VISTIENDO CUERPOS Y CIUDADES

Por Texto: Juan Pablo Gallón
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Junio
13 - 2014
La moda y la arquitectura son campos creativos comunes. Sus historias se cruzan y juntas generan nuevas narraciones sobre la estética, los cuerpos y las ciudades.

La moda viste el cuerpo. La arquitectura viste la ciudad.

Arte, oficio, artilugio. Moda y arquitectura se han erigido al unísono con el hombre, se volvieron bípedas junto a él y le permitieron, incluso, sus transiciones entre Homo faber y Hommo sapiens.

Cobijo, protección, refugio. En esencia, moda y arquitectura fueron fundamentales para el desarrollo humano al proveerle, funcionalmente, estructuras que lo ayudaran a estar menos indefenso entre criaturas y ambientes hostiles (vestido + cueva). Después, se convertirían en símbolos, en escenografías que más allá de cumplir una mera función, significarían y le entregarían al hombre, de distintas maneras, la posibilidad de ser alguien a través de su ropa, de pertenecer a una comunidad a través de las mismas, de habitar con propiedad, por medio de una arquitectura, un espacio que declararía como suyo.

Sin estas –moda y arquitectura- el humano estaría desnudo.

No solo desprovisto y despojado de residencia y abrigo, sino también de signos.

Como campos creativos comunes, moda y arquitectura se han desarrollado de manera paralela, la una mirando a la otra, siempre por el rabillo del ojo, observando qué giros estéticos, narrativos, geométricos y estructurales tendrían lugar en cada una de ellas, para después, apropiárselos y presentarlos a través de sus propias disciplinas y modos artesanales.

Después…

Simplemente llegaría el tiempo en que esas líneas paralelas, de tanto mirarse, convergerían.

Hoy para muchos diseñadores la ropa es pensada como la arquitectura más cercana al cuerpo, y para algunos arquitectos, la arquitectura es una suerte de vestido con el cual se cubre y embellece la ciudad.

Hoy, ciudades como París, Milán, Tokio o Nueva York son conocidas como ‘ciudades de la moda’, urbes en las que distritos y calles enormes como el Harajuku, Omotesando, Soho, Louvre-Tuileries, Faubourg Sain-Honoré o Via della Spiga, se levantan e imponen un propio paisaje urbano; capitales en las que eventos fashionistas recomponen los modos de tránsito y de relación con el espacio; lugares de aceras pulidas que han hecho del vidrio el material de construcción para que la gente y la ciudad misma pueda verse reflejada en sus edificios que son además de statements estéticos, espejos que le devuelven sus propias imágenes e imaginarios a quienes las transitan y habitan.

Las construcciones se hacen más fluidas y la ropa cada vez más arquitectónica y así, las líneas, que hasta hace algunas décadas eran paralelas, ahora se juntan, se anudan, se enredan.

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Gwyn Miles curador de la exhibición Skin + Bone: Parallel Practices in Fashion and Architecture que tuvo lugar en el 2008 en el MOCA (Museum of Contemporary Art de Los Ángeles) y que trataba de analizar las intersecciones entre la moda y la arquitectura se refiere al encuentro entre estas dos formas de arte así:

“Los diseñadores de moda están revalorando el potencial de la ropa para suplir las necesidades del ‘nómada urbano’, utilizando telas de gran performance e incorporando ideas de protección, movilidad e identidad. Al mismo tiempo, los arquitectos se están preguntando sobre el rol tradicional de las estructuras de ladrillos y morteros, usando nuevos materiales y técnicas para crear estructuras más versátiles, adaptables y ecológicas que puedan responder a las necesidades humanas”.

Moda y arquitectura se encuentran. Sus amoríos técnicos, visuales, narrativos han encontrado en las grandes casas de diseño y en los nombres más importantes en el circuito mundial de arquitectura a sus mejores celestinas. De esos enredos han venido al mundo en las últimas tres décadas los más bellos y vertiginosos vástagos bautizados con el nombre de las flagship stores o tiendas insignia.

La ecuación es sencilla: una gran casa de diseño de moda quiere poner en mayúscula, con negrita y subrayado su estilo, carácter vanguardista y estética innovadora; a su vez, un arquitecto de gran nombre, encuentra en una construcción que tiene como hilo conductor la moda y el estilo, el espacio perfecto o la vitrina más adecuada para hacer exploraciones y manifiestos que en otros edificios no son tan posibles. El resultado: boutiques que quitan el aliento.

Los siguientes son tres ejemplos de esos diálogos vertiginosos entre arquitectura y moda.

Match 1:  OMA/AMO y Prada

“Me gusta la moda porque crea un sentido de lo sublime con relativamente pocos medios. ¿Dónde más podrías encontrar eso?” Rem Koolhaas para la revista Spiegel.

El Prada Epicenter de Nueva York no es la primera conversación que tiene OMA /AMO con la famosa marca de ropa italiana. Sus edificios-boutiques y colaboraciones en runways alrededor del planeta ponen en evidencia que estos señores se la llevan bien. El New York’s Prada Epicenter, ubicado en el exclusivo Soho, es un espacio de 23.000 pies cuadrados que le pertenecía anteriormente al museo Guggenheim. Una boutique de la más alta categoría que se desprendió del tufillo clasista y el perfume a hiper-exclusividad para convertirse ella misma en un museo, una galería, un espacio de exhibiciones, una sala de conciertos y un pequeño cinema, además de una tienda de ropa.

Para Koolhaas el shopping se ha convertido en la última actividad pública; sin embargo, desembarazándose de la mala connotación del asunto, el arquitecto holandés a la cabeza de OMA/AMO se ha hecho la pregunta de ¿Y entonces, por qué no hacer del centro comercial, de la tienda, una espacio para el arte, la investigación, la discusión y del consumidor, no meramente un comprador, sino un investigador, un artista, un espectador?

El Prada Epicenter de Nueva York, siguiendo esa idea hace que unas escaleras funcionen como estanterías para exhibir zapatos o como gradas para que la gente se siente y vea un espectáculo; convierte una vitrina en una escenario donde puede ocurrir una proyección o un concierto, hace de los cambiadores de ropa lugares donde se llevan a cabo experiencias multimediales y artísticas; hace con la disposición del piso y la estructura misma del edificio que el lugar se recorra más como un museo que como una tienda. Invita a quedarse más que a simplemente comprar e irse y lo logra a través de declaraciones estructurales, materiales y disposiciones espaciales.

Match 2:  Pentagram y Alexander McQueen

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Por afuera un espacio sobrio y de formas tranquilas que termina de embellecer los eclécticos enunciados arquitectónicos que se posan sobre la Melrose Avenue en Los Ángeles. Por dentro, en cambio, la flagship store diseñada por el aclamado arquitecto de la firma Pentagram, William Russell, es algo así como la yuxtaposición entre la higiene, la asepsia y la magia de un laboratorio científico y una de las escenografías avant garde producidas por Stanley Kubrick para sus películas. La boutique de Alexader McQueen en los Ángeles, hecha de manera aerodinámica, con estuco y vidrio de formas curvilíneas fue diseñada para que fuera una especie de página o de escenario sobre el cual, las prendas, pudieran contar sus propias historias.

De igual manera en que Koolhaas lo hizo con su Prada Epicenter, Russell quizó que las prendas de la casa del famoso diseñador inglés se convirtieran en una obra de arte más, expuesta en un lugar que más que ser una boutique es una especie de museo en donde aquellas obras plasmadas sobre telas se relacionaran de manera ligera y a la vez contundente con otras obras como por ejemplo la escultura de un hombre que parece levitar en el techo de la tienda realizada por el artista Robert Bryce Muir.

Match 3 :  Renzo Piano y Maison Hermés

Tokio.

Ruido, cacofonía no solo sonora, sino visual. Demasiados estímulos para los ojos, los oídos y el cerebro se pueden recibir con tan solo caminar un par de cuadras. En la capital japonesa la ropa al igual que muchos edificios de la ciudad se han convertido en meros accesorios, en andamios sobre los cuales colocar el aviso publicitario de turno. Neón, fluorescencia y velocidad.

Shhhhh… Silencio….

Fue silencio y tranquilidad, sobriedad y altura los valores que los dueños de la marca de lujo de bienes y accesorios de cuero Maison Hermés, le pidieron al famoso arquitecto italiano Renzo Piano a la hora de diseñar y crear su tienda insignia en la capital japonesa. Fue eso lo que Piano hizo para ellos.

6.000 metros cuadrados, 12 niveles que incluyen una boutique, un museo, un acceso al metro de la ciudad y una zona de oficinas y talleres de diseño fueron levantadas por Piano en el comercial barrio de Ginza.

Una especie de vela, de lámpara simétrica y en paz es aquello que simula este edificio geométrico hecho de un armazón metálico, con articulaciones neumáticas recubiertas por un juego caleidoscopio de vidrio y cristal.

Una materia prima que durante el día le abre las puertas a los ojos y la imaginación de los transeúntes mostrando a través de su estructura y reflejo, fragmentos de la magia que ocurre adentro; vidrios y cristales que en las noches se iluminan y que convierten el espacio de la Maison Hermés en una especie de objeto zen, en una suerte de oasis, de templo tranquilo que neutraliza el paisaje en medio del bullicio y la rimbombancia que se gesta en las noches tokiotas.

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