El ecoparque Ciénaga de Mallorquín en Barranquilla es un lugar para el encuentro

En el diseño del Ecoparque Ciénaga de Mallorquín, en Barranquilla (Atlántico), se plantea una forma de proteger este ecosistema en peligro desde el uso consciente y no desde la restricción.

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La arquitectura es una forma de naturaleza. Construimos nuestras ciudades de la misma manera en la que los animales hacen nidos o madrigueras. Las sociedades, humanas y no humanas, modifican siempre el territorio para poder habitarlo. Hacer arquitectura es precisamente eso: transformar la geografía y el paisaje para adaptarlos a nuestro cuerpo individual y colectivo; a nuestros hábitos e intercambios sociales, políticos y culturales. 

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No obstante, la superposición de esta naturaleza humana con otras naturalezas —animales, vegetales, hídricas, etc.— puede generar fricciones. La mayoría de las preocupaciones actuales relativas a asuntos medioambientales están asociadas al choque que ocasiona nuestro hábitat con otros ecosistemas.

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Así, la necesidad de protección ambiental es cada vez más vigente en los entornos urbanos que limitan con sistemas ecológicos en peligro; sin embargo, conviene recordar que proteger no es sinónimo de segregar, excluir o apartar… Muchas veces, cuidar implica intervenir e incluir.

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El ecoparque Ciénaga de Mallorquín en Barranquilla es un lugar para el encuentro

En el año 1936, en Barranquilla, se construyó el tajamar de Bocas de Ceniza, en la desembocadura del río Magdalena en el mar Caribe. Esta obra de ingeniería a escala urbana modificó la geografía del estuario original y consolidó un nuevo ecosistema: la ciénaga de Mallorquín.

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Desde entonces hasta años recientes, un proceso de erosión progresiva ha causado la pérdida de alrededor de 370 hectáreas de ciénaga. Al mismo tiempo, su fauna y su flora —en la que predominan los manglares— han sufrido debido al vertimiento de residuos y la tala indiscriminada.

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Con el fin de subsanar esta coyuntura, una serie de actores públicos locales y regionales unieron esfuerzos en una iniciativa para proteger la ciénaga. Junto con las comunidades involucradas y un equipo profesional multidisciplinario, se decidió hacer una obra que actuara como barrera entre la ciudad y la ciénaga, pero que simultáneamente fuera un espacio para el encuentro ciudadano. 

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Es así como el proyecto Ecoparque Ciénaga de Mallorquín se le encargó a la firma local de arquitectura DEB, que en asocio con El Equipo Mazzanti plantearon un proyecto de espacio público que interviene todos los entornos de este ecosistema y propone un nuevo uso a partir de la recuperación del hábitat, el ocio, la cultura y el deporte.

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El diseño del Ecoparque Ciénaga de Mallorquín

DEB, liderado por los arquitectos Catherine Jessurum y Francisco Ricardo, es un estudio que opera en el espectro completo de la disciplina, desde el diseño de objetos y arquitectura interior, hasta obras de espacio público y paisaje. Este rango amplio de acción les permitió diseñar el ecoparque desde una sensibilidad por la materialidad y la geometría —derivadas de las formas presentes en la vegetación del lugar—, así como por la escala urbana y el impacto regional del proyecto.

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En ese orden de ideas, plantearon el ecoparque como una serie de distritos caracterizados en función de sus preexistencias y relación con el agua, propuestos como etapas sucesivas de ejecución. Cada uno de ellos incluye usos que van desde la reforestación y recorridos en transportes acuáticos, hasta ciclorrutas, piscinas, zonas para pícnic, y plataformas flotantes para conciertos y comercios no perjudiciales para el lugar y sus especies. Las dos primeras etapas, el Distrito de Contemplación y el Familiar, ya están abiertas a la comunidad.

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La arquitectura del proyecto aparece como una pasarela que recorre las áreas boscosas y de manglares hasta flotar sobre el agua. Su condición lineal le permite hacer variaciones que generan un circuito entre muelles, puentes, bifurcaciones y bucles que se levantan para definir recintos abiertos, a duras penas delimitados y que no alcanzan a ser propiamente edificios.

El ecoparque ciénaga de mallorquín en barranquilla es un lugar para el encuentro
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Una sola inteligencia geométrica que produce una colección de situaciones espaciales diversas. Aquí el espacio público no es el de la plaza o el parque sino el del sendero, un paseo para el cruce social y ecológico.

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El material predominante es la madera, que sirve como estructura de soporte y como acabado. El 90 % de la obra completa, construida y por construir, estará sobre el agua, mientras que el 10 % restante ocupará caminos ya hechos por los pescadores e incluso algunas áreas deforestadas. Esta apuesta posibilita la implementación de las construcciones, sin incurrir en la tala de un solo mangle.

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El Ecoparque Ciénaga de Mallorquín pone en tela de juicio la noción convencional de frontera y la ofrece ya no como un límite impenetrable, sino como un campo para la confluencia. Su arquitectura de caminos resguarda el ecosistema de la ciénaga para su recuperación ambiental y social, pero también la dispone como un lugar para el encuentro y el disfrute.

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El conflicto de estas dos naturalezas —la ciudad y el agua— se resuelve aquí sin atravesar nada, sin muros, sin rejas, sin prohibiciones. Para sus arquitectos, proteger es sinónimo de recuperar e integrar, y para Barranquilla aparece hoy un nuevo ámbito ecosocial. 

Cinco puntos para destacar de esta obra

1. El Ecoparque Ciénaga de Mallorquín es una obra que repercute a escalas de ciudad, de la región y del país, debido al impacto ambiental social y turístico que supone.

2. Para abordar el proyecto, los arquitectos estudiaron la historia de la ciénaga, así como sus problemas actuales. También colaboraron con profesionales de otras disciplinas.

3. El macroproyecto tiene una proyección de quince años de ejecución.

4. Desde el diseño arquitectónico se priorizaron diferentes formas de establecer un contacto entre las personas y el agua.

5. Esta obra propone una manera de proteger ecosistemas en peligro desde la apropiación y el uso, y no desde la restricción.

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