En nuestra nueva edición, honramos el trabajo de las dos arquitectas ganadoras del Premio Pritzker

Las arquitectas irlandesas Yvonne Farrell y Shelley McNamara, merecedoras del prestigioso galardón, no solo sobresalen por la obra construida, sino por su trabajo académico. Aquí analizamos los tres conceptos recurrentes en su oratoria. 0

En 1978, Yvonne Farrell y Shelley McNamara fundaron un estudio de arquitectura en la ciudad irlandesa de Dublín. Lo llamaron Grafton, el nombre de la calle donde en aquel entonces estaba su oficina. A lo largo de una carrera de 42 años han construido proyectos en Irlanda, Italia, Inglaterra, Francia y Perú. Además, han acompañado el ejercicio profesional con la docencia en algunas de las escuelas europeas más importantes. Su obra abarca un panorama extenso de usos, desde edificios de vivienda hasta sedes para instituciones educativas y culturales.

 

Por su parte, Grafton Architects ha obtenido una cantidad considerable de reconocimientos durante las últimas décadas. Entre los hechos más destacados están la invitación a Farrell y McNamara, en 2018, para realizar la curaduría de la Bienal de Venecia, el evento de arquitectura más relevante del mundo. Pero 2020 es quizá el año que siempre estará en su memoria, pues recibieron la Medalla de Oro del RIBA –Royal Institute of British Architects–, y hace un mes, el Premio Pritzker, el galardón más importante que se les otorga a los arquitectos y que destaca el valor y el aporte de su obra a la sociedad y a la profesión.

Precisamente, uno de los valores de la labor de Grafton trasciende sus propios proyectos como estructuras construidas y habitadas. Es cierto que la arquitectura se pone a prueba en acción y se valida con el uso, y en ese sentido sus trabajos se legitiman por sí mismos. Pero estas dos arquitectas hacen algo adicional, que excede la tarea de diseñar y edificar: hablan de arquitectura. Su actividad docente y participación en múltiples ponencias sobre su labor implican la fabricación de un cuerpo argumentativo que reúne las reflexiones y obsesiones detrás de sus edificios.

A continuación explicamos su arquitectura en función de tres ideas que repite su discurso, a manera de proposiciones. Trataremos de entender no solo cómo es su obra, sino por qué es como es.

“La arquitectura es el marco para la vida”

Para Shelley McNamara, la arquitectura es aquello que nos conecta con el mundo, que nos permite habitarlo. Esta afirmación puede entenderse de dos maneras: como la configuración de un refugio que nos protege del entorno salvaje y sus inclemencias, y como la construcción del escenario de la vida en comunidad, como el soporte físico de lo social.

El interés de Grafton por darle cuerpo a la idea de colectividad, sobre todo en edificios destinados a la educación, es evidente. Proyectos como el Town House de la Universidad de Kingston y el edificio Marshall en la London School of Economics, ambos en Inglaterra, dan cabida a la vida comunitaria al liberar áreas de gran tamaño que hacen las veces de plazas interiores.

Espacios urbanos contenidos, que se vinculan directa o visualmente con el exterior y que promueven la congregación y el encuentro. Esculpir la materia para introducir en ella la metrópoli es uno de los recursos que se repiten y se refinan en la obra de este estudio. Sus proyectos constituyen pequeñas ciudades dentro de la ciudad.

“La planta se encarga de la lógica y la organización del espacio; la sección se ocupa del componente emocional”

El dibujo es el lenguaje de los arquitectos. Resulta usual que la comunicación del espacio diseñado se haga mediante planos en planta –una vista superior en la que se pueden ver las diferentes áreas de una edificación– y que la sección –un corte vertical que se le hace al edificio– se utilice para definir aspectos constructivos.

No obstante, Yvonne Farrell propone la sección como un tipo de dibujo a través del cual se puede dotar de diversidad espacial al edificio. Esta aproximación a sus proyectos es clara cuando explica la Facultad de Economía para la Universidad Luigi Bocconi, construida en Milán, Italia, con un boceto en corte. Un dibujo rápido, hecho con lápiz,
expresa los atributos y cualidades de la obra con pocas líneas.

En él se aprecia una serie de masas sólidas suspendidas sobre un vacío y un suelo que se modifica para crear estancias a distintos niveles, bañadas por la luz solar que se filtra entre los volúmenes superiores. Sus intenciones quedan expresadas y condensadas en este gráfico. Otro ejemplo es el nuevo campus de la Universidad de Ingeniería y Tecnología, su único proyecto en Latinoamérica, finalizado en Lima, Perú, en 2015.

Aquí las condiciones climáticas y urbanas, con un lote entre una vía de alto tráfico y un sector residencial, condujeron a una estrategia en sección que genera una barrera en altura hacia la autopista y un escalonamiento de la fachada hacia el barrio. El resultado es un edificio que desciende mediante una serie de terrazas y circulaciones que entran y salen del volumen. Un lugar para habitar vacíos y plataformas que aparecen a diferentes alturas.

“La arquitectura es una nueva geografía”

Esta parte podría entenderse como una colección de masas esculpidas. Sus proyectos se construyen con materiales pétreos –como el concreto y la roca– para generar cuerpos voluminosos y sólidos. Es recurrente también que las escaleras desempeñen en sus edificaciones un papel protagónico, a menudo asociadas a grandes vacíos y definidas como lugares para el encuentro, más que para la simple circulación, con recorridos ascendentes suspendidos en el aire.

Por otro lado, la intervención sobre el suelo, al generar un nuevo relieve, es también una acción característica. Pareciera que sus edificios emergen de la tierra en la que se construyen, replican los tonos de las piedras locales y las geometrías de la topografía.

El espacio habitable aparece entre muros gruesos, losas inclinadas y excavaciones. Grafton Architects utiliza la arquitectura para poner a prueba ideas sobre la cultura y la vida en sociedad. Su trabajo, hoy premiado, se ocupa de la esfera de lo colectivo y en función de ello crea edificios para las personas, con espacios a la escala de la ciudad. Diseñan proyectos de espacialidades heterogéneas que establecen vínculos cercanos con la geografía que ocupan y generan zonas de cruce y confluencia. Hace más de cuatro décadas estas dos arquitectas le dieron a su oficina el nombre de una calle, de un lugar urbano, libre y democrático. Hoy su obra recoge estos valores y los traduce al lenguaje de la arquitectura. ■

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