La casa monasterio

Una explanación que reproduce la posición de los árboles, realizada por la propietaria antes de tener un diseño del arquitecto encargado, hace que este proyecto sea extendido, circunstancia que genera una relación constante y horizontal con la vegetación.

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Podría decirse que un arquitecto es un traductor. Su trabajo consiste en interpretar y transcribir no solo los deseos y necesidades de un cliente, sino las condiciones particulares económicas, técnicas y de contexto a formas arquitectónicas. Lo doméstico se materializa en la disposición espacial y el mobiliario de una casa, el anhelo de vivir en un lugar específico se construye con ambientes que se desdibujan a sí mismos y permiten que el interior, íntimo y propio, se toque con el exterior. Comer en familia, reunirse en torno a una chimenea, leer a la luz de una ventana, cocinar, descansar. La arquitectura no es más que la vida cotidiana volcada al idioma de los muros, las ventanas, los techos, las habitaciones, dándole forma a nuestra manera particular de habitar, en un territorio determinado. Para que esta traducción exista, es necesaria una conversación, un diálogo vivo entre cliente y arquitecto. En esta casa, construida en las afueras de Medellín, tanto el uno como el otro hablan el mismo lenguaje.

Quien habita la morada es una arquitecta apasionada por la construcción. Para el antioqueño Mauricio Zapata, arquitecto diseñador del proyecto, esta situación especial implicó trabajar con ideas claras y serias sobre la vocación del diseño. La casa debía ser un monasterio…, el deseo del cliente y la intención del arquitecto confluyen en este propósito. Una propuesta prudente y mesurada en medio de un bosque nativo. La propietaria selecciona el lote en una parcelación al oriente de la ciudad y hace un primer movimiento de tierra aún sin tener un diseño; una explanación que reproduce la posición de los árboles circundantes en un recorrido paralelo. Esto obliga al proyecto a extenderse, a establecer una relación constante y horizontal con la vegetación: un panorama fundido con el primer plano del paisaje.

Ese paisaje cercano se siente en todas las estancias de la primera planta del diseño que hace Zapata. Una torre de tres pisos interrumpe un volumen acostado y establece otro tipo de relación con el lugar, esta vez conduce la mirada a la distancia. Moverse horizontalmente sobre el suelo entre la vegetación y ascender hacia un mirador que domina el entorno pone a los residentes a desempeñar el papel simultáneo de habitantes y espectadores de un bosque que se extiende como una superficie verde y ondulada hasta tocarse con el cielo. Los muros color cenizo de mampostería a la vista, los grandes techos de teja de barro y una serie de columnas reminiscentes a los órdenes clásicos de la arquitectura, aquí depuradas, remiten a las maneras de las construcciones de la campiña española; la casa mezcla una imagen heredada de la tradición europea con las técnicas constructivas y los materiales propios de nuestra cultura. En el interior, aparece una espacialidad diversa. Dobles alturas, espacios recogidos y una materialidad en la que predomina el uso del ladrillo, la piedra y la madera configuran una atmósfera sutilmente iluminada por la luz que se filtra entre las hojas de los árboles.

Lejos de concebirse como una caja flexible y polivalente, recurso ampliamente utilizado en la arquitectura actual, el proyecto se asemeja más a un estuche, en cuanto cada uno de sus espacios se concibe de manera correspondiente a su uso. La propietaria diseña el mobiliario a partir de una colección de rincones habitables diferenciados los unos de los otros.

El primer piso contiene la zona social y las habitaciones. Al llegar, el parqueadero cubierto y abierto al bosque fragmenta la construcción en dos partes claramente diferenciadas. Hacia un costado, un apartamento de servicio; opuesto a este la casa misma. Un salón comedor de doble altura articula las diferentes áreas de la planta exponiéndose hacia la vegetación a través de un ventanal conformado por tres arcos que perforan el muro posterior, lo cual permite que la luz y el viento atraviesen el espacio bajo el techo a dos aguas sostenido por una estructura de madera. Una chimenea pétrea flanquea el ambiente. Quien sube por la escalera encuentra un sala-cava de vinos, cuyos muros son habitados por botellas; aquí un pequeño balcón se asoma sobre el jardín de acceso a la vivienda. En el último nivel de la torre se descubre un mirador orientado a las montañas. Esta propuesta nos mete en el bosque para luego sacarnos de él.

La arquitectura de este proyecto se traduce desde el calor reconfortante del fuego, desde el crujido de la madera, desde la temperatura de la piedra. Se genera a partir de pequeñas acciones cotidianas y se diluye en el follaje que la rodea. Se construye como un monasterio que rinde culto a los hábitos de una familia y a las aberturas en medio de la espesura de una arboleda.

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