Volúmenes en movimiento

Esta casa, inspirada en una de las obras de Frank Lloyd Wright, es un ejercicio arquitectónico, logrado entre padre e hijo, donde las dos gruesas líneas del segundo nivel están desplazadas para generar cubiertas y terrazas.

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La idea de esta casa comenzó a gestarse hace tiempo, cuando el arquitecto antioqueño Camilo Mejía estuvo radicado junto con su familia en Pensilvania, EE. UU., donde tuvo la oportunidad de estudiar, vivir y recorrer la casa Fallingwater, de Frank Lloyd Wright. Considerada “la mejor obra de la historia de la arquitectura estadounidense”, según el American Institute of Architects. Este hito del diseño fue el punto de partida para estructurar el proyecto de su hogar en Las Palmas, en la parte más alta de la montaña oriental, mirando hacia Medellín. “Por eso está basada en dos muros de piedra negra buenaventura en el primer piso y en dos rayas blancas desplazadas de piedra blanca bogotana en el segundo, buscando una intención especial y volumétrica”, explica Mejía, quien se embarcó en esta aventura junto con su padre, el constructor y también arquitecto Gerardo Mejía.

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A lo lejos, desde la vía de la urbanización, la fachada frontal de la casa se percibe cerrada y aislada, pero sobresale por medio de acertados conceptos arquitectónicos, como el desplazamiento en el segundo nivel de dos líneas gruesas y blancas, lo cual crea a la derecha –donde está el family room– una vista de 180 grados sobre el bosque nativo, visual protegida del sol por un voladizo. En la parte posterior de la estructura, este movimiento genera una cubierta para el deck de la zona social del primer piso y terrazas para las alcobas de la planta alta. Las persianas de madera crean un ritmo y aíslan la circulación de la zona privada sin sacrificar el paisaje.

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El ingreso se da por medio de dos grandes muros de piedra negra. El de la derecha contiene la zona de servicios, el gimnasio y el garaje. El otro, un patio interior y el baño social. Además, estas grandes cajas enmarcan una imponente puerta pivotante, de 2,70 por 3,20 metros, cubierta con cuero para que “con el tiempo se desgaste, y envejezca como una silla de montar. Ahora tiene una tonalidad distinta en la parte interior, que es de un marrón más intenso”. Su tamaño es un tema de escala, de “sentir que se llegó a una gran casa”, comenta Mejía, quien fundó la firma Grupo Q junto al arquitecto Luis Porto.

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En la zona social se evidencia que la fachada posterior es lo opuesto a la frontal, aquí el vínculo con el bosque nativo es absoluto. Las puertas de vidrio de piso a techo se abren casi por completo para vincular este ambiente con el deck. “Es una gran galería. No soy de espacios cerrados e independientes, quería todas las actividades integradas, solo la cocina un poco separada, por eso se me ocurrió poner una división que por un lado tuviera una cava, y por el otro, almacenamiento”. Y al ser un apasionado de la culinaria, la cocina debía contar con una vista privilegiada: una de las barras de quarztone gris oscuro y madera mira al bosque, mientras la otra, hacia el patio interior.

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Una escalera contigua al patio, con estructura metálica y peldaños de sapán que la hacen ver más pesada, entrega en el segundo nivel a un corredor donde la parte inferior de la ventana tiene una biblioteca de 25 metros de largo que termina en el family room con vista al bosque. El otro remate de este volumen lo constituye la alcoba principal con terraza en “L”, enfrentada al poniente para recoger el calor durante la tarde. “Este terreno es muy frío por estar a 2.600 metros sobre el nivel del mar”, explica el arquitecto, quien para mejorar las condiciones climáticas se valió de chimeneas –como la ubicada en el primer piso entre el comedor y la sala–. “Está hecha de polines. En las noches y en la mañana la prendemos y no solo calienta ese espacio, sino que sube la temperatura de la planta alta”.

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Durante los diez meses que duró la construcción, Gerardo Mejía estuvo trabajando de la mano con su hijo. Infortunadamente, falleció antes de finalizarla. “No tuvo la oportunidad de ver este ejercicio volumétrico finalizado. Este sueño de sus nietos, de su hijo”, expresa Camilo con la convicción de haber logrado un resultado sobresaliente, que lo lleva en cada paso a los momentos compartidos con su padre.

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//revistaaxxis.com.co

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