Un convento del año 1621 en Cartagena fue restaurado y ahora es un increíble hotel

Hace 25 años contando con la presencia de personajes como Nelson Mandela, Yasser Arafat y Fidel Castro, entre otros, se inauguraba en Cartagena el Hotel Santa Clara, dando inicio a una nueva etapa en la larga y mágica historia del antiguo convento de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara, del centro histórico y de la ciudad en general.
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Corría el año 1621, hace casi cuatro siglos ya, cuando las hermanas Clarisas  –inspiradas por el Santo de la Porciúncula y financiadas a partir de limosnas y donaciones– lograron finalmente instalarse en la que sería su casa durante 240 años.

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El claustro había tomado su primera forma siguiendo los estrictos cánones de la arquitectura católica de la época: configuración cuadrada, muros robustos y cerrados al exterior, patio central, arcos de medio punto, refectorio, enfermería, celdas, rejas y celosías que impedían a sus habitantes ser vistas por ojos curiosos. Habitaron durante muchos años este espacio la vida monástica y austera, el silencio, los rezos y la clausura, mientras en el exterior sus muros resistieron los embates de la vida de la ciudad, el mar de leva, los piratas y la sal.

Fue a mediados del siglo XIX cuando, al promulgarse la ley de desamortización de bienes de manos muertas, se confiscaron los bienes a la Iglesia católica y a sus órdenes religiosas.

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Debieron las Clarisas abandonar su hogar, y en su viaje se llevaron todo rastro de su presencia en aquel espacio. Los muros del antiguo convento hicieron entonces frente al paso del tiempo y la negligencia, albergaron una cárcel, y después recibieron, en 1884 y durante casi un siglo, al Hospital de La Caridad.

Durante sus años como hospital se mantuvieron las cicatrices de aquel deterioro, se ocuparon los terrenos del antiguo huerto y, ya entrado el siglo XX, se construyeron nuevos edificios sobre la calle del Curato, los cuales respondieron a la estética de la arquitectura republicana, muy en boga en aquella época.

Pero llegó el año 1974 y comenzó un nuevo sinfín de vicisitudes para el convento: nueve años de abandono para luego recibir dependencias de Medicina Legal, la Universidad de Cartagena, la Escuela de Bellas Artes y hasta la Liga Departamental de Béisbol. Al comienzo de la década de 1990, el edificio amenazaba ruina.

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Las remodelaciones llevadas a cabo durante los últimos años incluyen la actualización de los sistemas de iluminación, aire acondicionado, audio y video, y tecnología en general, además de la renovación del mobiliario. De igual manera se han intervenido y restaurado nuevamente los pisos, muros y cielorrasos del edificio, manteniendo su magia histórica mientras ofrece todas las comodidades típicas de nuestro tiempo.

Alarmado por el deterioro del centro histórico de la ciudad y siguiendo recomendaciones de la Unesco para la recuperación del patrimonio arquitectónico (en las cuales se propende a su restauración y adecuación a usos nuevos), el gobierno de Cartagena decidió llevar a subasta pública algunos de los bienes singulares que se encontraban en su poder.

Colombia vivía una época de inestabilidad y violencia, y Cartagena, a su vez, le había dado la espalda a la ciudad amurallada, la cual se asociaba con inseguridad, oscuridad y pobreza.

“Nos tildaron de locos”, recuerdan en Arias Serna & Saravia, la firma que asumió el reto de embarcarse en este proyecto en tiempos convulsos, “pero al ver semejante edificio no nos pudimos resistir. Fue un proyecto diferente en todo sentido. En términos de diseño, de construcción y de estructuración del negocio. Un proyecto irrepetible”. Cobijados por una gran incertidumbre financiera, se valieron de un crédito del Instituto de Fomento Industrial y del esquema de venta de tiempo compartido para un porcentaje pequeño del hotel (un modelo de negocio hasta el momento desconocido en Colombia) para inyectar al proyecto la financiación requerida.

En términos arquitectónicos, el reto fue hacer una restauración monumental: volver a la arquitectura original de la manera más fiel posible, con un nuevo uso. El edificio había sido intervenido de diversas maneras durante mucho tiempo, y cada cual lo había modificado a su antojo. No había mucha información disponible sobre su diseño original, por lo cual fue necesario acudir a exploraciones arqueológicas y a descripciones de la época. Incluso viajaron a España en búsqueda de pistas sobre su condición inicial.

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La antigua capilla del convento, hoy en día completamente restaurada, funciona como salón para eventos especiales. Fue necesario construir un túnel, a través del cual se conecta con las cocinas, con el fin de independizar la circulación de servicio de la vista de los huéspedes.

En la medida en que avanzaba la restauración se iban encontrando balas de cañón, vajillas, aljibes…, bajo la pintura de las paredes se descubrían murales de belleza indescriptible. Una sorpresa tras otra, cada una complejizando, cambiando y enriqueciendo el diseño sobre la marcha. A pesar de los múltiples imprevistos, el cronograma establecido se cumplía juiciosamente, con el objetivo de abrir en el mes de marzo de 1996.

Sin embargo, por petición expresa del entonces presidente de la república, Ernesto Samper Pizano, el hotel debió estar disponible para la cumbre de los Países No Alineados, en octubre de 1995: ¡seis meses antes de lo previsto! Se replanteó el proceso de obra, dividiéndola en cuatro frentes de trabajo, y se aceleraron las labores al máximo. El día de la inauguración, mientras los presidentes entraban por la puerta principal, los obreros terminaban de salir por la puerta del servicio, ultimando los detalles.

El evento fue todo un éxito. Y desde aquel día el Hotel Santa Clara, al igual que la ciudad y la muralla que lo rodean, se han convertido en el destino preferido de nacionales y extranjeros que visitan nuestro país. El hotel brilla con luz propia, mientras goza de la magia de la Ciudad Heroica, una ciudad de turistas y de locales que vive, que vibra, que huele. Según sus creadores, el hotel se encuentra en su mejor momento histórico, después de pasar durante los últimos cinco años por un proceso integral de renovación de todos sus espacios y de modernización tecnológica. Se ha posicionado firmemente tanto a nivel nacional como internacional, y entre su reconocida clientela se cuentan los afectos de presidentes, artistas y empresarios, personajes de la talla de Bill Clinton o Mick Jagger, o el recuerdo de Gabriel García Márquez.

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Las suites tienen un ambiente y una decoración especial. Sin embargo, la preferida por las celebridades que visitan el hotel es la Suite Fernando Botero, diseñada y decorada por Lina Botero, hija del pintor, usando una paleta de colores pastel a imagen y semejanza de las obras del maestro.

 

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