Majestuosa casa abierta al valle del río Tobia y a las montañas de Cundinamarca

En lo alto de una colina, una pareja levantó una casa abierta al valle y las montañas. Las mamparas, imprescindibles en su arquitectura, permiten que sus espacios se abran o se cierren según la voluntad de quienes la habitan.

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Cuenta la propietaria cómo con los arquitectos Carlos Núñez y Natalia Heredia se tomaron su tiempo, casi un año, para pensar en cada detalle, empezando por escoger la ubicación: en lo alto de una colina mirando al valle del río Tobia y a las montañas lejanas. “Desde el principio queríamos una casa abierta que se pudiera cerrar sin que se sintiera cerrada, y además, que tuviéramos la naturaleza metida en la vivienda”, afirma.

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Para encontrar el balance entre la sobriedad y el color que buscaba la propietaria para ambientar sus espacios fue asesorada por Cristina Michelsen.

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Los dos arquitectos, egresados de la Universidad de los Andes y con especializaciones, concibieron el proyecto como una serie de sorpresas que empezó infinito enchapada con baldosas cerámicas en distintos azules está rodeada por amplias terrazas de piedra arenisca, material que se usó en todos los pisos de la casa.

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Un espacio ocupado por la mesa de billar y un estar para el equipo de video separa la zona social del de la privada con cuatro alcobas: una para cada hijo, la principal y una de huéspedes. En las habitaciones, el concepto “abierto pero cerrado” se refleja en las mamparas tramadas en madera que le dan privacidad a los espacios y, a la vez, permiten el paso del aire.

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Como complemento de la vista lejana, la arquitecta Carolina Wiesner desarrolló una ambientación que llena de vegetación el paisaje al interior, con el acceso frente a una barda de largueros metálicos tramados entre los cuales se insinúa la vegetación del patio interior, con una plataforma que pasa entre helechos y palmas sobre un espejo de agua, que conduce a la zona social abierta por ambos lados, con toda la vista del valle.

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La amplitud, acentuada por la sencillez del diseño, es la característica predominante de la sala, que tiene una altura libre de 3,75 metros, y está amoblada con un sofá en “L” de mampostería y poltronas de ratán. Allí, sobre el tapizado blanco de los muebles, los cojines aportan su toque de color.

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En cuanto a las mesas de centro de la sala, según la dueña, buscaron un contraste para el diseño de la casa en el que predominan los ángulos rectos y los planos rectangulares, “conseguimos en el almacén Cambora los timbales redondos que también dan un acento de color”, aclara.

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En el área social la vida la da el comedor, de diez puestos, en el que una mesa oriental, de Arte y Ritual, color azul turquesa, desgastada por el tiempo, cobra fuerza con los asientos transparentes Louis Ghost de Philippe Starck que, a la vez, contrastan con las sillas tipo Mademoiselle con tapizado de colores en las cabeceras.

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Junto al comedor hay un bar y bajo una pérgola se halla la parrilla para los asados. Otro detalle está en la cocina, con muebles blancos y superficies en quarztone, que se puede separar del comedor mediante una puerta corrediza con tramados de madera.

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Frente a la zona social, la piscina de borde hecha en función del clima y del paisaje, la casa reserva una última sorpresa: adosada al muro de la zona de servicios, una escalera de peldaños en voladizo sube a una azotea sobre la cubierta de la sala: el sitio ideal para refrescarse con la brisa del atardecer y también el lugar perfecto para ver salir las primeras estrellas de la noche o las primeras luces de la mañana. Casa abierta al valle y las montañas.

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