Así vive Miguel ángel Rojas

En el corazón de un edificio construido en los años setenta, dentro de un tradicional barrio bogotano, se llevó a cabo la remodelación de este apartamento de 180 metros cuadrados. El estilo contemporáneo de un reputado artista marcó su estética.

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La cocina del futuro: un espacio donde la sostenibilidad y la tecnología cambian la vida

El color como lenguaje y el oficio como punto de partida para diseñar espacios con identidad

La vivienda, que al comienzo se había concebido con espacios reducidos y tan cerrados que ligaba la habitación de servicio a la cocina, tal y como lo determinaba la costumbre, cambió en las últimas décadas gracias a la visión que le imprimió Miguel Ángel Rojas, reconocido artista que para transformar este espacio revivió aquella época de juventud en la que hizo algunos semestres de arquitectura en la Universidad Javeriana.

Hace un tiempo atrás, con ese mismo ímpetu que lo ha motivado a lograr codiciadas obras de arte, siguió el camino de los lineamientos del Bauhaus para buscar en este apartamento la vinculación de espacios sin muros divisorios. Quería una sintonía geométrica en la que los muebles déco, que ya hacían parte de la historia de los dueños, se ajustaran e incorporaran magistralmente al nuevo diseño. Todo el proceso le llevó tres años.

Él encontró prácticas soluciones para modernizar el ambiente. Por ejemplo eliminó la pared que dividía el comedor del estudio y los integró quitando tanto la estantería como la chimenea, solo dejó una columna, que antes tenía un acabado de ladrillo. La desnudó para vestirla con la jardinera que hoy la rodea y que la transforma en protagonista.

Este elemento, que genera movilidad en la zona social, fue el punto determinante para la elaboración del concepto de diseño en el que Guillermo Leñilé participó como arquitecto residente. De esta creación se desprendieron los materiales bruscos que orientaron las demás alteraciones y los colores tierra que hoy caracterizan este apartamento.

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Solamente sutiles acentos de color, como el dorado, se vuelven visibles en obras de arte. De ese impulso creativo surge igualmente en las paredes la mezcla del estuco con concreto a la vista, un material que Miguel Ángel Rojas también usó para los entrepaños de la zona social y la alcoba principal.

Atrás quedó la cocina cerrada, pues el artista buscó integrarla a la sala, para lo que sacrificó el mesón de acero inoxidable y creó otro de concreto. También fue intencional descubrir los ductos eléctricos color cobre. Hasta el cielo raso se transformó en pro de un diseño compacto, por eso la madera machihembrada se eliminó y, en el piso, el tapete virgen fue remplazado por una capa de madera guáimaro.

Sin embargo, nada de eso era lo suficientemente cautivante para conseguir la identidad natural que buscaba el artista, por eso, para generar la atmósfera de paraje vegetal, ubicó piedras de río y obsidianas (vidrios volcánicos) en diferentes puntos al igual que un bonsái de naranjo, de 40 años, comandando la sala y un jardín de varias plantas en el sitio más impredecible y que, además, tiene como remate visual una ducha transparente, creada con vidrio templado por el arquitecto Alejandro Castaño.

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Con el mismo fin, los cuartos y las zonas sociales reciben la luz solar a través de las cortinas de cabuya, fibras de algodón, madera y mimbre del Chocó, de la firma Hechizoo, de Jorge Lizarazo, en el hall de entrada comienza un recorrido por objetos de varias épocas.

En la sala se destaca el famoso sofá Le Corbusier, que alguna vez hizo parte de la obra La visita, que Miguel Ángel Rojas montó en la biblioteca Luis Ángel Arango, y la silla vintage, de lana de oveja, del diseñador industrial Jaime Gutiérrez Lega, adquirida en un mercado de pulgas.
Todos esos elementos inesperados que juegan con obras de arte estratégicamente ubicadas y se camuflan con materiales rústicos, permiten una casual vinculación del mundo humano con el reino vegetal.

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