Volúmenes asimétricos

Tras una remodelación drástica, este apartamento en Bogotá exhibe una arquitectura interior abierta y de volúmenes asimétricos que en sí mismos constituyen la base de la estética interior.

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Buscar la luz natural nunca dejará de ser un instinto humano profundo, y eso fue lo que salió a flote en este apartamento al norte de Bogotá. Su propietario, el arquitecto y constructor Gustavo López, no concebía cómo un espacio con cinco ventanas de fachada podía ser tan oscuro en el interior. Sin embargo, eso no impidió que viera su potencial y decidiera transformar radicalmente esos 388 metros cuadrados de área, dentro de un edificio construido hace 21 años.  “Entiendo que la arquitectura de hace unas décadas quería demarcar muy bien las zonas dándoles total privacidad y por eso se compartimentaba tanto el espacio, pero mi intención es abrir las áreas dejándolas lo más limpias posible porque me encanta el purismo arquitectónico”, asegura López. “La luz y la fluidez espacial siempre han sido mis premisas de trabajo”, añade. Con esos principios rectores, lideró una obra –ejecutada por el equipo de Espacios Grupo Constructor– en la que demolieron varias paredes del gran salón, integraron parcialmente la cocina, reubicaron el baño auxiliar, crearon una chimenea para el estudio, ampliaron las alcobas y el vestier principal, cambiaron toda la carpintería, los enchapes, la grifería y la perfilería, y abrieron la sala de televisión conectándola con el hall de acceso al área privada.

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Así, este lugar lleno de cerramientos se transformó en un loft de distribución y volúmenes asimétricos que constituyen en sí mismos una propuesta de diseño. Y aunque en la composición estética las líneas rectas determinan el lenguaje, la asimetría hace que el espacio no se vea monótono ni rígido, sino, por el contrario, dinámico. “El purismo va mucho más allá del minimalismo, y acogí sus principios para, a partir de líneas rectas, construir volúmenes que valorizan el espacio”, explica el arquitecto. Adicionalmente, dado que la iluminación natural era una de sus prioridades, eligió el blanco como color dominante para lograr la mayor reflexión de luz posible y cambió el piso de madera color wengué por unos tablones macizos de nogal belga que apoyan la claridad de todo el espacio, el cual está distribuido en comedor-sala-estudio-vestíbulo, terraza, cocina, tres habitaciones, cuatro baños, estar de televisión, alcoba de servicio con su baño y zona de lavandería.

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En medio de esa paleta cromática se desenvuelve una decoración con un mobiliario diseñado por Claudia Ramírez, que empleó muebles contundentes por su tamaño, de corte moderno y algunas piezas de autor. El carácter, sobrio y discreto, permite darle todo el protagonismo al arte pictórico y escultórico, del cual el dueño de casa es amante y conocedor profesional porque estudió bellas artes como carrera, pero la ejerce como afición. Su nutrida colección de arte combina todo tipo de formatos y oscila entre el estilo figurativo, el impresionismo, la abstracción y el expresionismo, principalmente. Por ser Juan Antonio Roda su maestro de escuela, el colombo-español tiene una consentida presencia en la casa, pero también se destacan las obras de Luis Caballero, Andrés López, Fernando Botero, Ricardo González, Manuel Estrada, Juan Cárdenas y Gerard Mas, entre otros. Si bien el propósito de López era abrir el espacio, el arte fue determinante en la remodelación porque requería tener paredes para exhibirlo. Lograr el balance no fue sencillo, pero el resultado final plantea un silogismo particular: si una vivienda (no en vano su nombre) es el espacio donde transcurre gran parte de la vida y el arte es una de sus más sublimes expresiones, el diseño de esta no podía dejar de rendirle culto al arte.

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