Vivir sin ataduras

Abierto a una terraza en uno de sus frentes y a un jardín en el lado opuesto, este penthouse en Bogotá se percibe como una casa gracias a un diseño terraceado. Su interiorismo es una propuesta que busca desvincularse de cualquier tendencia pasajera.

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El espacio doméstico es quizá el que más se configura desde nuestros afectos, desde lo que sentimos como propio. Residir, vivir en él, implica dejar las huellas de nuestra cotidianidad en sus rincones; significa materializar los hábitos que nos definen para que encuentren resonancia en la ubicación de los muebles, en los materiales de los muros y pisos que confinan cada estancia, en los objetos que disponemos. Si la arquitectura provee un “cascarón” para ser ocupado, el diseño interior interviene sus superficies dotándolo de un carácter que responde a nuestras formas particulares de habitar. En este proyecto, tanto arquitectura como interiorismo establecen un diálogo en torno al sosiego, entregando un ambiente atravesado por un sentido de elegancia en el que piezas singulares de diseño y obras de arte convergen en una espacialidad abierta.

El arquitecto bogotano Luis Restrepo diseña el edificio en el que se ubica este penthouse. Un volumen terraceado donde cada unidad de vivienda se abre hacia una terraza en uno de sus frentes y hacia un jardín en el lado opuesto. Esta estrategia diluye la percepción de ocupar un apartamento, dándonos la sensación de estar en una casa. La condición aérea, arquetípica de la torre como tipología arquitectónica, se sustituye aquí por una relación constante con un área exterior a nivel, propiciando búsquedas espaciales a través de dobles alturas, ventanas cuidadosamente ubicadas y ambientes que varían en sección. Carolina Puerto, administradora de empresas con una extraordinaria pasión por el diseño del espacio, es la responsable del interiorismo. Ya en ocasiones anteriores, Puerto y Restrepo han trabajado en equipo con resultados interesantes. Este proyecto constituye una vez más un buen ejemplo del acoplamiento del esfuerzo y la sensibilidad de ambos.

Un espejo de gran formato sobre uno de los muros del vestíbulo de acceso nos recibe y multiplica visualmente el espacio y la luz, la cual lo inunda desde la terraza a través de una gran vidriera. Confinado en un grueso marco de madera, como si se tratase de una pintura, captura en sus reflejos una mesa circular y dos bancas curvas que hacen eco de su geometría, duplicándolas y presentándolas como una imagen.

En una ubicación central y haciendo las veces de estructurador espacial, aparece una escalera que vincula los dos niveles de la residencia en medio de un vacío a doble altura, atravesado por una viga que parece suspendida en el aire bajo la luz cenital de una pérgola embebida en la cubierta. La escalera, originalmente aislada y confinada en muros perimetrales, se abre demoliendo sus límites, una acción vital de la estrategia del diseño interior de Puerto, quien la transforma en un lugar de conexión para trascender su connotación meramente funcional, tornándose en un elemento escultórico. La ausencia del pasamanos y el revestimiento de mármol de sus peldaños en voladizo aluden al carácter singular de su presencia.

El mobiliario, seleccionado y en algunos casos diseñado por Puerto en colaboración con Claudia Ramírez, de la firma AD, persigue una estética sencilla que lo libera de cualquier vinculación a tendencias y le permite mantenerse vigente con el paso del tiempo. En el salón, sillas, sofás, mesas y un tapete se disponen en torno a una chimenea. Los tonos tierra de sus tapices establecen una continuidad cromática con las paredes color taupé que se destacan en ciertos espacios del apartamento. Son piezas que buscan dejar atrás el concepto de los muebles bajos, pues sus propietarios son una pareja con más de cincuenta años y el principal objetivo era darles comodidad.

Complementan esta propuesta de interiorismo una biblioteca cuya estantería envuelve el espacio, un bar concebido como un armario y un comedor con una mesa de piedra, este último quizá una de las áreas más utilizadas de la zona social, pues los propietarios ofrecen cenas casi todos los viernes. En él pueden estar sentadas hasta doce personas, por lo cual Puerto eligió uno circular, forma que facilita y fomenta la comunicación entre todos los comensales.

Los ambientes donde la vida social sucede se diseñan como estancias para el encuentro, llenos de luz, construidos con materiales nobles. En contraste, la cocina y los baños están dotados de una apariencia más actual, donde el mobiliario, la geometría y los acabados se simplifican. El diseño arquitectónico y el interiorismo coexisten aquí, mezclándose de manera sabia y precisa. Materiales, objetos y muebles constituyen una segunda arquitectura que se inscribe en la estructura preexistente. Inseparables, cada uno le da forma a la vida que transcurre entre sus muros.

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