Decoración ecléctica

La mezcla de estilos marca de manera determinante la personalidad de esta iluminada casa en la que el arte coquetea con elementos gráficos sin pretensiones de estilo. Sutiles acentos de color y detalles de arquitectura moderna complementan la propuesta. 0

Los objetos revelan el carácter de las personas. No es un secreto. Y las casas son esos lugares donde aquellos cobran significado. En esa búsqueda personal hay quienes crean espacios con la ayuda de diseñadores y otros que se dejan llevar por su gusto, poniendo elementos cargados de significado que van llenando los espacios y la vida.

El dueño de este apartamento se inscribe entre los últimos, aunque hizo un poco de las dos cosas. A diferencia de los tradicionales diseños horizontales, esta vivienda, que tiene una espléndida vista hacia Bogotá desde el nororiente, es un lugar vertical de siete plantas y está dentro de un edificio de los setenta diseñado por el arquitecto español Jordi Piñol, para una familia tradicional. Hoy es considerado patrimonio de Bogotá. El interior fue remodelado por el arquitecto Andrés Murgueitio para ser habitado por una persona que viaja constantemente.

El lugar ha ido cambiando poco a poco, desde que el actual propietario la compró hace diez años. “Esto es como un árbol: un lugar sobre el otro. Entonces, se quitaron muros, se eliminó la habitación del servicio del primer piso, se crearon vacíos y se dejó la escalera que conecta todo”, explica Murgueitio.

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En un piso está la sala; en otro, el comedor, la cocina y un jardín –con flores en un muro alto–; más arriba, la habitación principal con vista a la ciudad –hay otra de huéspedes en un nivel diferente–; en otro piso un estudio; luego, la bañera, la ducha y el vestier (claraboya incluida), y, para terminar, una terraza pequeña a la que se sube por una escalera corta.
Como la escalera constituye el eje que comunica cada espacio a lado y lado, las alturas no son grandes, por lo que subir y bajar es fácil. Así, el apartamento se fue llenando de otra luz y se logró que la comunicación fluyera entre los niveles.
Entonces los objetos empezaron a aparecer y a llenar de un sentido personal el lugar. Todos tienen razón de ser para el dueño que los compra en sus viajes o hasta en cualquier “pulguero” bogotano, guiado por el diseño del objeto, por la belleza y por lo que le traen a su imaginación. Otros han llegado como regalos de amigos que acostumbran visitarlo o que se quedan varios días.

Sutiles acentos de color y detalles de arquitectura moderna complementan esta propuesta.

“Afortunadamente, conocen mis gustos”, dice el dueño, y agrega: “Cada espacio tiene una vivencia, algo rico para disfrutar. Todo es independiente pero, también, conforma un conjunto. Es fácil comunicarse y mantener la privacidad”. La sala, por ejemplo, tiene un carrito de juguete, similar al que los niños usaban en los años cincuenta para soñar que eran pilotos de carreras. “Estaba en un pueblo al sur de París y ese carro me pareció lindo, por eso lo compré”, dice el propietario. Al lado hay una mesa de aglomerado que un amigo de la casa recuperó con una tapa de raíz de nogal. Sobre ella hay un curioso casco militar de los setenta. La mesa está sobre un tapete artesanal –entre café y anaranjado– de cobre y estaño, hecho a mano.

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Esto se conjuga con un par de cojines de piel comprados en una carretera colombiana, y con dos sillas metálicas, de siluetas delgadas y cojines blancos bien perfilados: “Me las trajo un amigo desde Caracas. Alguna vez creí verlas en un libro de sillas, pero no sé de quién son”, comenta el dueño, sin pretensión, lo que deja ver que más que su autor, realmente las sillas le gustan por su belleza y su procedencia.
El lugar se vuelve cálido con una chimenea de gas, negra, de perfiles metálicos definidos que, con piedras en su interior, se muestra orgullosa en su sencillez y de haber reemplazado la que estuvo empotrada en una pesada pared.
De la decoración, impacta un gran póster de los X-Men, esos personajes de ficción que, en este caso, aparecen gigantescos y dinámicos en un vidrio laminado. El afiche, casi a la entrada, muestra de una vez el carácter desenfadado del lugar.
El dueño no tiene problema en combinar este cuadro y otro afiche del famoso Flash Gordon, en un descanso de la escalera, con una obra del escultor Hugo Zapata, en el baño social de la planta más baja. Y su sentido práctico se deja ver en la cocina que cuenta con lo indispensable para que un aficionado invente sus recetas sin mucho protocolo, y que por sillas tiene dos simples bancos plásticos.
El sentido ecléctico queda marcado cuando en el estudio aparece, imponente, desde el piso hasta el techo, un desnudo de Luis Caballero y, al lado, una placa de automóvil del Distrito Federal.
Para Murgueitio, aparte de la escalera, lo que más aporta desde la arquitectura es el techo de la habitación principal, sui géneris, con elementos triangulares vaciados, por lo cual decidió dejarlo a la vista: “Fue un diseño del arquitecto (Jordi Pinyol) para sostener la placa quitando peso. Es realmente muy bello”, comenta Murgueitio. Semejante estructura contrasta con la sencillez del respaldo de la cama, de acrílico rojo, de Murgueitio, y un colorido collage del artista Juan Santiago Uribe, ampliado en toda la pared lateral.
“Aquí todo es simple. No cabe nada que no haya tenido un origen conocido y eso da un grado de afecto, de historia y de utilidad. Es importante que las cosas reflejen lo que uno es”, concluye el hombre que habita este lugar.

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