Un refugio natural ideal para escapar de la rutina en Barichara

Con volúmenes independientes y tejados escalonados se desarrolló un esquema libre que respetó la vegetación existente intercalando patios y explotando los remates visuales que el pueblo de Barichara ofrece.

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Las construcciones de finales del siglo XVIII hacen de Barichara un legado de la historia colombiana. Ubicado en Santander, a cinco horas de Bogotá, es un pueblo cuya  arquitectura de antaño ha hecho simbiosis con la tierra roja y la vegetación espesa. Allí, Luz María Jaramillo, arquitecta de los Andes con estudios de fotografía en Estados Unidos e Italia, logró crear una casa vacacional.

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Influenciada por Le Corbusier,  la arquitectura limpia en la que el ornamento es un pretexto y por los espacios abiertos que le han atraído en Roma, donde vive, y en Milán, la ciudad en la que trabaja, diseñó una casa de 550 metros cuadrados en un lote de 1.200, con el precepto de respetar los árboles de aguacates, mandarinas y veraneros; las matas de tabaco y el borrachero, los cuales hacían parte del lote virgen ubicado en el casco histórico.

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Desde Europa comandó el proceso de creación de la casa y en Colombia el arquitecto Horacio Hermida se encargó de su construcción e interpretó las ideas de Jaramillo.

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Aunque la fachada de la casa no se ve ajena a Barichara, el interior luce vanguardista sin patio interior y con una distribución de tres zonas distintas, en las que cobran juego los materiales. “Queríamos ser discretos y tratar de que la casa pasara desapercibida, de mimetizarla. No buscábamos ser presumidos ni pretenciosos. La vivienda tiene un juego de  llenos y vacíos que responden a un orden geométrico y constructivo”, afirma el arquitecto Hermida.

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Fue un trabajo exigente. No solo por el terreno inclinado en el que se debía lograr la construcción, sino por la arquitectura de conservación que impera en la zona. Además, la dueña quería espacios que transmitieran tranquilidad: “Buscaba la esencia de los monasterios y que su principio fuera un salón abierto con la piscina al lado para que tuviera  una perspectiva de horizonte”, explica Luz María Jaramillo.

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La estructura se armó con tres volúmenes distintos, que se conectan sutilmente: la zona social (ubicada en la parte alta del lote), la cocina y las habitaciones. Los cimientos son de piedra, los amarres de concreto y los muros de tapia pisada, como es tradición en el pueblo, lo cual da una lectura de volúmenes masivos, fuertes y con espacios generosos. Las cubiertas son de madera rolliza con caña brava o chusque y teja de barro de demoliciones que ya está curada y tiene propiedades impermeabilizantes.

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Siempre se pensó en favorecer la zona social con la búsqueda de la mejor vista a la catedral, por lo que se logró un remate geométrico con la iglesia. Según el arquitecto Hermida, el arranque del esquema arquitectónico es este balcón sobre la ciudad, para  luego conformar una esquina con volumen sin dejar antejardines dada la morfología del barrio.

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El espacio social es ancho y largo con una cumbrera alta, basado en los principios de un caney –lugar cubierto donde se seca el tabaco a dos aguas–, un volumen que tiene ritmo aunque no es modular. El comedor, libre en tres caras, da a la cocina y su forma en “U” se hizo en cemento con un mesón de concreto brillado.

Pasando la zona está el conjunto de alcobas, cuya ubicación puede parecer caprichosa, pero su estructura responde al respeto por los árboles y al aislamiento con los vecinos.

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De acuerdo con la tipología del barrio surgen las modulaciones de las ventanas y hay postigos, aunque una versión modificada para lograr una lectura contemporánea sin escapar a la identidad del pueblo. Otro detalle cautivador son algunos muros de tapia pisada, que están a la vista intencionalmente.

En conclusión, la casa se acomoda a los accidentes del lote, a las herramientas constructivas y al empate con las construcciones vecinas; sus ventanas, sus puertas y sus techos de teja de caída libre se amoldan a la topografía.
El piso es un océano de cemento pulido aplicado con llana metálica,  que solo cambia con algunos toques de madera, “son pisos que aguantan la deformación y eso era lo esperado”, aclara el arquitecto.

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El ejercicio artesanal se dio en las ventanas y los pasadores ya que tienen un tratamiento burdo y tosco, aunque contemporáneo, con formaletas de un color pálido para las ventanas, generosas en la parte interna y controladas en las fachadas, que juegan con las dimensiones locales.

El clima de Barichara exige una apropiada circulación de las brisas y un seguro manejo de los aleros para protegerse de las fuertes lluvias que ocurren. Sin embargo, la temperatura agradable permite que los baños sean abiertos. Estos tienen mesón de concreto con lavamanos de piedra tallada en Barichara, grifería independiente y flexible, un espejo dilatado del muro y un nicho. El piso no presenta divisiones.

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La máxima inmersión con la naturaleza se logra en el baño principal ya que pese a tener un terraza con antepecho alto que le da privacidad a la ducha, logra un contacto con un árbol de almendro que termina incorporado en la arquitectura. El sanitario aunque está más protegido, no se escapa de la entrada de los pájaros y del sonido claro de las campanas de la iglesia. Así es esta obra que, según la dueña, no está terminada, sino que se mantiene en constante evolución.

 

 

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