Este apartamento en Bogotá nos enseña por qué entre más color mejor

Bañado de luz, este apartamento cuenta la historia de sus habitantes por medio de los objetos que lo componen. El gris, su telón de fondo.

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Ubicado en el norte de Bogotá y bañado por un torrente de luz natural que penetra a través de sus generosos ventanales, este apartamento goza de una vista privilegiada sobre la ciudad. A él se accede por el segundo nivel, donde están los espacios de carácter más público: el salón-comedor-cocina y sus terrazas adyacentes, que integran los ambientes interiores con el mundo exterior. En el piso inferior se ubican las habitaciones y las áreas privadas de la familia.

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Esta vivienda tenía cuatro dormitorios, pero sus propietarios decidieron suprimir uno para generar un iluminado y amplio estar, corazón del primer nivel y encargado de distribuir a los tres cuartos.Este apartamento en bogotá nos enseña por qué entre más color mejor

Los pisos de todas las áreas se estructuran a partir de una madera grisácea, cuyos tonos y texturas complementan los cinco grises que dan color a las paredes. “Nos inspiramos un poco en el apartamento de mis padres, un espacio lindísimo que tiene las paredes completamente grises y el piso blanco. Sin embargo, el piso blanco perdió cuando vimos las opciones disponibles; al final ganó la madera”, comenta Kika Vargas, diseñadora de modas, quien junto a su esposo está detrás de las decisiones tomadas para crear el espíritu de este hogar. Asesorados por un amigo, el diseñador Reinhard Dienes, eligieron cada uno de los tonos de gris, algunos más cálidos y profundos, otros más fríos o suaves, para definir meticulosamente la personalidad de cada ambiente.

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Los huevos fritos, protagonistas de la escalera, fueron encontrados por la propietaria cuando eran parte de una vitrina al norte de Bogotá.

La diseñadora comenta que escogieron el gris “porque resalta el resto de tonos, y en la vida, siempre, cuanto más color, mejor”. Es así como, siguiendo esta filosofía, parten de una paleta neutra y tranquila de fondo, ofrecida por pisos y muros, para luego llenar de carácter el apartamento con una explosión cromática dada por alfombras, muebles, flores, obras de arte, papeles de colgadura y objetos decorativos.

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Cada uno de los objetos que dan vida al espacio lleva a un recorrido por la historia de la familia que lo habita: todos vienen cargados con un recuerdo, algo que contar. No hay una línea de diseño ni un plan predeterminado. Son simplemente “piezas de las que nos enamoramos en el camino”, según cuenta su propietaria, que van poblando la vivienda y convirtiéndola en un hogar.

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Walter, retrato realizado por el fotógrafo Lucho Mariño, encabeza la estética de la sala.

La mesa del comedor, fuerte protagonista, tiene una tapa de mármol calacatta, cortada en forma de círculo perfecto y pulido refinadamente. Esta pieza enseña con orgullo sus intensas vetas grises, y a pesar de su importante peso, flota liviana sobre una base dorada de hierro, cuya geometría, triangulada, delgada y fina, es obra también de su amigo Reinhard Dienes.

La sensación de liviandad del pesado elemento se ve reforzada por una serie de sillas plásticas a su alrededor, las Ghost Chairs del diseñador industrial francés Philippe Starck, que en sus versiones tanto transparentes como opacas ofrecen un elemento de contraste. De esta manera la mesa, su base y sus sillas forman un conjunto único, de carácter ecléctico y contemporáneo, que se posa sobre una alfombra tradicional, adquirida en Marrakech, la cual trae consigo el recuerdo del compromiso de la pareja.

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Por su parte, el sofá de la sala fue heredado y luego tapizado a partir de una elección conjunta sobre el nuevo material por utilizar. Sus compañeras, las sillas de cuero, fueron adquiridas en Medellín y vienen con el recuerdo de la participación de la diseñadora en una edición de Colombiamoda. El espejo rosado, con su talla barroca y meticulosa, primero fue blanco, luego pelado y avejentado, hasta que finalmente encontró su color y su personalidad actual.

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El papel de colgadura del baño tiene un diseño rompedor, concebido por el británico Matthew Williamson.

Walter, el protagonista del retrato que encabeza la sala, tomado por el fotógrafo Lucho Mariño, habitó por un tiempo el taller de la diseñadora y el día que se iba a ir optó por ubicarlo en este espacio. Los huevos fritos, que dan vida a la escalera, aparecieron en una vitrina sobre la carrera 11, en el norte de Bogotá; creación de la diseñadora Estefanía Neme, al ser observados por Kika Vargas migraron inevitablemente a este hogar.

Así, sucesivamente, se encontraron en un mismo lugar expresiones tan disímiles como las formas básicas y primarias del artista Starsky Brines, los tonos suaves y naturales de la obra de Miler Lagos o los flamingos rosados de Matthew Williamson que pueblan el papel de colgadura del baño social. Lámparas adquiridas en anticuarios y una cómoda negra y brillante, con estética de los años cincuenta, se sumaron a una infinidad de recuerdos, de viajes, de colores y de momentos, que le dan a esta vivienda su carácter ecléctico, único y particular. Este apartamento en bogotá nos enseña por qué entre más color mejor

 

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