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Diseño vertical en arquitectura bogotana

Esta casa en La Candelaria hace parte de un proyecto de siete viviendas modulares que se conectan a través de un patio de baldosas artesanales rodeado de matas. Un lugar tranquilo y silencioso a pesar de estar en pleno centro histórico de Bogotá. 0

Cuando los arquitectos Enrique Ramírez y Carlos Fernando Proenza encontraron el lote de 53 metros de fondo y 12,50 de ancho, lo único que seguía en pie era la fachada de una casa, el resto estaba en ruinas. En este espacio, que podría parecer pequeño, le dieron vida a siete construcciones muy parecidas a las townhouses (viviendas de dos o tres niveles, construidas una al lado de la otra) con un componente especial: “Su forma sencilla, flexible y repetitiva nos permitió hacer unas variaciones en su interior, donde solo localizábamos un punto de agua para los baños”. Según el arquitecto Ramírez, diseñaron un módulo muy sencillo que se repite a lo largo del terreno y su eje estructural es una columna que se reproduce cada cuatro metros con cincuenta centímetros. Todas las casas son diferentes por dentro.

“La fachada de la entrada del conjunto residencial es un muro doble muy robusto que envuelve todo bien; elegimos una buena carpintería y logramos que su diseño por dentro fuera maleable para poder adaptarlo y para lograr unir las casas –explica Ramírez–, los muros que dividen las casas son dobles y disponen de espacios de aire para aislar el ruido y permitir que sus propietarios se sientan más protegidos; en eso tratamos de ser cuidadosos y dar buenas especificaciones”, asegura. Conocer a profundidad las bondades y los beneficios de la madera es una de las virtudes que Ramírez ha desarrollado, ya que se ha dedicado a trabajar con esta materia prima por años: “Trabajé con una empresa que construía con madera y desde entonces seguí con el tema”, afirma.

La experiencia con este producto se hace evidente en este proyecto anclado en el centro histórico de Bogotá, pues quien entra a la casa tiene la sensación de estar rodeado de este material duradero, vivo y agradable al tacto y a la vista, ya que sobresale en pisos, escaleras, mesas, mesones, vigas, soportes, puertas y ventanas. Por ejemplo, a medida que se recorre la escalera de caracol, se revela un juego de formas geométricas construidas en madera, que incluso es común en el mobiliario, pues muchos de los accesorios y muebles fueron diseñados en este material: la mesa del comedor y las de noche con base de metal; el escritorio y la cama de la habitación principal.

Sin embargo había un problema en las casas medianeras: la entrada de luz, así que los arquitectos encontraron la manera de solucionarlo al dejar vacíos entre los listones de madera de los entrepisos para que la luz pudiera pasar. En el primer piso de estas casas están los espacios sociales que dan contra el patio, y, según el arquitecto, esto se considera algo atípico porque “la tradición bogotana es que a la zona de circulación normalmente se le da la espalda”. Sin embargo, en este caso, las áreas comunes miran al exterior que resulta muy agradable. Al subir a los otros niveles aparecen diferentes perspectivas, el recorrido finaliza en los techos, que son terrazas habitables con una vista sobre el barrio y los cerros de Bogotá.

Una característica especial del lugar es el uso que se le dio a los muros de ladrillo de la demolición original, que estaban pegados con cal y arena, “así que en cada apartamento hicimos paredes reciclando este material para darles textura y guardar la memoria de la casa”, comenta Ramírez. Con este trabajo, que usa sencillos materiales y variados detalles, el arquitecto propone un modelo de vivienda moderno para el centro de la ciudad que no altera su armonía y su belleza con una fachada sobria que respeta la tipología colonial de la zona y un interior que sorprende con su diseño. Es la demostración de que menos también es más.

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