Revista Axxis
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A poco menos de dos horas de Bogotá se encuentran dos ecohoteles escondidos en medio de la montaña. Se trata de El Escondite y La Conchita, dos villas diseñadas por el arquitecto José Ariza con la idea de crear un espacio de descanso de lujo directamente conectado con la naturaleza.

El Escondite fue el primero de este proyecto. Se trata de una casa cafetera de principios de siglo que, si bien se conservó en un gran porcentaje, también contó con una importante reestructuración que pudiese suplir con las necesidades de su nueva vida.

“La casa tenía la cubierta típica de una finca cafetera, pero estaba muy deteriorada, y no valía la pena restaurarla. Entonces, lo que hicimos fue tumbar los muros interiores y hacer una cubierta de guadua mucho más alta, como si fuera un resguardo arqueológico. El patio, que era para sacar el café, lo convertimos en un espacio más habitable con la piscina. La idea era que ahí se pudiera pasar la mayor parte del tiempo”, afirmó Ariza.

También se hicieron tres baños sin muro que miran hacia la montaña y la habitación se mantuvo casi en su forma original.

Uno de los puntos que el arquitecto consideró esenciales desde un principio fue la comunión entre los ecohoteles y la naturaleza que la rodea. “Queríamos que el jardín fuera lo más salvaje posible, que no se viera muy intervenido, más bien opulento. Toda la casa está pensada como un observatorio a la naturaleza, casi como una posibilidad de vivir a la intemperie”, agregó.

La villa se encuentra en la montaña del municipio Guayabal de Síquima, ubicado a unos 56 kilómetros de la capital y a 1.500 metros sobre el nivel del mar, lo que le permite contar con un clima templado ideal para quienes quieren algo de calor y algo de frío.

Dos ecohoteles, un mismo concepto
Fue bajo este mismo concepto que se creó La Conchita, el proyecto hermano de El Escondite y que también busca ofrecer una experiencia diferente a quienes deseen un escape no muy lejos de la ciudad. Para esta, la inspiración estuvo en la típica vivienda campesina colombiana.

“Se usaron materiales muy naturales en todo. Por ejemplo, las puertas son de madera, inspiradas en las de las casas de tabla parada del Tolima, y el enchape de la piscina se hizo con barro negro de La Chamba, el mismo con el que se hacen las ollas del ajiaco, lo que le dio una textura muy linda, suave e irregular a la vez”, contó Ariza.

En La Conchita, para acentuar la conexión con la naturaleza, el arquitecto decidió hacer los recorridos de la cocina al cuarto de baño un poco más largos, para que quienes los caminaran pudiesen sentir que estaban en medio de la montaña.

Ariza coronó el cuarto con una cabecera de la cama hecha con bagazo de caña pañetado con cal sobre el que pintó un fresco de unas papayas, lo que le añadió otro toque artístico personal a la casa. Este fue el broche con el que cerró este proyecto de ecohoteles que ya está disponible para el disfrute de quienes quieran un par de días lejos del ruido de la ciudad.
