcional. Sin embargo, admiro mucho al arquitecto consciente de que no tiene que sobresalir como el escultor o el pintor.

EL ARTE Y LA CIUDAD

Me interesaba intervenir cualquier parte de la ciudad con esculturas inflables. Intervine la zona de los Mártires a la una de la mañana. Me gustaba esa relación social, de arte que interviene la ciudad, de arte que puede moverse con el aire. El último inflable que hice fue una bola gigante, en camuflado, que rodé en la Séptima, tranqué el tráfico porque estaba aburrido de la violencia. Por eso paré: para mostrar, a través del arte, esa inconformidad con lo que está pasando.

CIUDAD FAVORITA

Los Ángeles es una ciudad que me costó entender. No es una ciudad, sino una autopista, una explanada, allí todos son nómadas, es un objeto que se mueve. Un avión se demora 45 minutos en atravesarla (el mismo tiempo que se demora en hacer el trayecto de Bucaramanga hasta Bogotá) y aunque está hecha para los carros, funciona. Ciudades como Bogotá son antifuncionales. Pero si me pongo romántico, pienso en las callecitas de Asís, que es la ciudad donde están los frescos del Giotto, uno de los mejores pintores del mundo.

BOGOTÁ, UNA LUCHA CUERPO A CUERPO

Lo único que me gusta de Bogotá son las montañas, una barrera espectacular. Me cuesta la calidad de vida en Bogotá, no es funcional, se trata de una lucha cuerpo a cuerpo. Me encanta la Candelaria pero con vigilancia, me encantaría poder caminarla. En Bogotá hay lugares muy bonitos pero resulta difícil llegar a ellos.

ARTE POLÍTICO Y ARTE LÚDICO

Me duele la Colombia violenta pero me gusta ese país que da una fiesta, lo pasa bien, baila. Siempre que estoy trabajando un tema político y social hay un juego donde el espectador se involucra. En esa construcción de las obras existe también una crítica por la fatuidad. En el carro bomba había una gran burla pero también un imperativo, la tensión existente en ese momento antes de estallar: eso me interesaba. En Colombia existe la misma condición del aire contenido, que destruye pero también construye. Es una paradoja constante.

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