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Trazos de futuro

Seis décadas marcan la trayectoria de Germán Samper en el ámbito de la arquitectura y el urbanismo, con una visión innovadora y una práctica profesional que ha dejado huella en diferentes espacios y ciudades. 0

La vida de este arquitecto parece encarnar todos los sueños de un profesional de
su época. Trabajó en París en el taller de
Le Corbusier, donde participó en el Plan Director para Bogotá (1949-1951) y en proyectos urbanos tan emblemáticos como Chandigarh (1951) en la India. A su regreso a Colombia en 1953 inició una fulgurante carrera profesional, principalmente con la firma que luego sería conocida como Esguerra Sáenz y Samper. Uno de sus primeros trabajos fue la sede para el SENA (1958), cuyo prismático volumen se soporta sobre escultóricas columnas que liberan del suelo la edificación y anuncian su ingreso.

La biblioteca Luis Ángel Arango (1958), con esa increíble bóveda que se desarrolla en una luz de 28 metros, con su iluminación cenital indirecta para la sala de lectura y que fue calculada por el ingeniero Doménico Parma. Trabajos ambos que abrieron el camino para la experimentación con el concreto
en nuestro país en donde los límites de la arquitectura se relacionaron con la poesía, el arte y la escultura y que continuarían unos años después en la misma biblioteca, con la pequeña sala de conciertos. Este trabajo es una verdadera joya que habla de la sensibilidad de un profesional que también sabe tocar el piano, en donde la geometría invita al visitante a dejarse envolver por un espacio místico, íntimo, coronado por una delicada estructura de madera que deja volar la imaginación.

Hay otro Samper de grandes proyectos que irrumpirían en nuestras ciudades
como el edificio Avianca (1968) en Bogotá, Coltejer (1968) en Medellín o el Centro de Convenciones (1982), que emociona menos y que anunciaría un rompimiento con la escala y la fisonomía de algunas de nuestras ciudades, en una ruta que lamentablemente siguieron muchos de sus contemporáneos y que desvirtuó varios cascos históricos. Personalmente, el Samper que más
 me gusta es el que en compañía de su esposa Yolanda Martínez lideró el proyecto de vivienda por autoconstrucción de la Fragua (1958) en Bogotá. Un proyecto que usualmente no se menciona en los anales de la historia de la arquitectura en Colombia.

Fue una iniciativa encaminada a ayudar a solucionar la carencia de vivienda de un grupo de personas de escasos recursos económicos. Samper se encargó de conseguir el predio, la financiación, realizó el diseño urbano y arquitectónico y capacitó en construcción a los futuros usuarios para que levantaran sus propias casas. Una iniciativa en la que dejó escrita para siempre, la responsabilidad que tiene un arquitecto con su oficio, tiempo y gente.

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