Conozca la increíble renovación de esta casa en Barichara, Santander

Por Rodrigo Toledo, arquitecto y profesor asistente de la Universidad Pontificia Bolivariana
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Enero
20 - 2020

Luego de recuperar la estructura  original de esta antigua finca en Barichara, Santander, el arquitecto desarrolló una serie de estancias dispersas en el lote, a manera de cobertizos.

La buena arquitectura surge siempre del lugar. Establece relaciones entre lo que se construye y la realidad del entorno. Es consciente de la geografía, el clima y el paisaje, pero también de las técnicas materiales disponibles y la cultura en la que se inserta. No es más que otra capa que se superpone al pedazo de mundo que configura. Se mezcla con lo que le rodea.

Conozca la remodelación de esta casa en Mesa de Yeguas. 

Fotografía: Mateo Pérez.

El arquitecto bogotano Andrés Rubio Téllez vive en Barichara, Santander, hace más de una década. Durante este tiempo su trabajo se ha enfocado en entender la arquitectura tradicional de la zona para reinterpretar sus gestos y métodos. Los proyectos que diseña se construyen con los materiales propios del lugar y combinan los procesos artesanales con el rigor arquitectónico.

Fotografía: Mateo Pérez.

Cuando la propietaria –periodista que se desempeña como corresponsal internacional– compró una finca antigua en este municipio de Santander, llamó a Rubio para restaurar la pequeña casa que estaba aún en pie. Además de la recuperación de esta estructura, en la que se conservaron los muros originales de tapia, construyeron una serie de estancias dispersas en el lote a manera de cobertizos. Pequeños pabellones que albergan una residencia atomizada entre terrazas de piedra y jardines.

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Fotografía: Mateo Pérez.

La Casa Uchata recibe su nombre de la cascada a la que orienta la mirada de sus habitantes. Quienes al pasar el umbral de acceso deben cruzar un espejo de agua para quedar enfrentados a la construcción restaurada. Aquí, la sombra que proyectan los árboles añejos y el alero extendido del techo protegen un salón vinculado a un zaguán con hamacas. Detrás, en el centro de la finca, la cocina y el comedor aparecen en el espacio que ocupaba un antiguo caney de tabaco. Simplemente delimitada por columnas de adobe y madera bajo un techado de teja de barro, esta área recoge los valores arquitectónicos del antiguo caney y propone una estancia abierta, atravesada por el viento y vinculada a una piscina. Desde aquí se perciben todas las zonas de la propiedad y se disfruta del paisaje distante de las montañas.

Un pequeño volumen anexo contiene una despensa y un baño. Sobre uno de los linderos del lote dispusieron dos habitaciones separadas entre sí por un jardín. Cada una tiene una cubierta de dos aguas y baños con duchas-patio, acompañados de vegetación interior que permiten bañarse al aire libre, bajo el cielo. Una tercera alcoba en el lado opuesto del solar se ubica a pocos metros de una pérgola soportada en columnas y en el tronco de un árbol.

Entre las construcciones, un sistema de zonas verdes y recorridos empedrados conecta cada ambiente y se adapta a los giros de los volúmenes. Habitar esta casa implica entrar y salir constantemente, estar a la sombra para luego encontrarse con el sol, recluirse en espacios íntimos entre muros gruesos que contrastan con las áreas sociales y de encuentro entre los árboles.

Fotografía: Mateo Pérez.

Lo que no se construye, lo que queda entre eso que usualmente llamamos arquitectura, dota de vitalidad a este proyecto. La tierra con la que levantaron los muros y fabricaron los adobes salió de la obra misma, recogieron la piedra del lugar para generar un suelo que se mantuviera fresco, reciclaron la madera, utilizaron lo que estaba a la mano. Esta arquitectura local, propia del lugar y concebida desde su realidad, involucra un conocimiento heredado de la tradición y propone una forma de vida integrada al paisaje geográfico y cultural, a la sombra de los aleros y el verdor del follaje.

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Fotografía: Mateo Pérez.

La restauración de esta cafetería lo dejará boquiabierto, mire aquí.