La pandemia nos llevó a usar la arquitectura para construir un mundo seguro y saludable

Por RODRIGO TOLEDO, ARQUITECTO Y PROFESOR ASISTENTE DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA BOLIVARIANA
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Diciembre
2 - 2020
En el siglo pasado, enfermedades como la tuberculosis y el cólera determinaron los inicios de lo que sería la arquitectura moderna. Hoy, con la COVID-19, la profesión atraviesa un escenario similar.

A principios y mediados  del siglo pasado, la arquitectura moderna planteó una serie de cambios de paradigma aún vigentes. Para los profesionales de ese entonces, la manera de construir y concebir el espacio implicaba una ruptura consciente con las tradiciones del pasado y auguraba un mundo nuevo para un protagonista inédito: el hombre moderno.

Este personaje debía tener una vida en ambientes  limpios y llenos de luz, rodeado de máquinas  y artefactos que le facilitaran el diario  vivir, con  tiempo para trabajar, descansar y dedicarse al ocio en ciudades jardín.

Uno de los antecedentes fundamentales de la arquitectura moderna fue la revolución industrial. Con ella no solo se desarrollaron tecnologías que permitían una construcción serializada y en masa, sino que ocurrió una enorme migración de personas del campo a las ciudades, lo que implicó repensar la vivienda y el espacio urbano.

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La Ville Savoye, proyectada por Le Corbusier y construida en 1929, es un paradigma de la casa moderna. Su arquitectura ejemplifica las posturas de su autor y promueve una vida en contacto con el aire fresco y el paisaje.

Otro hecho que influyó de manera significativa fue la Segunda Guerra Mundial, pues las urbes europeas tuvieron que ser reconstruidas cuando esta terminó, y ello permitió poner a prueba las nuevas ideas. Pero quizá la causa que más contribuyó a moldear la arquitectura moderna fueron las enfermedades, específicamente la tuberculosis  y el cólera.

En su libro X-Ray Architecture, la arquitecta e historiadora española Beatriz Colomina hace una reflexión sobre el impacto que tuvieron las teorías médicas y las técnicas de diagnóstico en la arquitectura del siglo  XX. En una entrevista reciente para Pin-Up Magazine, afirmó que ”las enfermedades  modernizaron la arquitectura, no solamente los materiales  y la tecnología”.

Entre las décadas de 1900 y 1940, una de cada siete personas en el mundo tenía tuberculosis, y mientras aparecía la cura –estreptomicina–, esta enfermedad se trataba con espacios óptimos para la salud. Respecto a esto, la española cuenta que muchos de los principios modernos de la profesión, como la relación directa entre el interior y el exterior, las fachadas de vidrio, los muros blancos y la ausencia de ornamentos, fueron antes protocolos médicos. La arquitectura en la que vivimos surge de la asepsia que heredó las condiciones espaciales y ambientales de los sanatorios.

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La COVID-19 nos pone hoy en una situación similar a la ocurrida hace cien años. El aislamiento y la distancia social han modificado la forma como nos relacionamos en el espacio  arquitectónico  y urbano. El encuentro, familiar y ciudadano, está en riesgo. Hoy tenemos una oportunidad, esta coyuntura nos llama a ser creativos y a utilizar la arquitectura  y el diseño como vehículos para construir un mundo seguro y saludable.

Si el sanatorio fue el origen del modo de vida moderno, quizá valga la pena revisar cómo  el teletrabajo, la desinfección  y los nuevos protocolos de convivencia van a dar forma a nuestro hábitat construido. En palabras de Beatriz Colomina:  “(…) la pregunta para nosotros es cómo el coronavirus cambiará la arquitectura y la ciudad. Lo que traté de mostrar en mi libro es que los arquitectos estaban muy involucrados en el diseño de la salud, colaborando activamente con médicos y científicos. Tenemos que despertarnos  y hacerlo de nuevo”.  ✱

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