El diseño de la escuela infantil African Flow, a cargo de la firma Urbanitree —estudio de diseño e investigación con sede en Barcelona y dirigido por Vicente Guallart y Daniel Ibáñez—, surge de la voluntad de desarrollar nuevos métodos educativos en África. Esta escuela, ubicada en Soa, cerca de Yaundé, capital de Camerún, e impulsada por las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret, tiene un equipamiento organizado como un sistema continuo de ecosistemas —montaña, sabana, aldea y bosque—, que conecta a los niños con sus orígenes y su cultura. Urbanitree construye la escuela alrededor de un patio central, para así organizar los ambientes interiores por medio de sus cuatro ecosistemas, conectados a través de un corredor.

Cada uno de estos espacios tiene elementos reconocibles para los niños, lo que ayuda a estructurar las actividades diarias. “En el diseño de la escuela se recurre a patrones geométricos primitivos y sistemas constructivos de gran sencillez, que emergen naturalmente del uso de los materiales utilizados. Además, la topografía original del terreno permitió crear un segundo nivel, donde vivirá inicialmente la comunidad que gestiona el African Flow”, explican desde Urbanitree. Los arquitectos comentan que entre sus objetivos no solamente estaba diseñar y construir un edificio, sino reinterpretar el proceso constructivo en Camerún.

Por esta razón, emplearon materiales locales de baja huella de carbono; establecieron acuerdos con proveedores para vender sus productos en el mercado local; formaron y capacitaron a los trabajadores, y por último educaron a los docentes para que expliquen el proyecto como parte de una pedagogía social que refuerce el empoderamiento colectivo. La arquitectura de la escuela El resultado es una estructura construida con azobé, una madera local de muy alta densidad, capaz de resistir el ataque de las termitas.

“El proceso de construcción ha estado a cargo de operarios locales que nunca habían trabajado con madera, desarrollando así un proceso de aprendizaje colectivo que se podrá reproducir en futuros proyectos y fomentar una construcción de bajas emisiones en un contexto de rápida urbanización”, señalan. Los cerramientos —hechos con ladrillos de tierra prensada, no cocida— presentan diversos patrones para tamizar la luz entre interior y exterior. De esta manera, “hay una continuidad entre la tierra local, de color rojizo, y el edificio que se asienta en ella. Se seleccionó un proveedor local de ladrillos de tierra que utiliza una tecnología muy básica para su fabricación”, aseguran. En el interior utilizan maderas locales, como iroko, sapeli o movingui, que en el mundo se consideran tropicales y que normalmente tienen precios elevados, pero que en el ámbito local son de uso corriente.

La torre de agua del complejo la imaginaron como una estructura espacial de madera —tradicionalmente se elabora en hormigón—, cubierta con una superficie fotovoltaica “que permite que el edificio pueda tener permanentemente agua y electricidad, en un entorno donde los cortes de suministro son constantes”. El resultado es un espacio reconocible para la comunidad, construido con una arquitectura ancestral que se adapta al entorno, utiliza materiales locales e integra la cultura en el diseño.
