El Centro Etnoeducativo en La Guajira que enaltece lo local

El Centro Etnoeducativo Walirumana, en La Guajira, es un edificio que busca su origen en la memoria colectiva y se vale de la tierra para levantarse.
Centro Etnoeducativo Walirumana

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Una colección de objetos funcionales que conecta oficios, territorio y color

A 20 kilómetros al norte de Uribia, en La Guajira, se encuentra la ranchería Walirumana, cuyos habitantes pertenecen a la comunidad wayuu. El desierto que la rodea se extiende hasta territorio venezolano y genera un entorno dramático, determinante para esta comunidad.

Centro etnoeducativo walirumana
El Centro Etnoeducativo en La Guajira que enaltece lo local

Difícilmente accesible, ha sido uno de los factores que han impedido su integración a la economía de producción y consumo del país. Aunque les ha permitido mantener su cultura y sus tradiciones, a la vez ha llevado a una importante precariedad en términos de servicios básicos e infraestructura. Ha llegado a ser uno de los pocos lugares en el mundo que sufre de muertes por desnutrición hoy en día. 

El propósito del proyecto

En este entorno físico y sociocultural trabaja la Fundación Proyecto Guajira, cuyo objetivo es generar un cambio en esta situación a partir de la intervención sobre tres pilares: educación, desarrollo –emprendimiento– y asistencia básica –alimentación–. Con este fin se creó el Centro Etnoeducativo Walirumana, cuyo diseño estuvo a cargo del arquitecto Juan Salamanca Balén. El edificio consta de dos volúmenes independientes, abiertos a la manera de las rancherías, que ofrecen espacios flexibles donde predomina el vacío.

“El edificio busca su origen en la memoria colectiva –explica el arquitecto–. Su material principal, la tierra, realza el significado que tiene para los wayuu. Este es el elemento desde el cual obtienen la comida y el lugar donde entierran a sus muertos”. 

Bloques de tierra comprimida dispuestos a manera de celosía componen los muros del edificio, que permiten la ventilación natural del espacio. Las aperturas conforman tejidos diagonales que gráficamente hacen reminiscencia a la artesanía wayuu. “La tierra, que retiene el fresco de la noche y lo libera al interior del espacio durante el día, funciona también como generador de confort térmico”.

La guadua es el otro material predominante en la construcción. Reinterpretando el tejido interno del bahareque utilizado por la comunidad, la arquitectura plantea tejidos en puertas y ventanas que permiten el paso del aire y filtran la arena del exterior. La cubierta es plegada para la recolección de las aguas lluvias. Se hace referencia a las pocas montañas que ofrece el paisaje, parte de la cosmología wayuu.

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