Living en Bogotá

Toda una época de la arquitectura bogotana está representada en las casas de estilo Tudor. Una de ellas abre nuevamente sus espacios para darle un sabor de evocación a la vida actual. 0

Un rasgo absolutamente distintivo de la arquitectura bogotana lo representan las casas de tipo “inglés” construidas entre los años treinta y mediados de los años cincuenta del siglo pasado, cuando la ciudad desbordó sus límites tradicionales. Buscando un patrón de identidad distinto de la austeridad colonial, muchas familias bogotanas, o inmigrantes de otras regiones y países, abandonaron el centro de la ciudad y empezaron a ocupar los nuevos barrios, entonces periféricos, como Teusaquillo, La Merced, La Magdalena, Palermo, Quinta Camacho y El Nogal; urbanizaciones trazadas de acuerdo con el modelo norteamericano, con antejardines, vías amplias para la circulación de automóviles, arborización y parques, y allí encargaron sus nuevas casas, dentro del repertorio de estilos que les ofrecían los constructores que ejercían su oficio antes de que la Universidad Nacional estableciera la primera facultad de arquitectura de colombia en 1936.

Los estilos de los catálogos de los constructores eran variados: español californiano, provenzal, neoclásico, Art déco, Art nouveau e incluso, moderno. Ya fueran inspiradas en el pasado, o de corte futurista, estas casas estaban equipadas con instalaciones técnicas completas, y estaban organizadas de acuerdo con esquemas de distribución compactos que prescindían de los patios, para ofrecerles a sus habitantes todo el confort contemporáneo: cocinas y baños funcionales y garaje para un packard o un buick.

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Por alguna razón, aún por investigar, el estilo residencial más popular de la época fue el Tudor, con fachadas de ladrillo y techos de teja cerámica tipo mayólica, laboriosas aplicaciones talladas en piedra arenisca, ventanerías de forja y uso masivo de madera tanto en la estructura de entrepisos y cubiertas como en los acabados. en estas obras, los artesanos desplegaban su conocimiento y su ingenio manejando los materiales con una maestría que hoy inspira respeto y admiración.

Contra esta estética historicista reaccionaron los arquitectos recién graduados quienes, abanderando la consigna “à bas l’académie!, vive Le Corbusier!”, impusieron el estilo internacional moderno que durante los años cincuenta y sesenta se tornó distintivo de la arquitectura colombiana.

En una de estas casas “inglesas”, Andrés Murgueitio aplicó su criterio como arquitecto, su experiencia como constructor y su ojo para las antigüedades con el fin de adaptar los espacios del pasado a las necesidades de la vida contemporánea.

La intervención de Andrés en la casa está marcada por el respeto a la distribución original, la conservación de materiales como la madera de los pisos, y la actualización de algunos acabados como las losas de pizarra en el corredor que comunica el vestíbulo de acceso con la cocina, la cual se renovó completamente.

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En la zona social puede hablarse de un criterio de restauración, visible en la conservación del piso de madera, del arco estilo tudor que sugiere el límite entre la sala y el comedor, del blanco de los muros y el cielo raso y de las puertas con vidrios que separan del vestíbulo, ambientado con un notable aparador victoriano y un perchero Thonet.
Aunque su fachada evocara el pasado, estas casas estaban equipadas para el confort del presente, y así lo demuestran el amoblamiento de la sala con un sofá americano, poltronas stream-lined y una mesa de centro moderna sobre un kilim; una gama de estilos que también funciona en el comedor déco donde una radiola de los años cincuenta se adaptó como mueble auxiliar.

Las franjas de aislamiento que rodean la casa se aprovecharon con un pequeño patio, un jardín seco sobre el cual Andrés tendió un fino tramado de varillas de acero que funciona como terraza permeable al agua y a la luz, y que sirve comoprolongación del segundo piso al exterior. Una escalera de madera espléndidamente restaurada sube hasta el corredor revestido en lámina metálica con pintura epóxica amarilla que conduce a las habitaciones en las que se recuperó el tablado original. el espacio más grato de estas casas estaba en la mansarda. lejos de la seriedad de la sala y de la privacidad de las alcobas, la mansarda era el sitio de los encuentros informales, la música, las aficiones, las fiestas, el estudio o los romances.

Una escalera nueva de lámina metálica plegada en el arranque, y de peldaños voladizos suspendidos de tirantes de acero en su tramo final, da acceso a la mansarda, de carácter casual y lúdico expresado con muebles, colores y formas que recuerdan el espíritu de los años sesenta, y que contrastan con el blanco del piso en pintura epóxica y de los tableros de dry-wall dilatados que revisten el prisma del cielo raso. La casa revela su pasado, respira el presente y se conserva para  el futuro. en un ejercicio que mezcla el rigor de la restauración con la creatividad de la remodelación y el gusto por la decoración, Andrés Murgueitio, más que congelar la casa en una época, recupera su funcionalidad y le da continuidad a su historia. foto_12

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