Sinergia tropical

Esta casa de recreo habla de su entorno físico, así como de la visión personal de sus dueños. El cruce entre ambas variables produce una obra única, capaz de definir un estilo de vida.

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Esta casa, situada en el municipio de Anapoima, esconde detrás, y de manera intrínseca, un conjunto de particularidades del magnífico paisaje. No obstante, a la vez permite explorar la identidad de sus dueños y entrever los intereses disciplinares del arquitecto. Cabría preguntarse, entonces, ¿cuánto influye el contexto en una casa? ¿Cuánto lo hacen las biografías de los propietarios y del arquitecto? ¿Es posible mezclar una y otra condición? Las respuestas a estos interrogantes se encuentran implícitas, tanto en el proceso como en el resultado.

Muestra de ello son la piedra coralina de Bolívar y la paja vendeaguja de Córdoba, materiales que no pertenecen a la región, pero sí predominan dentro de la casa. Se trata de elementos propios de la arquitectura vernácula de los litorales colombianos, los cuales le agregan visos tropicales, al tiempo que contribuyen a la innovación y la experimentación arquitectónica. La casa es, pues, un terreno fértil para la exploración material. Esta exploración obedece a que la construcción se beneficia de la luz, el agua y el aire del lugar. El hecho de estar inserta en medio de una vegetación exuberante es ciertamente un privilegio. De ahí que las cualidades implícitas de la casa se expandan fuera de la misma, a través de grandes aperturas y zonas descubiertas, con las cuales se toma partido de las vistas exteriores. La disposición del programa es sencilla: dos alas ubicadas en sentido perpendicular forman una “T”. Sobre la principal se ubica una segunda planta. Esta ordenación volumétrica responde a la necesidad de separar el área social de la zona privada; ambas abarcan cinco habitaciones, estar, estudio, sala, comedor, cocina, BBQ y piscina. En total, 720 metros cuadrados de espacios vinculados de manera indisoluble con el paisaje. En el interior, la madera rústica es protagonista. Se destaca en virtud de su apariencia envejecida, que contrasta con el estilo y los colores del mobiliario. “El interiorismo de la casa no compite con su arquitectura: ante todo, la complementa. De hecho, la dueña es diseñadora, lo cual permitió que trabajáramos de la mano siempre”, comenta el arquitecto bogotano Camilo Romero, responsable del proyecto junto con Carolina Mayorga –la construcción estuvo a cargo de CR Proyectos–. Así, la casa pretende resolver, mediante un lenguaje diverso (formas, colores y texturas), una serie de interrogantes que surgen, como la conexión con la geografía y la cultura de donde se emplaza o, por el contrario, la búsqueda de identidad y autonomía –tan característica de la arquitectura de autor–. El proyecto no se reconoce dentro de cierta tradición ni cierto lugar, antes bien, le apuesta a la experimentación arquitectónica mediante la superposición de distintos elementos. En suma: “Se procura señalar la importancia de la segunda vivienda de clima cálido, apartándose completamente de la arquitectura de ciudad. ¡Esta nunca sería una casa de ciudad puesta en Anapoima!”.Finalmente, esta vivienda revela una duda que a todas luces nos inquieta: la de si es posible que las variables lugar, habitante y arquitecto se diluyan en un todo. Conviene preguntarse ahora si existe una única respuesta.

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