Madera hecha casa

Acogiendo principios bioclimáticos y cualidades diversas de este material natural, una casa de campo expone elementos tradicionales de la arquitectura antioqueña con un ímpetu moderno. 0

“A los arquitectos a veces nos es difícil usar elementos de la construcción típica colombiana porque no se ciñen a ninguna moda formalista de vanguardia. Sin embargo, muchos de estos elementos son, además de útiles, muy acordes con nuestra forma de vivir y las condiciones externas”, admiten los arquitectos Alejandro Echeverri y Guillermo Valencia. Su confesión se da como premisa de uno de sus mayores intereses: construir un lenguaje propio que reinterprete lo tradicional y rescate su valor.

Con esa idea en mente, ellos, de la firma Alejandro Echeverri + Valencia, concibieron esta casa campestre de 500 metros cuadrados distribuidos en tres habitaciones, sala-comedor, terraza con piscina, terraza de habitaciones, jardín interior con espejo de agua, cocina y cuatro baños.

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Está localizada en Antioquia, a orillas de una quebrada y con una espesa vegetación nativa circundante. La vivienda se construyó (obra a cargo de Felipe Trujillo Arquitectos) en la esquina inferior de un lote de 8.400 metros cuadrados colmado de árboles frutales, pues la siembra es una de las aficiones de los propietarios.

La ventilación y la iluminación fueron principios rectores del diseño de la casa. Su ubicación, por ende, fue estratégicamente pensada para liberar al máximo el área del lote, aprovechar la fuente de agua, ganar frescura con la sombra de tres árboles de gran envergadura e impedir que en el área de las habitaciones entrara de forma directa el sol naciente o poniente, contrario a lo que ocurre en la zona social, irrigada con luz solar.

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Para lograr vientos cruzados en todos los espacios así como un juego de luces y sombras, la vivienda se dispuso en forma de “L” con una cubierta a una sola agua, que cae a la terraza con piscina y se abre hacia los jardines aledaños. A ese propósito también se sumó la altura: el basamento perimetral está a 2,70 metros del piso y de ahí en adelante –hasta alcanzar la cubierta a 5 metros– se enriqueció cada espacio con piezas de madera a distinto nivel, lo cual generó posibilidades diversas de ventilación, iluminación y privacidad. En el estar en “L” es secuencial el recorrido y de manera fluida se van encontrando las áreas, siempre flexibles y abiertas. De esta forma, se logra que los límites entre el interior y el exterior se diluyan.

A lo largo y ancho de esta construcción no hay un solo vidrio en las ventanas, en su reemplazo se emplean múltiples elementos de madera con distintas densidades. ¿En una atmósfera tan caliente es posible usar madera sin saturar visualmente el espacio ni condensarlo térmicamente? Es más que posible, y eso es lo que demuestra esa vivienda, donde la contundencia de este noble material refresca en momentos de intenso calor y recoge y guarece en momentos de pertinaz lluvia.

Además de conservar el lenguaje de su entorno, la madera aquí trabajada a manera de postigos, pérgolas, persianas, cubiertas, bámbulas, aleros o vigas estructurales, produce texturas que visten cada área y se entretejen con el paisaje cercano propio de la casa y con la panorámica montañosa del horizonte. Todo el conjunto permite un hábitat que resalta, sin pretensiones el lugar: un refugio vívidamente campestre. Madera hecha casa 

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