Volúmenes entre árboles

La geometría tranquila de esta casa se relega a sí misma para que sobresalga el entorno natural. Su estrategia arquitectónica permite que los ambientes de servicio, social y privado estén separados de manera eficiente.

0

Una pareja con dos niñas pequeñas encarga el diseño de una casa para vivir en medio de un bosque cercano al nacimiento de una quebrada. En el lote, ubicado en la parte alta de una parcelación en las afueras de Medellín, se siembra una cantidad considerable de árboles para complementar la vegetación nativa existente y generar una barrera que elimina el registro de los terrenos circundantes. La casa, diseñada por los arquitectos Camilo Mejía y Luis Javier Porto, de la firma Grupo Q, y construida por Q Constructora, se emplaza a lo largo de una explanación al nivel del acceso vehicular a la propiedad.

Tres volúmenes conectados por un corredor albergan los espacios de la residencia. Esta estrategia geométrica permite separar de manera eficiente la zona de servicios, el área social y la parte privada –de habitaciones–. Por otro lado, fragmentar el proyecto hace que cada lugar tenga una mayor superficie de contacto con el paisaje exterior.

Luego de recorrer el jardín boscoso, un muro de piedra que atraviesa la casa recibe a los visitantes. Perpendicular a este, una secuencia de polines de madera anclados al suelo de forma vertical oculta los parqueaderos, mientras un espejo de agua –donde crece un guayabo– acompaña a quienes cruzan la gran puerta de acceso. Una vez adentro, la luz que entra por las múltiples vidrieras define un espacio claro y luminoso.

El primer piso contiene el área de servicios, discretamente separada por los muros que confinan el corredor; asimismo el salón y el comedor integrados, y la zona de alcobas con family room. El segundo nivel del volumen de dormitorios alberga la habitación principal, acompañada de un gran baño, vestier, oficina y gimnasio, este último concebido como una terraza abierta a la vegetación. Piezas importantes de mobiliario y obras de arte de artistas locales, como Luis Fernando Peláez, Hugo Zapata y Mario Vélez, son escogidas de manera acordada entre clientes y arquitectos.

Cocinar y disfrutar del buen vino son actividades importantes para quienes habitan este hogar. La arquitectura debía materializar estas pasiones de manera no convencional. Para ello, la cocina está diseñada como un espacio que no solamente se integra con la zona social, sino que a su vez se articula con un horno de leña y una pequeña huerta ubicados en el exterior. En torno a la acción de preparar los alimentos en familia, la casa se vive de manera diversa e integrada entre el afuera y el adentro. Por otro lado, el gusto por el vino encuentra una cava semienterrada definida como una sala donde el concreto a la vista de la losa y la madera rústica de los muros aportan textura y calidez al ambiente. Desde aquí, una ventana se asoma sobre el bosque cercano.

Las fachadas del proyecto están construidas con ladrillo a la vista, piedra, vidrio y estructuras metálicas. Un gran pórtico de acero cumple una función estructural al sostener la cubierta del volumen social y, al mismo tiempo, al ser el riel por el cual las vidrieras que cierran el ambiente interior se desplazan y quedan sueltas en medio del jardín exterior. La geometría tranquila de la construcción se relega a sí misma para destacar el paisaje vegetal del lote. Sus líneas horizontales se integran con la geografía de manera austera, sus espacios exteriores se abren al cielo. Esta arquitectura fragmentada y conectada invita al sosiego y al descanso entre los árboles.

//revistaaxxis.com.co

COMPARTIR