Museo de Arte Moderno de Medellín: un espacio pensado para el encuentro de la comunidad

A diferencia de muchos proyectos que podrían considerarse íconos, el Museo de Arte Moderno de Medellín se sumerge en la escala urbana –no la supera– para crear espacios públicos inclusivos, pensados para el encuentro de la comunidad.

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Un ícono no es más que un signo, una representación abstracta de alguna idea…, una figura cuyo significado no es ella en sí misma sino algo más. Nuestra vida cotidiana está llena de ellos: los usamos en nuestros teléfonos y computadores todo el tiempo, nos guían en las calles de la ciudad cuando conducimos y los encontramos también en los monumentos que conmemoran hechos importantes. Los íconos son en realidad una forma de lenguaje, una manera de comunicación que se fundamenta, sobre todo, en la imagen. Nos permiten hablar con los ojos y no con la boca.

Decir que la arquitectura puede ser icónica implica reconocer en su cuerpo visible algo que lo desborda, que lo trasciende. Un claro ejemplo de esto es la torre Eiffel. Sabemos bien que ella “significa” París; su forma actúa como un pictograma. No es casual que las torres se comporten como símbolos –los bancos y las instituciones del poder suelen construirlas muy altas–; la verticalidad de un edificio habilita el dominio visual de su entorno…, pero al mismo tiempo lo hace perceptible desde lejos. Esta estrategia arquitectónica y urbana la hemos aplicado desde la Edad Media hasta hoy.

La nueva sede del Museo de Arte Moderno de Medellín, por el contrario, se sumerge en la escala urbana. Para ver el proyecto hay que acercarse a él. Su forma no persigue la síntesis gráfica propia del ícono, en cambio se diversifica al apilarse una serie de grandes cajas, una sobre otra, de manera irregular para generar terrazas habitables a cielo abierto. Claro, es un edificio singular con una forma y una combinación de materiales que lo destacan sobre la arquitectura más corriente –y ciertamente de mayor altura– que le rodea, pero su valor fundamental es algo que su mera imagen no reporta. La masa que se construye con muros de concreto, vidrio y calados está en favor de la disposición del vacío exterior que se cuela entre los volúmenes. Este museo moldea el espacio urbano y se atraviesa a sí mismo con él; permite extender la plaza contigua hasta sus plataformas aéreas y sus escaleras expuestas.

Los visitantes pueden recostarse en las graderías orientadas a manera de tribuna hacia el espacio público, sentarse a tomar un café en una de las esquinas de este centro cultural, entrar y salir de él por sus balcones. Como el silencio en la música, es el hueco sutilmente delimitado y cuidadosamente abierto hacia la ciudad el que vitaliza, no solamente al MAMM sino al lugar que le rodea. Darle cuerpo a una institución que ha sido protagonista del ámbito cultural en la ciudad requiere tomar una posición frente a la manera de relacionar al museo con los ciudadanos. Tradicionalmente estos son edificios cerrados, construcciones de gran tamaño, pero que en muchas ocasiones no generan dinámicas urbanas en su entorno. La potencia de este proyecto, diseñado por Catalina Patiño en asocio con Viviana Peña (en Ctrl G), arquitectas antioqueñas, y los peruanos 51-1 (César Becerra, Manuel de Rivero y Fernando Puente Arnao) está precisamente en entender la pieza arquitectónica como un dinamizador urbano. Los buenos edificios construyen una mejor ciudad.

La nueva sede del MAMM es una pieza icónica de la arquitectura que se ha hecho en Colombia durante los últimos años. Pero no porque su presencia se perciba en el skyline de la ciudad o porque su imagen sea un referente turístico, tampoco porque sus volúmenes nos recuerden algún acontecimiento significativo. No. Este proyecto es un ícono porque propone una arquitectura inclusiva en lugar de una exclusiva, porque no impone nada, pero sí dispone un lugar para el encuentro, porque defiende el vínculo entre el edificio y el espacio público, entre la institución privada y la ciudad de todos.

Es un ícono a la inversa, no por lo que construye con ladrillos, sino por la habitabilidad colectiva que configura entre sus muros. No es una efigie para ser admirada, sino un escenario para ser habitado, recorrido y apropiado; ya no con los ojos sino con el cuerpo.

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