Hogar sin divisiones

Conectar todos los espacios, con el fin de volverlos prácticos y funcionales, fue la directriz para adecuar este apartamento de la década de 1970. De su diseño original solo se conservaron su distribución y las ventanas. 0

Hace 14 años una pareja llegó al primer piso de un edificio en el barrio El Chicó, en Bogotá, atraídos por una terraza con jardín de 120 metros cuadrados. Tras comprar el apartamento, su primera decisión fue quitar las alfombras y derribar los muros que no comprometían la estabilidad del techo para dejar un solo espacio sin divisiones; el lugar ideal para que sus hijos jugaran.

De la zona social, incluyendo la cocina, eliminaron seis paredes y dejaron las columnas estructurales de cemento crudo. Quitaron el estucado plano que rodeaba todo el apartamento, descubrieron la textura de los ladrillos y los pintaron de blanco. El piso quedó de cemento pulido gris y en la sala comedor hicieron un tratamiento con una pátina de óxido que le dio un color disparejo al material.
Descubrieron el techo, que era de listones de madera ensamblados con el sistema de machihembrado, y lo cubrieron con drywall.

Solo en la zona de la cocina dejaron las vigas a la vista, y las paredes, al igual que el corredor principal, las terminaron con estuco veneciano. Desempotraron los muebles originales de la construcción y pusieron unos independientes de poliuretano blanco que conservan la línea del color de fondo de la cocina.

En los baños levantaron todo el enchape, pusieron papel de colgadura en el de visitas y quitaron un muro sólido que remplazaron por uno de bloques de vidrio para que la luz natural entrara. El jardín, que estaba separado de la terraza por una reja, quedó descubierto y lo delimitaron con un sofá en “L” de mampostería de bloques de cemento que combina con el piso del mismo material.

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Los 230 metros cuadrados del apartamento, construido en los años setenta, fueron distribuidos en tres habitaciones, sala de alcobas, tres baños, estudio y zona social  –establecida en un solo espacio y compuesta por dos salas y un comedor abierto–. Las ventanas amplias, sin divisiones ni retículas, tenían rejas que luego quitaron los propietarios. Los marcos de madera estaban pintados con laca café, que finalmente pelaron para dejar el material con acabado natural.

En cuanto a la decoración, el blanco y el gris predominan en la estructura para que los acentos de color los aporten muebles y objetos. La pareja, constituida por un médico veterinario y una diseñadora gráfica, que hace dirección de arte para comerciales, amobló la mayoría de su apartamento con piezas compradas en mercados de pulgas y anticuarios.

El estilo de los años cincuenta y el trabajo del artista Andy Warhol son la inspiración para este apartamento que contiene piezas de la época pero con ciertas variaciones. El comedor, las poltronas de la sala principal y una mecedora –todos de madera y con una capa de pintura que fue removida– son las adquisiciones que conservan el lineamiento de materiales con terminado natural en todo el entorno.

Tres serigrafías de uno de los máximos exponentes del arte pop, ubicadas en la sala auxiliar, combinan con un sofá de 1950 que se modificó con un tapizado de cuero blanco y líneas negras en los bordes para resaltar el volumen. El espacio se complementa con una mesa de vidrio con base de madera lacada, un sofá y dos poltronas de los años setenta.

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En la cocina sobresale una mesa de trabajo de los años cuarenta. Hecha de madera maciza con pintura de colores a base de aceite, está adecuada para el uso doméstico con una capa de poliuretano. El toque personal del lugar lo aportan dos nomenclaturas de tren que encontraron abandonadas en la Estación de la Sabana, en Bogotá. La iluminación de este espacio le pertenece a una lámpara de techo blanca, de 90 centímetros de diámetro, diseñada por el italiano Ferruccio Laviani para Kartell. Para la pareja, toda la remodelación cumplió un objetivo: crear un hogar funcional.

//revistaaxxis.com.co

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