La construcción de este Colegio sostenible en Cauca salvó la comunidad

Con recursos limitados, los arquitectos responsables del Centro de Desarrollo Infantil El Guadual en Villa Rica, Cauca, lograron una propuesta sostenible y digna para una población vulnerable. 0

El municipio de Villa Rica, ubicado al norte del departamento del Cauca, goza de un agradable clima tropical y se destaca por la amabilidad de su gente. Este pueblo ha sido víctima y testigo del conflicto y la violencia que han azotado gran parte de las zonas rurales de nuestro país. Con altos índices de pobreza y de primera infancia desatendida fue prioritario dentro del programa “De cero a siempre”, establecido por la oficina de la entonces primera dama María Clemencia Rodríguez de Santos, con el cual se buscaba crear conciencia sobre las carencias de la primera infancia y ofrecer infraestructura de alta calidad a los más necesitados.

El Centro de Desarrollo Infantil El Guadual es una consecuencia de esta coyuntura, en la cual se alinean el entendimiento de la gestión pública y su capacidad transformadora, con la puesta en marcha del rol social y ambiental del quehacer arquitectónico; su resultado, un proceso y un lugar que generaron extraordinario impacto para la comunidad.

El programa se compone de diez aulas, algunos espacios semiprivados para clases de arte, un comedor, una zona administrativa, áreas recreativas interiores y exteriores –incluido un arroyo artificial–, una huerta, un teatro público exterior y una plaza cívica. Su objetivo es ofrecer servicios de alimentación, educación y recreación a 300 niños de 0 a 5 años de edad y a alrededor de cien mujeres en estado de embarazo, como parte de una estrategia integral de atención a la primera infancia.

El Guadual responde a su entorno ambiental y a las enormes carencias de su contexto social. “Más que un edificio sostenible, es uno lógico”, afirma el arquitecto bogotano Daniel Feldman, quien junto con el arquitecto bogotano Iván Quiñones lideró un equipo que incluyó a profesionales de diferentes disciplinas, como la economista Sandra Pineda, entre otros. “El lugar no tenía servicios de alcantarillado, agua ni energía confiables –recuerda–. En este contexto, la sostenibilidad se convierte en una necesidad básica”.

Su diseño se basa en una meticulosa estrategia de sostenibilidad, tanto ambiental como social. Previeron volúmenes generosos donde instalaron tanques para el almacenamiento de las aguas lluvias y potables, y su proceso de recolección es evidente a los niños que habitan el centro, a través de tanques expuestos y un arroyo artificial que atraviesa el corazón del proyecto. Su cubierta y los espacios aprovechan al máximo la luz natural para su iluminación, con el fin de disminuir los requerimientos eléctricos que traen consigo los lugares profundos y oscuros.

Los muros de concreto armado –con el apoyo de la compañía Argos­– son gruesos y llevan un aislante interno de icopor, para proteger los interiores del calor y mantenerlos frescos y confortables. De igual manera, las tejas termoacústicas –colaboración de la empresa Ajover– incorporaron un aislamiento térmico ­–con la ayuda de Fiberglass Colombia–, y ubicaron un cielorraso hecho de caña flecha, como homenaje a la historia y la cultura artesanal del sector. El adecuado aislamiento de la envolvente y la estratégica distribución de las aperturas que potencian la ventilación natural eliminaron la necesidad de un sistema de ventilación mecánica.

El diseño del edificio, su programa, materiales y forma se definieron mediante un ejercicio participativo, que involucró tanto a los arquitectos y especialistas como a la comunidad en general. Realizaron talleres y reuniones, y exploraron con los habitantes el cómo se imaginaban este nuevo centro. Los niños querían poder encontrarse los unos con los otros, y de ahí los orificios que comunican las aulas. Los adolescentes deseaban una tarima y un cine, y así nació el teatro al aire libre y la pasarela.

Los adultos hablaban de su añoranza por la guadua, y fue así como establecieron la estructura y los acabados de gran parte de la construcción: no solo gracias a las características renovables y sostenibles del material, sino para traer al presente la importancia de los guaduales, protectores de los ríos y del agua, que se han ido perdiendo en la zona debido a la incontrolada expansión de los cultivos de caña. El uso de la guadua no solo ofreció una solución constructiva amigable con el medioambiente, sino que también apoyó el deseo de la comunidad de restablecer su relevancia cultural y mantener viva su memoria.

La edificación se llevó a cabo, en su mayoría, a partir de mano de obra local. Sus tecnologías y procesos sencillos de construcción vincularon de manera aún más profunda a la población –incluso las madres comunitarias aprendieron a transformar la guadua para incorporarla al edificio–. El resultado es un centro sostenible y respetuoso del medioambiente, levantado con recursos limitados muy bien aprovechados, que ha generado un enorme sentido de pertenencia entre los habitantes locales. “El pueblo ama este lugar”, concluye Daniel Feldman, sin poder ocultar el orgullo que siente.

//revistaaxxis.com.co

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