En la colonia Narvarte, en Ciudad de México, surge Terraza Alba, un proyecto diseñado por la firma Omar Vergara Taller , que desafía los límites de la vivienda urbana al convertirlos en oportunidad.

Diseñado para Alma y Alejandro —una joven pareja de matemáticos y cerveceros—, este hogar traduce la vida cotidiana en una experiencia arquitectónica en transformación constante: una casa que crece, se adapta y se abre, como un organismo vivo dentro de la ciudad.

Más que una ampliación, este proyecto es una expansión del habitar. Una arquitectura que acompaña las etapas personales de quienes la residen, que se moldea según sus oficios, sus pausas y su deseo de construir un hogar sin renunciar a la vida urbana. El interior de la obra Al ingresar, el espacio se despliega con precisión matemática y sensibilidad artesanal.

Un estudio da la bienvenida, esta zona se caracteriza por ser íntima, serena, el punto de partida para la creación. A continuación, sigue la sala común que se convierte en territorio compartido, especial para generar convivencia. El corazón del proyecto es el laboratorio de cerveza, un espacio vital que encarna la unión entre trabajo y placer de la pareja. Desde allí, las puertas se abren hacia la terraza —un umbral que diluye los límites entre interior y exterior—, un lugar para la libertad y el ocio.

Para Alma, originaria de Oaxaca, la artesanía es una extensión de la vida. Su herencia de barro, mosaico y telares inspiró la esencia del laboratorio de cerveza, que se concibe no solo como un taller, sino como un lugar de encuentro. La barra, moldeada con cerámica artesanal y formas suaves, se convierte en un altar doméstico. Su diseño surge de un proceso de hospitalidad y convivencia: un espacio para preparar, compartir y observar.

La cerámica vidriada, las texturas irregulares y la calidez de los tonos terrosos evocan la vitalidad oaxaqueña y la transforman en lenguaje contemporáneo. Estos materiales usados conceden la narrativa de la obra. El diseño de la terraza Desde la terraza, la ciudad se vuelve horizonte.

La fachada, ligera y permeable, captura la luz cambiante y la filtra hacia el interior, creando una atmósfera que oscila entre la energía del día y la quietud de la noche. Los ventanales amplios abren el espacio para disfrutar de la vista, mientras los materiales retoman la memoria de lo artesanal, por ejemplo, pisos de barro cocido, muros de estuco, cerámica vidriada verde y vigas de madera expuesta.

Todo bajo una paleta cálida y cercana, unificando la experiencia sensorial. En esta casa, cada elemento parece respirar. Los materiales, texturas y acabados se encargan de aportar una sensación única en el espacio componiendo una narrativa donde la vivienda en vez de encerrarse se expande. Un refugio que ofrece la posibilidad de observar la ciudad desde otro ritmo.

