Guillermo Fischer

La arquitectura de Guillermo Fischer (Chicago, 1957) busca despertar los sentidos. Insiste en que le interesa más la experiencia que una obra produce, que el impacto visual que genera, por eso, factores como el tacto, el olfato y el oído tienen un rol determinante en sus proyectos.

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“Últimamente se ha dado mucha importancia a la fachada, y lo que sucede por dentro pasa a segundo plano. Me preocupa más el interior, la fachada resulta de cómo se resuelven los espacios interiores”. Desde que fundó su estudio, hace treinta años, ha desarrollado decenas de proyectos de vivienda, institucionales y comerciales. De hecho, es probable que una gran cantidad de personas haya experimentado e interactuado con su trabajo en los restaurantes de Crepes & Waffles y WOK.

Este hogar en el norte de la capital reúne gran parte de los atributos propios de su arquitectura. Diseñada para una familia con tres hijos, tiene un área de 420 metros cuadrados y está ubicada en un lote con un gran jardín. Para aprovecharlo, Fischer implantó la vivienda lo más adelante posible, y así logró dejar un generoso patio posterior y uno interior. “Siempre me ha interesado recuperar la tradición del patio, creo que con el tiempo se ha ido perdiendo, y es una lástima porque además de ventilación, luminosidad y control de temperatura, aporta mucho a la casa”.

En cuanto a la materialidad de esta estructura contemporánea, el punto de partida fue lograr una experiencia sensual, sensorial. Para ello eligió materiales atractivos al tacto, como la madera y el concreto, “como una cueva”. En el interior, el cemento de los muros tiene la textura de la guía de la formaleta, con listones de madera. En el exterior, en las fachadas laterales –que son ciegas– experimenta con la plasticidad del concreto, dándole forma de listones, como una cortina, que a su vez se relacionan con la puerta del garaje.

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