Así se han replanteado los centros educativos colombianos en la era de la pandemia

Por Maria Juanita Becerra
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Diciembre
15 - 2020
Espacios orgánicos, flexibles y vinculados a la naturaleza son algunas de las cualidades que definen el futuro de la arquitectura y el diseño de los campus.

Ante la insólita y drástica interrupción de las clases presenciales, los centros educativos debieron ser replanteados para continuar sus actividades académicas. Esta contingencia reveló también algunas falencias de sus sistemas, que se traducen en la acuciante dificultad de las instituciones para migrar a otras formas de enseñanza.

Y, aunque buena parte de los colegios  y universidades han recurrido a la virtualidad, un reducido número está preparado para dar este salto de manera eficiente. De acuerdo con Tatiana Urrea –doctora en Teoría e Historia de la Arquitectura  y directora del área curricular de Arquitectura  y Urbanismo de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia–, hoy, de manera tardía, estamos en proceso de redefinir todo aquello que ya hemos definido. Este es el caso de los espacios de aprendizaje, que pueden ser físicos o virtuales. También pueden ser ambientes de formación, concepto que abarca el conjunto de lugares donde es posible  aprender, y que no necesariamente corresponden al aula de clase. “Son abiertos, no solo en términos físicos sino metafísicos.  Los caracteriza la capacidad de experimentación  y la unión entre teoría y práctica. Presentan un enfoque interdisciplinario mediante  el cual diferentes personas contrastan múltiples visiones. De ahí que en ellos la educación no sea dirigida sino acompañada,  es decir, profesor  y alumno  se retroalimentan continuamente. Ambos transitan el mismo camino hacia el aprendizaje”.

Los Centros de Desarrollo Infantil –CDI– tienen una propuesta arquitectónica que permite implementar, de forma sencilla, los nuevos protocolos de bioseguridad.
Fotografía: Cortesía Iván Dario Quiñones.

Lo curioso, lo extraño y lo posible están implícitos en esta apertura, que explica el porqué los ambientes existentes son anacrónicos. Estos, ciertamente, no responden a las demandas de la educación actual. “Los nuevos espacios deben permitir una recombinación  infinita, son un laboratorio abierto. Pero esos no son los de ahora. Aun cuando varias universidades han realizado grandes inversiones en materia de infraestructura, en la actualidad sus campus se encuentran subutilizados. No hay mayor diferencia entre el aula de clase y otros ámbitos  menos formales: en casa es posible establecer contacto con un profesor vía internet”

De lo anterior se desprende  la necesidad de aprovechar lo existente, de reutilizarlo, pero no sin antes transformarlo. “¿Acaso es posible derribar los muros para integrar varios salones  y con ello desarrollar actividades  conjuntas,  abrir los techos para analizar las partículas del aire o, incluso, utilizar las tarimas  para hacer performance?”. Las respuestas a estas preguntas se hallan en los nuevos planes de estudio que, sin duda, deben ser renovados. Así, pues, la tarea es doble, ya que la evolución de los campus debe ir acompañada de una actualización de los planes de estudio. 

“Desde mi perspectiva, lo más importante es ser actores del país. Esto equivale a tomar en cuenta los temas fundamentales en el contexto local, como la guerra y la paz, la migración y la sostenibilidad ecológica. En este sentido, la acción social del arquitecto es indispensable. Un pénsum alejado de la realidad es arcaico, obsoleto. Por ello se requiere que estos también sean abiertos  y no rígidos. Deben ser orgánicos, al igual que los espacios de aprendizaje”. Finalmente, señala que la arquitectura debe aprenderse junto a grupos de otros campos del conocimiento, y no de manera aislada: “No es la forma por la forma, nuestra labor debe ser transversal al entorno social, político y económico.  Las personas deben ser el foco del quehacer disciplinar”.

NECESITAMOS INTERACCIÓN

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Hernando Barragán –decano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de los Andes– afirma que tras el cambio al modelo semipresencial se están adecuando los salones, talleres y laboratorios de acuerdo con los protocolos de bioseguridad. Simultáneamente, se han puesto en funcionamiento las medidas en cuanto a distanciamiento físico, limitación del aforo, desinfección de equipos  y superficies en general, mecanismos de ventilación, entre otros. Además, se han instalado dispositivos tecnológicos como cámaras y micrófonos que permitan llevar a cabo las actividades académicas  y apoyar a los estudiantes que no pueden asistir.

Fotografía: Andrés Valbuena, cortesía Hunter Douglas
Tanto los espacios de aprendizaje como los planes de estudio de arquitectura y diseño son revaluados con el fin de aportar soluciones a la emergencia actual.

En relación con el aprendizaje en línea, la virtualidad se empezó a ajustar tan pronto como inició la pandemia. Desde hace varios años la universidad dispone de Learning Management System (LSM) y otra serie  de herramientas que posibilitan una enorme variedad de clases virtuales. No obstante, “fue necesario trasladar la totalidad de los cursos a este sistema y hacer ajustes sobre el camino. El periodo intersemestral nos dio tiempo de perfeccionar los cursos, así como crear unos nuevos que se adaptaran a las competencias que se pretende desarrollar, y que a la vez aprovecharan el potencial de la tecnología. Eso sí, continuamos con un modelo en el que la relación profesor- estudiante es primordial  

Entre los retos que profesores  y alumnos afrontan está el hecho de permanecer frente a una pantalla durante horas, lo cual –dice– no solo es contrario a lo habitual, sino que conlleva efectos negativos: “Este grado de interacción, que es mínimo, a lo largo de varias horas resulta perjudicial. Afecta la salud física y mental de las personas. Por eso, creo que la sociabilidad en el campus universitario es esencial, más aún en la edad de nuestros estudiantes. Sin duda, el desarrollo de sus capacidades depende en buena medida de ello”.

Fotografía: Llano fotografía, cortesía La Rotta Arquitectos

Frente a esta situación se deben hacer ajustes importantes en un tiempo breve. Estos envuelven temas académicos, intensidad de horarios, duración de clases, etc. “De una u otra manera, esta emergencia sanitaria nos hace repensar asuntos elementales. Por ejemplo, hemos reevaluado las metodologías de aprendizaje y evaluación, también ¿cómo no perder lo ganado hasta hoy? y ¿cómo amoldar nuestras formas de trabajo para permanecer conectados sin ponernos en riesgo o cuando menos minimizarlo?”.

Otro reto interesante consiste en cuál será el futuro de la arquitectura y el diseño: “Esta pregunta nos condujo a generar el espacio Señales del Futuro, una serie de encuentros virtuales que reúne a invitados nacionales e internacionales con el fin de dialogar sobre el valor de ambas disciplinas en el momento que atravesamos. Estos conservatorios giran en torno a dos temas principales: la transformación de la enseñanza de la arquitectura y el diseño como resultado de la llegada de la COVID-19, y el rol que estas desempeñan en la construcción de modelos imaginarios que permitan comprender la incertidumbre actual”.

Por último, considera que todo pénsum académico debe actualizarse para responder a las nuevas demandas y, por extensión,  al estilo de vida que impuso la pandemia: “¡Y hay que hacerlo con celeridad! Programas basados en competencias, con estructuras modulares que faciliten hacer ajustes constantes,  y de esta manera responder oportunamente a los cambios, que permitan conectarnos con la tradición, lidiar con el presente  y educar para el futuro. Es también una oportunidad para conectar la academia con las necesidades de nuestro país. Creo que el éxito de esto estará fundamentado en la continuidad de las experiencias de aprendizaje que podamos generar entre la presencialidad  y la virtualidad”.

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Este panorama se complementa con la visión de Iván Darío Quiñones  –arquitecto premiado en la IX Bienal Iberoamericana de Arquitectura por el diseño de los Centros de Desarrollo Infantil (CDI), y director de infraestructura cultural de Bogotá–, quien afirma que una de las características principales en los procesos de aprendizaje es el encuentro: “La interacción y el reconocimiento del otro son fundamentales para nuestro desarrollo personal. Una emergencia como la de hoy demanda que los arquitectos encontremos formas de asegurar que esto ocurra. Los que están mejor preparados son los centros para la primera infancia, gracias a que los lineamientos decretados por la Norma Técnica Colombiana 6199 (NTC) establecen dos metros cuadrados por cada niño en el aula y baños de fácil acceso, con lo cual es posible poner en práctica los protocolos de lavado de manos. No se trata de rediseñar, sino de adaptar los lugares de encuentro y el comportamiento de las personas. Con autocuidado y pedagogía  se evita la propagación del virus”.

Para Quiñones, las herramientas de diseño deben aplicarse a cada situación o encargo. Por lo tanto, no considera que se requiera modificar los planes de estudio de Arquitectura y diseño: “Antes bien, lo que debemos hacer es educarnos para ser adaptativos, empáticos y, siempre, resolver las necesidades de la gente a través de la escucha. La recuperación de sabidurías ancestrales  y su aplicación al entorno actual son la clave del éxito de lo que construimos.  Para mí, los conceptos imprescindibles de todo pénsum son sostenibilidad,  apropiación colectiva y calidad espacial”.

Entre tanto, el arquitecto Ricardo La Rotta –autor del Edificio de Artes Gerardo Arango, de la Pontificia Universidad Javeriana– sostiene que es posible distinguir dos tipos de características de los ambientes de aprendizaje, unas temporales y otras atemporales: “Las temporales cambian, no perduran, son un espacio finito. Las atemporales permanecen, perduran, son un lugar infinito. Las propuestas producto de la COVID-19 pertenecen a la categoría temporal. Durante este tiempo de pandemia es importante determinar qué es temporal, para reconocer aquello que debe permanecer”.

De igual modo, cree que la educación presencial es fundamental para promover el intercambio social. Este –dice– debe permanecer: “Durante este tiempo de pandemia los campus debieron asimilar una menor densidad de ocupación, para así garantizar el aislamiento de dos metros, como si tuviéramos una burbuja de aire alrededor de nosotros.  Las infraestructuras educativas deben cumplir esta condición, aunque sea de carácter temporal”. Según La Rotta, la suma de lo anterior nos hará más conscientes de la existencia del espacio y del valor de los lugares que habitamos, “en especial de los de aprendizaje. Aquellos que trazan un puente entre interior y exterior, con la posibilidad  de ampliarse o acortarse, serán modelos de flexibilización de la arquitectura dignos de imitar”.

Respecto al campo de la tecnología, opina que el espacio  virtual debe evolucionar para permitir que el valor del intercambio social permanezca. “Se requiere estar presentes, desde un ambiente virtual o físico. Para eso es necesaria la construcción de salones dotados con alta tecnología, que posibiliten la comunicación a distancia. Evidentemente, la COVID-19 está acelerando procesos que ya habían iniciado, motivándonos a hallar un equilibrio entre lo presencial  y lo virtual, lo natural y lo artificial”.  ✱

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